Recuerdos
Vecinos

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La pluma de Raúl Vázquez en su homenaje a esa familia que e gesta al compás de las tardes y los años en familia.
El fin de semana suele ser un momento en el que el tiempo juega a nuestro favor. Caminás con la falta de atención justa como para no sucumbir debajo de un colectivo, mirás a media altura, sin el pensamiento enfocado en lo que sigue o en lo que te espera en la oficina. En el medio de ese tiempo donde no sabés si disfrutás a medias o si esperás la tortura del lunes, me crucé en el ascensor con un hombre cuyo semblante era, por definirlo rápidamente, oscuro como de martes lluvioso. Mirada al piso, silencio incómodo, oídos sordos al saludo del sábado y tres pisos hacia abajo que duraron una eternidad. Se bajó, salió presuroso hacia la puerta de calle, abrió y se fue. Lo mandé a cagar internamente y ahí me di cuenta de que era uno de mis vecinos que vive algunos pisos más arriba.
Las tormentas diarias que nos aquejan funcionan como excusa para olvidar el saludo o la sonrisa. Lo entiendo. Como también entiendo que cada uno tiene sus luchas personales y que, encima, el país no ayuda demasiado para sonreírle al gordo que vive metros más abajo. Es verdad.
Tomé Larrea hacia el este y seguí caminando. A los dos o tres pasos, pensé en eso que más de una vez aseveramos y que no siempre comprobamos. La ciudad de hoy te aísla. Somos millones de soledades peleando por lo nuestro. La distancia que nos separa del prójimo es cada vez más amplia. Aunque nos choquemos en el palier y nos saludemos con una sonrisa impostada.
Pase el tiempo que pase, hay cosas que no cambian. O, mejor dicho, hay cosas que tienen una memoria tan fuerte que se resisten al olvido. Los años 80, con su mezcla de aire de cambio y esa pátina de lo que ya no estaba, tuvieron en los barrios una expresión única, un micromundo donde la vida se desplegaba como un gran escenario a cielo abierto. Y los protagonistas, claro, eran los vecinos.
Eran tiempos donde el portero del edificio, que eran menos que los de hoy, más que un empleado, era el guardián de todas las historias. El que sabía quién venía, quién se iba, a quién le habían roto el corazón o quién había llegado con un auto nuevo. Doña Rosa, la de Planta Baja y no la de Neustadt, con sus persianas siempre entreabiertas, era la cronista de la cuadra. Su vida entera transcurría detrás de ese vidrio, observando y comentando con una precisión digna de un periodista de investigación.
En Villa Luro, barrio de casas bajas, los edificios eran potestad de las avenidas. Sobre la calle Camarones, los umbrales y las casas con fondo eran el escenario más común. Eran como mundos amurallados por ligustrinas y medianeras de ladrillo a la vista. La casa con fondo de los años 80 no era solo una tipología edilicia; era la declaración de principios de la clase media que supo ser el motor de la Argentina, y era también el escenario de una vida que hoy parece extinguida. Una higuera de hojas ásperas, un limonero que abastecía a todo el barrio, una parra moscatel de sombras amables y un níspero pegajoso completaban el escenario.
El almacén de la esquina, de paredes pintadas de un ocre viejo y con olor a pan recién horneado, era el centro de operaciones. Allí se intercambiaban recetas, se comentaban las noticias del informativo del mediodía y hasta se armaban los planes del fin de semana. El almacenero, con delantal blanco y un lápiz detrás de la oreja que se usaba solo cuando pedíamos que lo anotara para mamá, era el gran confidente, el que escuchaba los secretos de todos y los guardaba celosamente.
