Efemérides
A 29 años de su clonación: ¿Qué pasó con la famosa oveja Dolly?

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El anuncio de 1997 que marcó un antes y un después en la ciencia contemporánea.
El 22 de febrero de 1997 fue una de esas jornadas que, sin necesidad de un cohete ni un telescopio, abrieron una nueva era: científicos del Instituto Roslin (Escocia) anunciaron públicamente el nacimiento de Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta, y el mundo entendió —de golpe— que la frontera entre lo “imposible” y lo “posible” en biología acababa de correrse unos cuantos metros.
Dolly, en realidad, había nacido el 5 de julio de 1996, pero su existencia se mantuvo en reserva mientras los investigadores confirmaban que no se trataba de un espejismo estadístico ni de un malentendido técnico. Cuando se anunció, lo que estalló no fue solo una noticia: fue una pregunta que todavía vibra en nuestras sociedades. Si una oveja podía ser “copiada” desde una célula adulta, ¿qué significaba eso para el resto de los mamíferos, para la medicina, para la ética, para el futuro?
Para entender el terremoto, hay que mirar el corazón del procedimiento. Lo que hizo el equipo de Roslin se conoce como transferencia nuclear de células somáticas (SCNT, por sus siglas en inglés): en vez de usar un embrión temprano (como en experimentos previos con otros animales), tomaron el núcleo —el “paquete” de ADN— de una célula adulta especializada (en el caso de Dolly, una célula de glándula mamaria) y lo colocaron en un óvulo al que previamente se le había retirado su propio núcleo. Luego, mediante estímulos eléctricos, ese óvulo “reprogramado” empezó a dividirse y a comportarse como si hubiera sido fecundado, formando un embrión que se implantó en una madre sustituta. Una vida nueva, nacida desde una célula vieja.
Lo verdaderamente revolucionario fue la idea que se derrumbó con ella. Durante décadas, muchos científicos sospechaban que, cuando una célula adulta se especializa (piel, hígado, glándula mamaria), pierde la capacidad de “volver atrás” y generar un organismo completo. Dolly probó lo contrario: una célula adulta conservaba la información necesaria para construir un animal entero si se la reprogramaba correctamente. No era magia: era biología reescribiendo su propio manual.
Ahora bien, la pregunta humana —la que late detrás del titular— siempre pide un segundo acto: ¿y qué pasó con Dolly después de la fama?
Dolly vivió en el entorno del Instituto Roslin, en Escocia, cuidada como un animal de granja pero también como un símbolo científico mundial. Y no fue una criatura “de laboratorio” condenada a la esterilidad: tuvo crías. Su historia desmiente, por sí sola, la idea de que la clonación producía necesariamente seres inviables o incapaces de una vida biológica normal.
Pero su vida fue más corta de lo que suele esperarse en una oveja de su tipo. El 14 de febrero de 2003, Dolly fue sacrificada (eutanasiada) tras una evaluación veterinaria que confirmó una enfermedad pulmonar progresiva; también padecía artritis. Tenía unos 6 años (aproximadamente 6 años y medio), mientras que la expectativa de vida típica de una oveja Finn Dorset ronda los 11–12 años. Sus restos conservados se exhiben en el Museo Nacional de Escocia en Edimburgo.
La noticia, inevitablemente, reavivó el debate: ¿era un problema “de Dolly” o un problema “de la clonación”? Las evaluaciones y comunicados de la época señalaron que la enfermedad era conocida en ovejas y que se investigaría si había señales de envejecimiento prematuro.
Y aun después de morir, Dolly siguió “viviendo” como artefacto cultural de la ciencia contemporánea. Sus restos fueron preservados y hoy se exhiben en el National Museum of Scotland, en Edimburgo, donde funciona como recordatorio material de una fecha bisagra: el momento en que el público masivo se encontró cara a cara con la potencia —y la inquietud— de la biotecnología moderna.
Mirada desde la historia, Dolly no es solo una oveja: es un punto de inflexión. Fue un gran avance científico porque demostró algo decisivo sobre la vida: que la identidad genética de un organismo puede replicarse desde una célula adulta, y que la “especialización” celular no es una cárcel absoluta si existe un mecanismo capaz de reprogramar. Ese hallazgo empujó nuevas líneas de investigación y encendió discusiones públicas que van desde la medicina regenerativa hasta los límites éticos de lo que una sociedad decide hacer con su conocimiento.
En eso reside la fuerza de esta fecha clave: no se celebra por nostalgia tecnológica, sino por lo que reveló sobre nosotros. Dolly fue ciencia, sí. Pero también fue espejo.
