Efemérides
4 de marzo: la muerte de Mariano Moreno y el destino final de los hombres de Mayo

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Más allá de la revolución de 1810, varios de sus protagonistas tuvieron finales marcados por el exilio, la enfermedad y la tragedia.
Cada 4 de marzo se cumple un nuevo aniversario de la muerte de Mariano Moreno, una de las figuras más intensas y decisivas de la Revolución de Mayo. Su desaparición temprana, ocurrida en 1811 en medio de un viaje diplomático hacia Europa, suele ser recordada como uno de los episodios más enigmáticos de los primeros años de la vida independiente. Pero ese aniversario también puede funcionar como una excusa histórica para mirar más allá de la revolución misma y preguntarnos qué ocurrió con aquellos hombres después de 1810.
Siempre hemos conocido la actuación que los diferentes hombres de Mayo llevaron a cabo, su importancia al constituir el primer gobierno patrio y repetimos, hasta el hartazgo, el lugar que cada uno ocupó, con el fin de aprobar alguna lección escolar. Sin embargo, después de aquella brillante participación desaparecen del imaginario colectivo, como si la historia de esos protagonistas hubiera terminado en las jornadas revolucionarias. Lo cierto es que muchos de ellos tuvieron destinos dramáticos, silenciosos o trágicos, que rara vez forman parte del relato habitual.
La muerte de Mariano Moreno fue una de las primeras en sacudir al nuevo escenario político. Tras las tensiones internas dentro de la Primera Junta, el secretario fue enviado en misión diplomática a Gran Bretaña. Partió en enero de 1811 a bordo de la fragata Fama, pero nunca llegó a destino. Murió el 4 de marzo de 1811 en alta mar, con apenas 32 años. Según la versión oficial, una enfermedad repentina obligó a administrarle un fuerte emético que terminó agravando su estado. Sin embargo, desde muy temprano circularon sospechas de envenenamiento. Su cuerpo fue arrojado al océano envuelto en una bandera inglesa, y la falta de restos materiales contribuyó a que su final quedara rodeado de misterio.
El primero en fallecer dentro del territorio rioplatense fue Manuel Alberti, párroco de San Benito de Palermo que había ocupado una vocalía en la Primera Junta. Murió en enero de 1811, a los 48 años, víctima de un paro cardíaco fulminante que, según algunas versiones, ocurrió durante una discusión con el Deán Funes. Su muerte temprana lo convirtió en el primer integrante del gobierno patrio en desaparecer, y hasta hoy se desconoce con certeza el lugar donde reposan sus restos. Algunas versiones indican que fue sepultado en las cercanías de la antigua iglesia de San Nicolás, en el sitio donde hoy se levanta el Obelisco.
Otro destino marcado por la tragedia fue el de Juan José Castelli, uno de los oradores más apasionados del proceso revolucionario. Castelli murió también a los 48 años, víctima de un cáncer de lengua. Pero cuando la enfermedad lo venció, su carrera política ya estaba destruida. La derrota de Huaqui en 1811 significó la pérdida del Alto Perú y lo dejó convertido en un muerto político, sometido a un largo y humillante proceso judicial. Incapaz de hablar en sus últimos días, dejó escrita una frase que resume la amargura de aquel final: “Si ves al futuro, dile que no venga”. Falleció en octubre de 1812.
Uno de los hombres que lo defendió durante aquel proceso fue Nicolás Rodríguez Peña, otro protagonista de las jornadas de mayo. Las tensiones políticas lo empujaron al exilio en Chile, donde pasó sus últimos años. Murió anciano en ese país, lejos del escenario revolucionario que había ayudado a construir. Sus restos fueron repatriados en 1910, durante los festejos del Centenario, y hoy descansan en el Cementerio de la Recoleta.
La violencia política también alcanzó a Bernardo de Monteagudo, uno de los ideólogos más radicales de la revolución. En 1815 abandonó el Río de la Plata rumbo a Europa y luego se trasladó a Lima. Allí, en 1825, fue asesinado en plena plaza pública cuando tenía apenas 35 años. El cadáver fue hallado boca abajo, con las manos aferradas a una enorme daga clavada en el pecho. Tras permanecer durante largo tiempo en el lugar, los curas de un convento cercano recogieron el cuerpo. Esa misma noche Simón Bolívar acudió a verlo y juró vengar su muerte. Desde 1917, los restos de Monteagudo descansan en el Cementerio de la Recoleta.
Párrafo aparte merecen los inseparables Domingo French y Antonio Luis Beruti, figuras emblemáticas de las jornadas de mayo. Tras el eclipse político del morenismo en 1811, ambos quedaron marginados del poder. Beruti continuó su carrera militar y se integró al Ejército de los Andes. Murió en 1841, a los 69 años, todavía en actividad, después de una larga trayectoria militar. French, en cambio, se exilió en 1817 junto a Manuel Moreno, el hermano del secretario revolucionario. Vivió durante años en los Estados Unidos y solo regresó a Buenos Aires para morir el 4 de junio de 1825.
Otro final trágico fue el de Juan Larrea, el último sobreviviente de los miembros originales de la Primera Junta. Tras ser removido de sus funciones en 1811, sufrió la confiscación de sus bienes y el destierro a San Juan. Aunque volvió a la actividad política y fue uno de los miembros más activos de la Asamblea del Año XIII, volvió a caer en desgracia en 1815. Arruinado económicamente y perseguido durante el gobierno de Rosas, decidió poner fin a su vida: el 20 de junio de 1847 se degolló con una navaja de afeitar. Tenía 65 años.
Finalmente, el miembro más anciano de la Primera Junta fue Miguel de Azcuénaga. En 1811 fue enviado al destierro en Mendoza, pero con el tiempo regresó a Buenos Aires. Murió en diciembre de 1833, casi a los 80 años, en su chacra de los Olivos. Aquella propiedad sería adquirida décadas después por Carlos Villate Olaguer y terminaría convertida en la actual residencia presidencial.
Recordar el aniversario de la muerte de Mariano Moreno no solo permite volver sobre su figura, sino también abrir una ventana hacia el destino final de aquellos hombres que protagonizaron la Revolución de Mayo. Muchos de ellos terminaron enfermos, exiliados, perseguidos o asesinados. Lejos de la épica de 1810, sus finales revelan la cara más dura y humana de la política revolucionaria.
