Cuando con el agua las balas pican cerca

Médico sanitarista. CEO Cámara Argentina del Agua.
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Agua y energía son prácticamente una misma cuestión de seguridad.
Hace más de treinta años, una publicidad argentina intentó explicar algo que parecía evidente, pero que muchas veces necesitamos ver demasiado cerca para comprender: que una amenaza que afecta a otros también puede, tarde o temprano, golpearnos la puerta.
El comercial se llamaba “Camas” y formó parte de la campaña masiva de prevención del sida lanzada en la Argentina en 1992 por el Consejo Publicitario Argentino, con el asesoramiento de Fundación Huésped. La campaña apelaba a una idea inspirada en el célebre texto atribuido durante años a Bertolt Brecht, pero cuyo origen se encuentra en el pastor alemán Martin Niemöller: “Primero se llevaron a…”. El mensaje terminaba con una frase demoledora: “Ahora es tarde, están golpeando a mi puerta”.
La potencia de aquella publicidad estaba en mostrar que la indiferencia también puede ser una forma de vulnerabilidad. Mientras el problema era “de otros”, parecía lejano. Cuando finalmente llegaba a nuestra puerta, ya no había margen para reaccionar.
Con el agua estamos empezando a vivir algo parecido.
Durante mucho tiempo, la posibilidad de quedarse sin agua fue considerada un problema de países áridos, de ciudades sobreexplotadas o de regiones golpeadas por sequías extremas. Pero el concepto de “Day Zero” —el día en que un sistema urbano deja de poder garantizar normalmente el suministro de agua— dejó de ser una hipótesis lejana.
São Paulo estuvo al borde de ese escenario durante la crisis hídrica de 2014-2015. El sistema Cantareira llegó a niveles críticos y la ciudad debió aplicar fuertes restricciones. En Montevideo, en 2023, la situación fue diferente pero igualmente dramática: la escasez de agua en los principales reservorios llevó a que el suministro incorporara agua del Río de la Plata, con mayores niveles de salinidad.
Y en 2024 fue Ciudad de México la que apareció en los titulares internacionales. La caída de las reservas del sistema Cutzamala llevó a advertir sobre un posible Day Zero para una metrópolis de más de 20 millones de habitantes. Finalmente, las lluvias evitaron que se produjera el colapso total anunciado.
La lección más importante, sin embargo, es que quedarse sin agua no significa necesariamente que no haya agua en la naturaleza. Una ciudad puede tener ríos, lagos, acuíferos o lluvias abundantes y, aun así, quedarse sin agua potable.
Puede ocurrir por una sequía, pero también por una inundación que contamine las fuentes de captación. Puede ocurrir por la destrucción de una planta potabilizadora, por un corte prolongado de energía, por una falla en una estación de bombeo, por una interrupción de la logística, por la contaminación de un curso de agua, por un ataque físico o por un incidente de ciberseguridad.
La seguridad hídrica, entonces, no depende solamente de cuánta agua tenemos, sino de nuestra capacidad para captarla, potabilizarla, transportarla, distribuirla y proteger todos esos sistemas simultáneamente.
El dato estratégico es enorme: en países donde una parte sustancial del agua potable depende de la desalinización, agua y energía son prácticamente una misma cuestión de seguridad. Una planta desalinizadora necesita electricidad; la electricidad necesita infraestructura; y las ciudades necesitan ambas para funcionar.
Una bomba que deja de funcionar no parece una guerra. Una planta que deja de producir agua tampoco. Pero para millones de personas el resultado puede ser exactamente el mismo: abrir la canilla y que no salga agua.
Y tampoco hace falta una guerra. Un fenómeno climático extremo puede producir una cadena de fallas semejante.
Un episodio intenso de El Niño puede generar, dependiendo de la región, sequías o lluvias extraordinarias. En escenarios de inundación, el problema no es solamente el exceso de agua. Las crecidas pueden aumentar drásticamente la turbidez de los ríos, incorporar sedimentos y contaminantes, afectar las tomas de captación y obligar a reducir o detener temporalmente la operación de plantas potabilizadoras.
Una inundación puede cortar una ruta y evitar que llegue un producto químico indispensable para potabilizar el agua. Puede dejar sin electricidad una estación de bombeo. Puede inundar una planta. Puede destruir caminos por los que circulan camiones cisterna. Puede afectar los sistemas de comunicación. Puede interrumpir una cadena logística de repuestos durante días.
Y, en una sociedad cada vez más digitalizada, también existe otra puerta de entrada: el ciberespacio. Un ataque informático puede no destruir físicamente un solo caño y, sin embargo, afectar la capacidad de una empresa de agua para operar sus instalaciones. Por eso, cuando hablamos de seguridad hídrica, ya no alcanza con hablar de sequías.
Tenemos que hablar de resiliencia. La Argentina tiene una enorme ventaja comparativa: posee recursos hídricos importantes y una de las mayores reservas de agua dulce del planeta. Pero abundancia no significa inmunidad.
La pregunta es: ¿qué ocurre si durante 24, 48 o 72 horas una parte crítica del sistema deja de funcionar?
La prevención es mucho más barata que la emergencia. Argentina puede mirar las imágenes de São Paulo, Montevideo, Ciudad de México o Medio Oriente y pensar: eso ocurre en otros lugares.
Pero la historia de aquella vieja publicidad del sida nos enseñó algo que sigue siendo válido tres décadas después. Primero le pasa a otro. Después, a otro. Y mientras sucede lejos, creemos que estamos a salvo.
Hasta que un día escuchamos que alguien está golpeando nuestra puerta.
Y en materia de agua, cuando las balas empiezan a picar cerca, ya es demasiado tarde para empezar a planificar.
La seguridad hídrica se construye antes de la crisis: con prevención, planificación e inversión. Desde el Estado, desde las empresas y también desde cada ciudadano.
