Historia riverplatense
Ariel “el Burrito” Ortega: un ídolo eterno
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Un recorrido por la carrera de un jugador que marcó época con su estilo único y carisma.
Ariel Arnaldo Ortega nació el 4 de marzo de 1974 en Ledesma, Jujuy, y se convirtió en uno de los futbolistas más talentosos y desequilibrantes de la historia del fútbol argentino. Dueño de un estilo inconfundible, basado en la gambeta corta, los cambios de ritmo y una creatividad casi instintiva, supo conquistar a los hinchas con una forma de jugar tan efectiva como estética.
Se desempeñó principalmente como mediapunta, aunque también ocupó posiciones ofensivas por las bandas. Su sello distintivo fue la capacidad de eludir rivales en espacios reducidos, muchas veces culminando sus jugadas con definiciones sutiles, como la clásica vaselina que se volvió una de sus marcas registradas.
Su historia profesional comenzó en River Plate, el club del que era hincha. Llegó a Buenos Aires siendo apenas un adolescente y, en 1991, con solo 17 años, debutó en Primera División bajo la dirección de Daniel Passarella. Ese mismo año integró el plantel que obtuvo el Torneo Apertura, iniciando así una etapa dorada tanto para el club como para su carrera.
Durante la década de 1990, Ortega fue una de las grandes figuras del fútbol argentino. Se consolidó definitivamente bajo la conducción de Ramón Díaz, formando parte de un equipo memorable junto a nombres como Enzo Francescoli y Hernán Crespo. En ese período conquistó múltiples títulos locales y la tan ansiada Copa Libertadores de 1996, uno de los hitos más importantes de su carrera.
Uno de los momentos más recordados ocurrió el 30 de abril de 1994, cuando River venció a Boca Juniors en La Bombonera tras ocho años sin lograrlo. Ortega fue la figura excluyente de ese partido, con una actuación brillante que lo catapultó definitivamente a la Selección Argentina. Ese mismo año participó en el Mundial de Estados Unidos, reemplazando nada menos que a Diego Maradona en un contexto cargado de tensión.
Su primera etapa en River finalizó en 1997, tras haber ganado seis títulos y dejando una huella imborrable. Había pasado de ser una promesa a convertirse en uno de los mejores jugadores del país.
Luego de su paso por Europa, regresó al club en el año 2000. En esta segunda etapa volvió a destacarse como figura, integrando un recordado ataque junto a Pablo Aimar, Javier Saviola y Juan Pablo Ángel, conocido como “los Cuatro Fantásticos”. Durante ese período mantuvo un nivel superlativo, reafirmando su condición de ídolo.
Su tercer ciclo en River comenzó en 2006 y estuvo marcado por una mezcla de destellos futbolísticos y dificultades personales. A pesar de sus problemas con el alcoholismo, Ortega continuó mostrando momentos de enorme calidad dentro del campo de juego, siendo determinante en varios partidos importantes, incluidos superclásicos frente a Boca Juniors.
En 2008, bajo la dirección de Diego Simeone, River volvió a consagrarse campeón y Ortega fue una de las figuras del equipo. Sin embargo, sus conflictos personales comenzaron a afectar su continuidad, lo que derivó en cesiones y salidas temporales del club.
Su última etapa, entre 2009 y 2010, evidenció el paso del tiempo. Aunque su rendimiento ya no era el mismo, su talento seguía apareciendo en jugadas aisladas que despertaban la ovación del público, que nunca dejó de reconocerlo como uno de sus máximos ídolos.
La despedida oficial llegó el 13 de julio de 2013, en un estadio Monumental colmado que lo homenajeó con emoción. Rodeado de excompañeros, familiares y miles de hinchas, Ortega vivió una jornada inolvidable que selló su lugar en la historia grande del club.
A lo largo de su carrera, protagonizó numerosos superclásicos, donde dejó actuaciones memorables y goles importantes. Su capacidad para destacarse en los partidos más exigentes consolidó su figura como símbolo del club.
Ariel Ortega no fue solo un futbolista talentoso. Fue, sobre todo, un jugador que conectó emocionalmente con la gente. Su carrera estuvo atravesada por triunfos, caídas y regresos, lo que lo convirtió en un personaje profundamente humano.
Porque si algo definió al “Burrito” no fue solo su talento, sino su historia: la de un ídolo que, entre gambetas y contradicciones, logró quedarse para siempre en el corazón del fútbol argentino.
Gambetas que enamoran y una banda roja que cruza el corazón.

