Efemérides
A 50 años del golpe: no fueron héroes, fueron terroristas

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La revisión del pasado reciente exige dejar de lado mitos y mirar de frente la violencia política.
A medio siglo del golpe militar de 1976, nuestro país vuelve a enfrentarse con su propio pasado. No se trata solo de recordar fechas o consignas, sino de comprender un período atravesado por la violencia, la radicalización y decisiones que marcaron a fuego a toda una sociedad. El desafío, aún hoy, es resistir las simplificaciones y asumir la complejidad.
El 24 de marzo de 1976 no fue un hecho aislado, sino el desenlace de una crisis profunda que había comenzado años antes. La Argentina de los años setenta estaba atravesada por una conflictividad creciente: crisis económica, debilidad institucional, enfrentamientos políticos y una escalada de violencia que parecía no tener retorno. En ese contexto, las Fuerzas Armadas tomaron el poder e instauraron una dictadura que desplegó un plan sistemático de represión ilegal, con desapariciones, torturas y asesinatos que hoy forman parte de la memoria más dolorosa del país.
Sin embargo, para comprender verdaderamente ese período es necesario ampliar la mirada. Antes del golpe ya existían organizaciones armadas que habían optado por la lucha violenta como método político. Entre ellas, los Montoneros y el ERP, que llevaron adelante secuestros, atentados y asesinatos en nombre de una revolución que buscaba transformar radicalmente el sistema. Estas acciones no fueron menores ni aisladas: contribuyeron a un clima de violencia generalizada que erosionó aún más la frágil institucionalidad.
Aquí aparece uno de los puntos más incómodos del debate actual: la tendencia a construir relatos donde hay buenos absolutos y malos absolutos. La dictadura militar fue responsable de crímenes aberrantes y sistemáticos que no admiten justificación alguna, en eso estamos todos de acuerdo. Pero eso no implica ignorar que del otro lado también hubo violencia, también hubo decisiones que costaron vidas y también hubo proyectos políticos que, lejos de ser democráticos, aspiraban a imponer un modelo por la vía armada.
Durante años el kirchnerismo enseñó que los buenos eran aquellos grupos subversivos y violentos de los que se nutrieron sus propias filas, romantizando a organizaciones delictivas como Montoneros. Omitiendo que recurrieron al terrorismo, que también generaron víctimas y que también formaron parte de una lógica de muerte que terminó devastando al país.
En este sentido, la memoria no puede ser selectiva ni parcial. Recordar solo una parte de la historia es, en definitiva, deformarla. La Argentina necesita una memoria completa, incómoda, que no se limite a repetir consignas ridícules de la izquierda sino que permita entender cómo se llegó a ese punto. Porque el golpe no surgió en el vacío: fue posible en una sociedad que venía fracturada, enfrentada y atrapada en una espiral de terror.
A 50 años, el riesgo ya no es el silencio, sino la simplificación. Convertir la historia en un relato binario es una forma de empobrecerla y, al mismo tiempo, de impedir que deje enseñanzas reales. Si todo se reduce a una lucha entre buenos y malos, se pierde la posibilidad de analizar responsabilidades, decisiones y contextos.
La historia, como siempre, es más compleja. Y en esa complejidad reside su valor.
Quizás el mayor desafío sea aceptar que hubo múltiples violencias, múltiples errores y múltiples responsabilidades. Solo desde esa mirada más amplia se puede construir una memoria que no sea instrumento político del presente, sino una verdadera herramienta para comprender el pasado y no repetirlo.
A medio siglo del golpe, este país sigue discutiendo su historia reciente con muchas de las vendas que impuso la izquierda, vendas como las de los 30 mil desaparecidos, vendas que empezaron a caer.
No hay futuro posible si el pasado se convierte en dogma. No hay aprendizaje si la memoria se vuelve consigna. Y no hay justicia si solo se mira una parte del horror.
