Efemérides
24 de febrero de 1920: el día en que nació el nazismo

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El día en que Adolf Hitler presentó el programa del partido en la cervecería Hofbräuhaus de Múnich.
El 24 de febrero de 1920 no fue, en apariencia, una jornada destinada a cambiar el destino del siglo XX. Sin embargo, esa noche, en una cervecería de Múnich, se sembró la semilla de uno de los regímenes más destructivos de la historia. Allí, ante unas dos mil personas reunidas en la Hofbräuhaus, un agitador político todavía poco conocido presentó el programa que daría forma ideológica al nazismo.
Ese día, el pequeño y marginal Partido Obrero Alemán (DAP) se transformó oficialmente en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP). El cambio de nombre no fue un simple detalle administrativo: fue el nacimiento formal del Partido Nazi y el punto de partida de un movimiento que llevaría a Europa —y al mundo— a la catástrofe.
La Alemania herida que lo hizo posible
Para comprender lo ocurrido en aquella cervecería bávara, es necesario situarse en la Alemania de posguerra. El Imperio alemán había colapsado en 1918. El káiser había abdicado. El país estaba sumido en la inflación, el desempleo, la humillación nacional y la incertidumbre política. El Tratado de Versalles, firmado en 1919, imponía duras condiciones territoriales, militares y económicas.
En ese clima de frustración colectiva, resentimiento y búsqueda de culpables, surgieron múltiples movimientos radicales. El DAP era uno de ellos: pequeño, nacionalista, antisocialista y profundamente antisemita. Pero tenía algo que lo diferenciaba: la figura de Adolf Hitler.
Hitler no fundó el partido, pero pronto comprendió su potencial. Con un talento innegable para la oratoria y la manipulación emocional, convirtió una agrupación insignificante en un vehículo para su ambición política.
La noche de la Hofbräuhaus
El 24 de febrero de 1920, Hitler presentó el llamado Programa de los 25 Puntos ante una multitud que colmaba la cervecería Hofbräuhaus de Múnich. Ese documento fue declarado “inalterable”, una palabra que anticipaba el carácter dogmático y totalitario del movimiento.
Los 25 puntos combinaban nacionalismo extremo, populismo social, resentimiento económico y antisemitismo racial. No era un programa coherente en términos económicos o jurídicos; era, sobre todo, un manifiesto ideológico diseñado para movilizar emociones profundas.
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Antisemitismo institucionalizado
Uno de los ejes centrales del programa fue el antisemitismo. Se establecía que solo quienes tuvieran “sangre alemana” podrían ser ciudadanos del Reich. Los judíos eran explícitamente excluidos de la comunidad nacional, convertidos en extranjeros dentro de su propio país.
No se trataba ya de prejuicios sociales dispersos: el antisemitismo pasaba a ser un principio político fundacional. Este punto sería el germen de las futuras leyes raciales de Núremberg (1935) y, más tarde, del Holocausto.
Pangermanismo y “Gran Alemania”
El programa exigía la unión de todos los alemanes en una “Gran Alemania”. Este pangermanismo implicaba la anexión de territorios donde vivieran poblaciones germanoparlantes. La idea de una nación basada en la sangre y la etnicidad rompía con el orden europeo surgido tras la Primera Guerra Mundial.
Décadas después, esta aspiración se materializaría en la anexión de Austria (Anschluss) y en la desmembración de Checoslovaquia, pasos decisivos hacia la Segunda Guerra Mundial.
Rechazo frontal al Tratado de Versalles
El programa proclamaba la anulación de los tratados de paz impuestos tras la guerra. El Tratado de Versalles era presentado como una humillación intolerable y una traición interna.
Esta narrativa del “puñal por la espalda” —según la cual Alemania no había sido derrotada militarmente sino traicionada por políticos y judíos— fue uno de los mitos fundacionales del nazismo. Alimentó un revanchismo que encontró eco en amplios sectores de la sociedad alemana.
El Lebensraum: expansión y conquista
Otro de los puntos exigía tierras y colonias para asegurar el sustento del pueblo alemán. Esta noción de Lebensraum (espacio vital) sostenía que Alemania necesitaba expandirse territorialmente hacia el este.
La expansión no era concebida como diplomacia, sino como conquista. En esa idea estaba implícita la guerra futura contra Polonia y la Unión Soviética, así como la brutal colonización y exterminio de poblaciones consideradas “inferiores”.
Un programa que anticipó el horror
Lo más inquietante del Programa de los 25 Puntos no es su radicalidad —algo frecuente en la Europa de posguerra— sino su claridad ideológica. Allí estaban, en germen, los pilares del Tercer Reich: racismo biológico, expansionismo militar, antiliberalismo, antisemitismo y culto al líder.
El 24 de febrero de 1920 no marcó todavía la toma del poder, pero sí el momento en que el nazismo se definió públicamente y se ofreció como alternativa política total.
En aquel salón de cerveza no se escucharon aún los ecos de Auschwitz ni el estruendo de Stalingrado. Pero el programa que se proclamó esa noche contenía la lógica que conduciría a ambos.
La historia enseña que los grandes desastres no surgen de la nada. Se gestan en discursos, en ideas, en programas políticos que parecen marginales hasta que encuentran el contexto adecuado. El 24 de febrero de 1920 fue uno de esos momentos fundacionales.
Comprender esa fecha no es un mero ejercicio académico: es recordar cómo un movimiento nacido en la periferia política logró capturar el poder y arrastrar al mundo a la guerra y al genocidio.