En los 80, la vecindad era una red de afectos y conflictos, una familia extendida donde todos se conocían, se ayudaban y, a veces, se peleaban con el mismo fervor. No importaba si eras de derecha o de izquierda, si te gustaba el tango o el rock. Lo que importaba era la cercanía, la seguridad de saber que si te pasaba algo, siempre habría una mano amiga o una silla en la vereda para charlar. Los vecinos eran un universo en sí mismo, un reflejo de la vida, con sus luces y sus sombras, pero siempre, siempre, con las puertas abiertas.
Siento una nostalgia particular por aquellos años. No solo por la música, la ropa, los amores de la primaria o los autos, sino por una forma de vida que se fue desdibujando. En esos días, el barrio era una extensión de la casa, y los vecinos no eran solo los que vivían al lado, sino que eran verdaderos protagonistas de nuestra vida cotidiana. El concepto de red social no existía, pero su esencia estaba ahí, en la señora que te prestaba una taza de azúcar, en el vecino que te arreglaba la canilla que gotea y en la vecina que nos miraba mientras mamá hacía las compras.
Con pocos más de diez años, los chicos éramos una parte fundamental de esa trama. Las calles eran nuestro estadio, nuestro campo de batalla futbolero y también nuestro escenario para jugar a la Mancha, al Poliladron, al Quemado o al Elástico. Las madres nos llamaban a los gritos desde la puerta de calle, y la respuesta era una señal de que la jornada de juego había terminado. Los vecinos actuaban como una especie de tíos o abuelos sustitutos. Te retaban si te subías a una medianera, pero al mismo tiempo te daban agua de la canilla del pasillo cuando te morías de calor. Era una crianza comunitaria, donde todos se sentían responsables de nuestro crecimiento. El barrio era un escenario vivo, un lugar donde los lazos sociales se tejían de forma natural y espontánea. No había necesidad de agendas o citas. Simplemente se salía y la vida sucedía.
La vereda ya no es lo que era. Y aunque esto se parezca al lamento de un viejo tanguero, es más bien la constatación de una grieta invisible que el tiempo fue cavando entre el empedrado y el alma de los barrios. Porque si uno se detiene hoy en cualquier esquina de Buenos Aires a ver discurrir el hormiguero humano, cuesta creer que seamos los mismos que habitamos aquella intemperie feliz de los ochenta.
Estas líneas no suponen una invitación a mirar el ayer con nostalgias baratas, sino con los ojos del que sabe que perdimos algo valioso en el trueque con el progreso. Porque no me vas a negar que hoy la vereda es como un desierto apurado. Caminamos con la mirada clavada en una pantalla de cinco pulgadas, esquivando baldosas flojas y miradas ajenas. Los frentes de las casas, antes abiertos al saludo y la sonrisa, con Pugliese o Julio Iglesias brotando de sus combinados, hoy se esconden detrás de rejas y cámaras de seguridad que desconfían del que pasa. Hoy las persianas bajas blindan secretos que a nadie le importan, y el silencio de las tardecitas se llena con el zumbido de los motores y el apuro por llegar a ninguna parte. Nos ganamos la comodidad de la cerradura electrónica, es cierto. Pero entregamos la llave de la confianza.
En estas líneas descubro, una vez más, que la memoria es el rastro del sol sobre las baldosas calientes del patio del abuelo; y el olvido, la sombra silenciosa que avanza cuando la tarde se apaga. Quizás el error sea buscar el barrio en el mapa y no en nuestra memoria.
Miro la vereda vacía mientras suenan las teclas. Está iluminada por el neón frío de una pantalla pública, y no puedo evitar la nostalgia de aquel territorio de puertas abiertas, donde el destino era un asunto colectivo y la felicidad se medía en sonrisas bajo la sombra de un árbol que servía de arco en la placita Don Bosco. Nos queda, al menos, el desafío romántico de volver a mirarnos a los ojos cuando nos crucemos en el palier. Aunque creo que, por cómo inició esta nota, debería mudarme. Al fin y al cabo, el barrio no eran las casas, las esquinas ni las lejanas vidrieras de la avenida. El barrio éramos nosotros.
