Efemérides
Cinco curiosidades de la muerte y el funeral de Winston Churchill

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Murió el mismo día que su padre, tuvo un funeral planificado durante años y fue despedido en una forma sin precedentes.
Winston Churchill murió el 24 de enero de 1965, a los 90 años, y su despedida marcó un antes y un después en la historia británica y mundial. No solo se trató del adiós a uno de los líderes más decisivos del siglo XX, sino también de un acontecimiento político, simbólico y mediático sin precedentes. Su funeral de Estado fue, durante décadas, la mayor ceremonia de este tipo jamás realizada y condensó la memoria del Imperio, la Segunda Guerra Mundial y el lugar que Gran Bretaña aún ocupaba —o creía ocupar— en el mundo.
Churchill murió en su casa de Hyde Park Gate, en Londres. Tras una vida atravesada por la guerra, la política y la palabra, pasó sus últimos días mayormente en coma. Su médico personal notificó primero a la Reina y luego al primer ministro Harold Wilson. A las pocas horas, la noticia recorrió el mundo y desató una ola de homenajes internacionales pocas veces vista.
Por decreto real, el cuerpo del ex primer ministro fue expuesto durante tres días en Westminster Hall, permitiendo que la población le rindiera tributo. Más de 321.000 personas hicieron fila —en algunos casos durante horas— para despedirse. El funeral oficial se celebró el 30 de enero de 1965 en la catedral de San Pablo, un honor reservado a contadas figuras históricas. Asistieron representantes de más de 120 países, jefes de Estado, monarcas, ex primeros ministros y líderes militares. Fue, hasta ese momento, la mayor concentración de poder político reunida en un funeral, sólo superado por el de Juan Pablo II.
Pero más allá de su solemnidad, el funeral de Churchill estuvo cargado de gestos, símbolos y episodios singulares. Aquí, cinco curiosidades que explican por qué su despedida fue única en la historia.
1. Murió el mismo día que su padre
Winston falleció exactamente setenta años después que su padre, Lord Randolph Churchill. La coincidencia no pasó inadvertida ni para la familia ni para los biógrafos, y fue leída como uno de esos guiños del destino que parecen cerrar un círculo vital. La relación entre ambos fue compleja, marcada por la admiración, la distancia emocional y una permanente necesidad de reconocimiento. Randolph Churchill, brillante pero autodestructivo, murió joven, a los 45 años, dejando en su hijo la convicción —equivocada— de que él también tendría una vida corta. Durante décadas, Winston vivió con la certeza de no superar la edad de su padre; esa expectativa influyó en su ambición, su urgencia por dejar huella y su voracidad política.
2. La Reina rompió el protocolo real
Isabel II asistió al funeral, algo extremadamente inusual. No solo estuvo presente, sino que llegó antes que el féretro y la familia Churchill, y salió después de ellos. En términos de protocolo, fue un gesto excepcional de respeto personal y político, ya que los reyes son los últimos en llegar. El nieto del viejo ministro, Nicholas Soames, lo definiría más tarde como un acto “hermoso y profundamente conmovedor”.
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3. Un funeral planificado durante doce años
Desde hacía años, el final de Churchill era esperado con una mezcla de respeto y temor institucional. En 1953, durante su segundo mandato como primer ministro, había sufrido un grave derrame cerebral. A partir de ese episodio, y por orden directa de la joven Isabel II, se puso en marcha un plan secreto y minucioso para su funeral, conocido como Operación Hope Not. El dispositivo fue ajustado durante más de una década, en parte porque muchos de los encargados originales fueron falleciendo antes que el propio Churchill, un detalle tan irónico como revelador de su longevidad política y biológica.
4. El viaje final por el Támesis
Tras el servicio religioso, el ataúd fue trasladado en una embarcación especial, el MV Havengore, por el río Támesis. Durante el recorrido, las grúas del puerto inclinaron sus brazos en señal de saludo, un gesto espontáneo que se convirtió en una de las imágenes más recordadas del siglo XX británico.
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5. Un récord mediático global
El funeral fue seguido por unos 350 millones de personas en todo el mundo. En el Reino Unido lo vieron 25 millones, y en Estados Unidos tuvo más audiencia que el propio funeral de John F. Kennedy. Se trató, durante años, el evento televisado más visto de la historia.
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Churchill fue finalmente enterrado en la iglesia de San Martín, en Bladon, junto a sus antepasados. Días después, su esposa resumió la magnitud del acontecimiento con una frase inolvidable: “No fue un funeral, fue un triunfo”. Y quizás ahí esté la clave: su despedida no solo cerró una vida, sino también una era. Como escribió The Observer, aquel día Londres fue, por última vez, la capital del mundo.
