Argentina y la mala costumbre de “lotear” el agua y la energía

Médico sanitarista. CEO Cámara Argentina del Agua.
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Cuando la infraestructura se planifica por separado, se paga dos veces.
Argentina tiene por delante una oportunidad extraordinaria: desarrollar simultáneamente sus recursos energéticos, expandir su producción agroindustrial, industrializar sus recursos naturales y mejorar la infraestructura de sus ciudades. Pero para hacerlo de manera sostenible hay una condición que debería cumplirse durante la planificación estratégica: agua y energía deben pensarse como un único sistema.
Ambos sectores suelen ser planificados, regulados e incluso administrados como compartimentos independentes en nuestro país. Sin embargo, en todo sistema económico moderno existe una relación de dependencia permanente entre ellos. Es lo que la literatura internacional denomina Water-Energy Nexus: el agua necesita energía y la energía necesita agua.
Cuando una operadora como AySA o ABSA bombea agua desde una fuente superficial o subterránea, la transporta, la potabiliza, la distribuye o trata sus aguas residuales está utilizando energía. El bombeo es, en muchos sistemas de agua potable, uno de los principales componentes del consumo energético. A ello se agregan la aireación en plantas de tratamiento, la desinfección, la elevación de agua hacia reservorios y, cada vez más, procesos como la desalación y la reutilización avanzada. El agua es el bien o recurso más transportado del planeta.
Prácticamente todas las tecnologías de generación eléctrica tienen algún vínculo con el agua. Una central hidroeléctrica transforma directamente la energía potencial del agua en electricidad. Una central nuclear utiliza grandes cantidades de agua para sus sistemas de refrigeración. Las centrales térmicas a gas, carbón o fuel también requieren agua para refrigeración. La energía geotérmica depende de fluidos y reservorios subterráneos. Incluso las centrales de ciclo combinado, aunque son considerablemente menos intensivas en agua que otras tecnologías térmicas, pueden requerir agua para sus sistemas de refrigeración.
Aún la energía solar y eólica, que tienen un vínculo mucho menor con el agua durante la generación, no están completamente desconectadas del recurso hídrico: su fabricación requiere agua y, en algunos casos, el mantenimiento de instalaciones puede incorporar consumos hídricos.
La consecuencia es clara: una política energética que no considera la disponibilidad futura de agua puede terminar limitando la propia expansión energética; una política hídrica que no considera el costo y la disponibilidad de energía puede construir sistemas económicamente inviables.
El Organismo Internacional de Energía Atómica señala que los requerimientos de agua de las centrales nucleares dependen fuertemente de sus sistemas de refrigeración y que la selección del emplazamiento debe considerar la disponibilidad de agua y las condiciones ambientales.
Argentina ya tiene una enorme infraestructura hídrico-energética
En diciembre de 2024, el Sistema Argentino de Interconexión contaba con aproximadamente 9.639 MW de grandes centrales hidroeléctricas, equivalentes al 22,2% de la potencia instalada, a lo que se sumaban otros 524 MW de pequeños aprovechamientos hidráulicos.
Pero la importancia de la hidroelectricidad se observa todavía mejor cuando se mira la generación. En 2024, la hidráulica aportó aproximadamente 33.425 GWh, equivalentes al 24% de la generación eléctrica argentina, frente al 53% de generación térmica, 7% nuclear y 16% de otras renovables.
Es decir: aproximadamente uno de cada cuatro kilovatios-hora generados en Argentina en 2024 tuvo una relación directa con el agua.
El Comahue es probablemente el ejemplo más evidente. Alicurá, El Chocón, Piedra del Águila y Cerros Colorados forman parte de un sistema en el cual la regulación de los embalses tiene simultáneamente consecuencias energéticas, ambientales, productivas y territoriales. En 2025 el Estado argentino completó el proceso de transferencia de estas centrales a nuevos operadores privados, por un monto superior a USD 706 millones, con obligaciones de inversión y modernización de infraestructura.
Yacyretá y Salto Grande agregan otra dimensión: el agua y la energía son también asuntos de política exterior. En 2025 Argentina y Paraguay acordaron nuevas condiciones para el uso de la energía de Yacyretá, incluyendo un esquema que permite a Argentina acceder hasta al 85% de la energía disponible cuando Paraguay no la requiera.
Las represas: energía, agua, ambiente y geopolítica
Una represa puede generar electricidad renovable, regular caudales, contribuir al control de inundaciones y crear reservas estratégicas de agua. Pero también puede alterar ecosistemas, modificar sedimentos, afectar poblaciones, transformar actividades productivas y generar conflictos por el uso del agua.
Cuando el río atraviesa fronteras, el problema adquiere dimensión geopolítica.
Yacyretá y Salto Grande son ejemplos argentinos de esa realidad. En otras regiones del mundo, las disputas vinculadas con grandes represas se multiplican: desde proyectos en el Himalaya hasta las grandes cuencas africanas y asiáticas, la discusión sobre quién controla el agua, quién recibe la electricidad y quién asume los impactos ambientales puede convertirse en una cuestión de seguridad nacional.
Por eso, una represa no puede evaluarse solamente por su costo por MW instalado. Debe evaluarse por el valor económico total del sistema hídrico que modifica.
Argentina necesita una nueva arquitectura de planificación
La discusión no debería ser simplemente cuánto invertir en energía o cuánto invertir en agua. La pregunta correcta es: ¿Qué sistema de agua y energía necesita Argentina para sostener su próximo ciclo de crecimiento económico?
Eso implica incorporar una evaluación hídrica obligatoria a los grandes proyectos energéticos; considerar la demanda energética en la planificación de nuevas obras de agua; promover plantas de tratamiento capaces de recuperar energía; integrar la planificación de cuencas con la planificación eléctrica; evaluar conjuntamente infraestructura de almacenamiento, generación, riego y abastecimiento urbano; y desarrollar mecanismos financieros que permitan invertir en proyectos híbridos de agua-energía.
Una planta de tratamiento que produce biometano, una red de agua que reduce pérdidas y consumo eléctrico, una central hidroeléctrica que además optimiza usos múltiples del embalse o una desaladora alimentada con energía renovable no deberían ser considerados proyectos de sectores diferentes. Son proyectos de infraestructura estratégica.
El costo de no hacerlo es alto: activos varados, infraestructura duplicada, mayores costos energéticos, restricciones de producción, conflictos por el agua, impactos ambientales y nuevas inversiones para corregir decisiones tomadas décadas atrás.
La Argentina del siglo XXI necesita superar la lógica de los ministerios y de las industrias separadas. Vaca Muerta, el litio, la minería, la agroindustria, la hidroelectricidad, la energía nuclear, las renovables y el crecimiento urbano tienen algo en común: todos dependen del agua y de la energía.
Por eso, el verdadero desafío es entender que, para una economía que quiere crecer, agua y energía son parte de la misma ecuación de desarrollo.
Y cuanto antes comencemos a planificarlas como tal, menor será el costo de hacerlo.
*El autor es Médico Sanitarista MN 117.793 y CEO de la Cámara Argentina del Agua
