Roca ordenó la cuarentena total.
Cuando la peste bubónica llegó a la Argentina

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Ratas y pulgas en barcos trajeron la peste a Rosario; el aislamiento total impidió su propagación nacional.
En 1899, la ciudad de Rosario vivió días de pánico. Las autoridades sanitarias confirmaban un foco de peste bubónica, la misma enfermedad que, siglos antes, había asolado a Europa y dejado una huella imborrable en la memoria de la humanidad. Ante la amenaza, el presidente Julio Argentino Roca tomó una medida drástica: decretó el aislamiento total de la ciudad, impidiendo su contacto con el resto de la República.
La decisión fue rápida y contundente. Rosario quedó virtualmente sitiada: se suspendieron los trenes, se interrumpió la navegación y se establecieron estrictos cordones sanitarios. El objetivo era claro: impedir que la temida Yersinia pestis se expandiera por el país. Afortunadamente, para fines del siglo XIX, la medicina ya contaba con conocimientos y tratamientos que permitieron controlar el brote y limitar el número de víctimas.
Sin embargo, el fantasma de la peste no era un recuerdo lejano para la humanidad. Apenas medio siglo antes, nuevos brotes habían afectado ciudades portuarias de Asia, África y Europa. Y si nos remontamos más atrás, encontramos la tragedia más devastadora: la llamada peste negra del siglo XIV.
La peste bubónica es una de las enfermedades más mortíferas que haya conocido la humanidad. Su episodio más famoso se inició a mediados del siglo XIV, probablemente en la región de Yunnan, en el sudoeste de China. Desde allí, se propagó a través de rutas comerciales y, en 1347, llegó a Europa en barcos genoveses que atracaron en Mesina, Sicilia.
Lo que siguió fue un desastre sin precedentes: en apenas cuatro años, el bacilo mató a cerca de 20 millones de personas en el continente. La enfermedad avanzaba sin que nadie comprendiera su origen. Los síntomas —fiebre alta, bubones inflamados, manchas negras en la piel— eran el preludio de una muerte rápida y dolorosa.
La ignorancia sobre su transmisión llevó a remedios absurdos: desde colgar gallos desplumados sobre las heridas hasta peregrinaciones masivas y flagelaciones públicas. Recién en 1894, el médico suizo Alexandre Yersin identificó al responsable: un bacilo transmitido por pulgas que vivían en ratas, las cuales viajaban en las bodegas de los barcos. Ese descubrimiento fue clave para combatir futuros brotes, como el que llegaría a la Argentina pocos años después.
El caso argentino de 1899 no fue casual: Rosario, ciudad portuaria y punto clave en el comercio fluvial, recibía buques de diferentes partes del mundo. Fue en ese tránsito internacional donde la peste encontró la oportunidad de desembarcar.
Las medidas impuestas por Roca fueron estrictas, pero eficaces. Los enfermos fueron aislados, las viviendas desinfectadas y el puerto sometido a un riguroso control sanitario. Aunque hubo víctimas, el brote fue contenido antes de que pudiera extenderse a otras provincias.
La población, sin embargo, vivió semanas de temor y desconfianza. Las noticias sobre nuevos casos corrían más rápido que la confirmación médica, y cualquier síntoma febril encendía las alarmas. El recuerdo de las historias europeas sobre la peste negra alimentaba el miedo colectivo: las imágenes de cadáveres apilados en calles medievales y ciudades enteras despobladas seguían vivas en la memoria popular.
El episodio dejó una enseñanza que, más de un siglo después, sigue vigente: frente a enfermedades de alta contagiosidad, la rapidez de las decisiones y el control de los focos son determinantes para evitar una tragedia. En 1899, Rosario supo que estaba ante un enemigo invisible y mortal, pero también comprobó que la acción inmediata podía marcar la diferencia entre un brote contenido y una catástrofe sanitaria nacional.