Una muerte sencilla

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La partida de Fernando Confessore invita a reflexionar sobre la amistad, el tiempo y la urgencia de vivir.
No conocí a Fernando Confessore. Pero, más allá de la distancia a la que nos ubica la vida, está claro que hay noticias que nunca entran por la puerta de la lógica o el entendimiento. Y no entran porque la cabeza, como todos sabemos, es un lugar de lógica pura, de secuencias, de causas y consecuencias que sólo permite el tamiz de la razón. Y estas cosas que pasan cuando suena el teléfono fuera de hora no tienen nada que ver con eso. Es una sacudida brutal en el centro del pecho. Un frío seco, instantáneo, que baja de golpe por la espalda y te deja inmóvil en el medio del pasillo o con la mano congelada sobre el teclado.
Alguien te dice una frase corta. Cuatro o cinco palabras. Alguien te dice "Se nos fue Fulano o Mengano" y el mundo, que hace diez segundos rodaba con la prepotencia habitual de un día cualquiera, se frena de golpe.
Una muerte sencilla, la de un personaje desconocido para mí, pero que generó mucha tristeza y asombro, despertó la incomodidad y el deseo de dejar en este foro algunas humildes ideas. Una muerte sencilla, como la de Fernando Confessore, es la muerte de alguien que se hizo amigo por la cercanía de la pantalla. Casi treinta años diciendo cómo te deberías vestir en la mañana para que no pases frío o calor durante el día es un amigo, sin dudas. Y ese amigo se fue. Y sé de otros amigos que sufren su pérdida. Tal vez estas líneas se puedan disfrazar de abrazo de consuelo a la distancia.
Cuando el mundo se detiene con estas crueles novedades, el cuerpo reacciona antes que las ideas. Primero es la negación, la respiración que se traba. Y después, los ojos que buscan un punto fijo en la pared a la espera de que sea una broma de mal gusto, un malentendido, un error en los nombres, una fake de las redes. Pero no. Murió un amigo. Así, a secas. Sin previo aviso, sin anestesia, sin darle tiempo al alma para acomodarse a la idea.
Tenía cincuenta y ocho años. Y ahí es donde la cabeza se rebela con rabia. Cincuenta y cuatro, cincuenta y tres, qué más da la cifra exacta cuando suena a trampa, a despojo impune. A esa edad uno no está preparado para despedir a un par de la vida. A los cincuenta y pico uno está en la mitad del río, nadando con fuerza, con la sensación implícita de que la otra orilla todavía queda lejos. Es la etapa donde deberíamos estar planeando la próxima comida, discutiendo sobre fútbol o política con la misma pasión ingenua de los veinte años, o cargándonos entre nosotros por esos achaques que empiezan a asomar como pequeños avisos sin importancia.
Cuando alguien de tu propia generación se apaga de golpe, lo que se rompe de fondo es esa ilusión anestésica que construimos para poder salir a la calle todos los días. La ilusión de tener el control. Nos pasamos la vida proyectando a diez, quince, veinte años. Pensamos en los viajes que haremos cuando haya tiempo, en las charlas postergadas para cuando afloje el trabajo, en los abrazos que dejamos suspendidos porque siempre asumimos que mañana habrá otro día idéntico a este. Nos movemos por la rutina diaria con la soberbia del que se cree inmune, tratando al calendario como si fuera un cheque en blanco sin fecha de vencimiento.
Y de pronto, un manotazo invisible tira la mesa abajo, rompe la vajilla de un golpe y hace crujir la estructura de nuestro metro cuadrado.
La ausencia de un amigo no es solo un dato biográfico; es un desorden profundo en la geografía sentimental. Un amigo de toda la vida es, en el fondo, un testigo de quién fuiste antes de convertirte en esto que sos. Es alguien que conoce tus derrotas sin juzgarte, que se acuerda de tus primeros ridículos, que guarda la clave de risas viejas que ya nadie entiende. Cuando ese amigo parte antes de tiempo, no solo te arranca su presencia; se lleva consigo una porción de tu propia memoria. Hay anécdotas que quedan desiertas, chistes con código que quedan huérfanos, historias compartidas que ya no tendrán al otro partícipe necesario.
Durante los primeros días, el dolor se manifiesta en las cosas más mínimas y cotidianas. En la costumbre mecánica de tomar el celular para mandarle un meme y frenar el pulgar a mitad de camino al recordar que del otro lado ya no hay nadie. En el silencio denso que queda en el grupo de amigos, donde todos hablan despacio, como pidiendo permiso y esquivando el lugar vacío en la mesa. Es un luto que no se lleva en la ropa, sino en la pesadez de los pasos, en esa mirada que se pierde en la ventana del colectivo mientras la ciudad sigue girando ajena a la herida que se abrió en tu vida.
Sin embargo, en el fondo de esa tristeza rabiosa, cuando el impacto inicial empieza a asentarse, aparece algo imperativo. Aparece la esperanza, esa gran invitada a la mesa del dolor. Llega como una certeza sorda, urgente, casi violenta que se impone por encima de la nostalgia. Y te invita, casi en un susurro, a volver a mirar la vida de frente.
Porque la partida de alguien querido a mitad de camino no viene a pedirnos que nos rindamos al miedo o que nos encerremos en la amargura. Viene a darnos un sacudón en los hombros para recordarnos la verdad más elemental, la que tapamos a diario bajo la montaña de urgencias inventadas, de facturas por vencer y del amor no correspondido. Ese sacudón positivo nos dice que la vida no se posterga. Que no es el destino al que vamos a llegar cuando todo esté ordenado; la vida es esta tarde gris, es este café que se va enfriando en la taza, es el abrazo despeinado que le diste a tu hijas en la mañana, es la llamada que le debés a esa persona que tanto querés y que siempre dejas para después.
Estar vivos no debería ser un estado automático. No debería ser simplemente respirar, pagar las cuentas y dejar que las hojas del almanaque caigan por inercia. Estar vivos es honrar el privilegio enorme y frágil de seguir acá. Es entender que el tiempo no es un recurso infinito y que la única urgencia real es el afecto.
Llegará el momento, como a los amigos de Confessore, en que tocará sobrellevar la pena, encarar el vacío y aprender a convivir con ese silencio con forma de amigo. Nos quedará la rabia de todo lo que no pudo ser, de los proyectos que seguirán flotando en el aire, de los abrazos que quedarán debiéndose. Pero también nos quedará un compromiso ético con la memoria. Nos quedará entender de una vez y para siempre que no deberíamos desperdiciar el tiempo que nos queda.
A los que se van demasiado pronto no se los honra volviéndose sombras. Se los honra viviendo con más ganas, sintiéndonos más fuertes, aflojando con las rencillas menores que no importan y buscando a los que queremos sin esperar a que haya una excusa en el calendario.
Porque al final del día, cuando el ruido se apague y nos quedemos a solas con nosotros mismos, nos daremos cuenta de que no hay mayor misterio ni mayor urgencia que estar vivos. Y mientras estemos vivos, sencillamente, deberíamos celebrar cada segundo. Ni más ni menos.
No conocí a Confessore. Pero le agradezco el sopapo de su muerte que me permitió entender que tengo que abrazar a ese amigo que hace unas cuantas semanas que no llamo. Andá y hacé lo mismo. No seamos boludos.
