Precios del petróleo y gas
Argentina, atravesada por la reconfiguración mundial por la guerra

Exsecretario de Energía. Expresidente de YPF.
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En un mundo decidido por la geopolítica, la seguridad alimentaria y la seguridad energética pasan a ser factores clave.
Argentina, en este contexto de guerra mundial en Medio Oriente, está atravesada por una reconfiguración del orden mundial. Hoy ese nuevo orden está presidido por la geopolítica, y en un escenario de preeminencia geopolítica la seguridad energética y la seguridad alimentaria pasan a estar en el tope de la agenda mundial.
En ese marco, Argentina —y no solo Argentina, sino el país en sinergia con la región y con el Mercosur— está en condiciones de ofrecer al mundo, en esta reconfiguración del orden global, seguridad energética y seguridad alimentaria.
Es evidente que hay que replantear el Mercosur. El bloque debe pasar de ser una zona ampliada de sustitución de importaciones a convertirse en una plataforma regional para sumar escala, agregar valor y proyectar la producción de la región hacia los mercados internacionales.
En ese sentido, el tratado entre la Unión Europea y el Mercosur es un instrumento útil para reconfigurar y realinear el bloque en esta nueva orientación que debe tener.
Concluyendo, las circunstancias de la guerra refuerzan el rol que tiene la geopolítica en el mundo actual. En un mundo decidido por la geopolítica, la seguridad alimentaria y la seguridad energética pasan a ser factores clave.
Argentina es excedentaria en alimentos, puede producir mucho más, y también es excedentaria en energía, con perspectivas de producir aún más.
Hoy el país puede exportar alrededor de 300.000 barriles por día. La producción está cerca de los 900.000 barriles diarios, mientras que la refinación y la demanda interna para generar combustibles para el mercado doméstico se ubican alrededor de entre 500.000 y 550.000 barriles diarios. El resto se destina al mercado de exportación.
En términos de proyección, si Argentina continúa con el desarrollo intensivo de Vaca Muerta, podría producir entre 1,2 y 1,5 millones de barriles por día a comienzos de la próxima década. Todo lo que supere los 550.000 barriles sería crudo disponible para exportación.
Por supuesto, Argentina es tomadora de precios. Los precios actuales son altos por las circunstancias críticas de la geopolítica y la guerra, pero también dependen de los fundamentos del mercado: oferta, demanda e inventarios. Hoy el mundo está atravesando una situación de gran volatilidad, por lo que los precios pueden bajar. Por eso es importante seguir trabajando en el corto plazo para garantizar la continuidad del desarrollo intensivo de Vaca Muerta.
Respecto al RIGI, se trata de un régimen especial para grandes inversiones. En un país normal, la estabilidad tributaria, una menor carga impositiva y reglas de juego estables deberían ser el denominador común para todas las inversiones, tanto de grandes empresas como de pequeñas.
En ese sentido, estoy de acuerdo en que lo que hoy es una excepción debería convertirse en la regla, una vez que Argentina consolide las reformas estructurales y cuente con un programa de desarrollo.
En cualquier caso, el sector energético va a seguir siendo pujante en los próximos años. Creo que debe transformarse en una locomotora del desarrollo.
Para que eso ocurra, necesitamos gas abundante y barato. Un gas de menos de tres dólares por millón de BTU en boca de pozo sería una cifra extraordinaria para el país y también para los mercados externos, ya que Argentina también desarrollará el gas para exportaciones.
Ese proceso comenzará a partir del último trimestre del año que viene y continuará hacia 2028, con un gasoducto dedicado que conectará una de las reservas de Vaca Muerta con Bahía Blanca y Punta Colorada, en Río Negro.
Con esas perspectivas podríamos tener gas por debajo de tres dólares el millón de BTU en boca de pozo, lo que permitiría una generación eléctrica basada en costos marginales —que son los que determinan el despacho de las centrales térmicas— de entre 45 y 50 dólares por megavatio hora. Esa sería una gran ventaja comparativa.
La cuestión entonces es de qué depende que Vaca Muerta sea simplemente una actividad extractiva o que se convierta en una pieza de una estrategia de desarrollo.
Si Argentina aprovecha la abundancia de gas, puede desarrollar valor agregado interno. Primero, convirtiendo el gas en electrones, es decir, en electricidad. Esos electrones pueden tener múltiples destinos: desde centros de datos hasta distintas actividades industriales y productivas.
Luego, un gas competitivo puede dar lugar a nuevos procesos petroquímicos. En el mundo se están produciendo relocalizaciones industriales muy interesantes, y Argentina debería posicionarse como una oportunidad para recibir parte de esas relocalizaciones.
Además, el país está lejos de los principales focos de conflicto y puede convertirse, si desarrolla su potencial, en un proveedor confiable de energía y alimentos.
Todas estas circunstancias pueden permitir que, a partir de este bien energético primario, se encadenen nuevos procesos de capitalización intermedia que generen nuevas actividades productivas.
En ese escenario, la energía pasaría a ser un capítulo dentro de una estrategia de desarrollo más amplia.
Por supuesto, esa estrategia también incluye otras locomotoras: la cadena de valor agroindustrial, la minería y la industria del conocimiento. Son sectores que ya se vienen desarrollando a partir de ventajas comparativas que deben transformarse en ventajas competitivas.
A eso hay que sumarle un Estado que provea bienes públicos de calidad, que articule el circuito de educación, ciencia y tecnología, y que participe en las definiciones estratégicas de infraestructura que permitan integrar al país tanto a nivel regional como internacional.
De eso se trata: que Vaca Muerta sea un impulso y se convierta en un capítulo central de una estrategia de desarrollo para la Argentina.
