Scaloni, volvió el de siempre

Periodista. Experto en Big Data.
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Análisis de un entrenador que mantuvo a una Selección competitiva y que está por disputar una nueva final del Mundo.
El cuerpo técnico de la Selección Argentina había recibido cuestionamientos por distintos aspectos a lo largo del Mundial. Se le reprochaba sostener la base histórica del equipo aun cuando algunos futbolistas no parecían atravesar su mejor momento físico. También se señalaba una menor intensidad del mediocampo, cierta falta de ritmo colectivo, rendimientos defensivos por debajo de lo esperado y demasiada dependencia de Messi para la finalización en el ataque. A eso se sumaban las críticas por la demora en los cambios en partidos anteriores, especialmente cuando el equipo atravesaba dificultades en los comienzos de los segundos tiempos frente a rivales, en teoría, inferiores.
Otra observación frecuente apuntaba a la aparente falta de flexibilidad: la sensación de que para el recambio siempre recurría a los mismos nombres y ofrecía pocas oportunidades a jugadores capaces de aportar una dinámica diferente. Eran opiniones, discutibles o no, pero que formaban parte del debate alrededor del seleccionado.
Sin embargo, si algo caracterizó a Scaloni desde que asumió fue su capacidad para construir a partir de la autocrítica. Nunca mostró una postura rígida ni cerrada. Al contrario, muchas de sus decisiones nacieron del diálogo permanente con el plantel, escuchando a los futbolistas e incorporando sus opiniones cuando entendía que podían beneficiar al equipo, como quedó reflejado en aquella conversación con Leandro Paredes durante un intervalo de hidratación.
Sin detenernos en si los cambios de partidos anteriores fueron acertados o no, el foco está puesto en la semifinal frente a Inglaterra. ¿Qué plan diseñó desde el inicio? ¿Cómo leyó el desarrollo del encuentro? ¿Qué buscó con cada modificación de nombres y de estructura?
El entrenador tomó una decisión fuerte desde la formación inicial: dejar en el banco a Rodrigo De Paul, uno de los emblemas de este ciclo. La apuesta era modificar el funcionamiento del mediocampo para darle mayor ritmo y recorrido al equipo. Eligió a Giuliano Simeone para reforzar el trabajo sobre el sector derecho, acompañar los retrocesos de Molina y ofrecer una amenaza constante para las transiciones ofensivas.
Más allá de los aspectos tácticos, Argentina mostró desde el comienzo una actitud distinta, con mayor agresividad para disputar cada pelota y competir el partido desde el oficio. Futbolísticamente, la primera etapa fue discreta para ambos equipos, algo lógico por la tensión y el peso emocional que implicaba una semifinal de semejante magnitud. Aunque en esos primeros 45 minutos Simeone casi no encontró situaciones para explotar su velocidad, en el complemento sí dispuso de una corrida explosiva que estuvo cerca de terminar en el empate.
A diferencia de otros encuentros, donde la decisión de haber intervenido demasiado tarde fue bastante cuestionada, esta vez el hecho de no mover el banco precipitadamente fue más entendible. Scaloni optó inteligentemente por no modificar el equipo durante el entretiempo ni en el comienzo de los segundos 45 minutos. Argentina había terminado mejor la primera parte y comenzaba a encontrar espacios para crecer en el juego en el inicio del segundo tiempo. El partido daba una sensación de que podía romperse con el correr de los minutos y no era momento de malgastar movimientos.
Sin embargo, el único pasaje de desconcierto argentino terminó siendo muy costoso. Una pérdida, un retroceso insuficiente, un rechazo a medias y la anticipación de Anthony Gordon sobre Nahuel Molina derivaron en un gol que ponía a Inglaterra en una ventaja quizás excesiva para lo que mostraba el desarrollo.
Lejos de desesperarse, Scaloni se tomó su tiempo mientras veía que el equipo respondía entero ante el 0-1. Hasta que en un momento, promediando la segunda etapa, ejecutó un ajuste principalmente táctico. Entendió que, ante un rival cada vez más replegado, ya no necesitaba tanta presencia en la base del mediocampo y reemplazó a Paredes por Nico González, un futbolista con capacidad para atacar los espacios y generar uno contra uno, además de su gran aporte en el juego por arriba. Al mismo tiempo decidió mantener a Enzo Fernández pero unos metros más atrás, en modo Qatar, otorgándole mayor protagonismo en la distribución, la conducción y el remate desde media distancia. Desde este último escenario llegó el empate argentino con un golazo del volante del Chelsea.
A veinte minutos del final llegaron tres modificaciones que, más que alterar el sistema, buscaron cambiar los perfiles de los intérpretes. Con Simeone perdiendo frescura frente a una defensa inglesa completamente hundida, ingresó De Paul para aportar precisión, agresividad y mejores centros desde el sector derecho. También entró Otamendi por Licha Martínez, una decisión que apuntó a potenciar, además de la experiencia, el juego aéreo, en un contexto donde gran parte de los ataques terminarían dentro del área rival. En paralelo, Gonzalo Montiel reemplazó a Molina —ya desgastado por su error— pasando a ocupar posiciones mucho más adelantadas, prácticamente como un extremo, buscando generar superioridad por la banda derecha.
Faltaba un movimiento más. A diez minutos del final, el técnico decidió asumir el riesgo definitivo: retiró a Tagliafico, ya con Inglaterra prácticamente sin extremos para explotar los espacios, y sumó a Lautaro Martínez como referencia de área. Era la apuesta total por el partido. El cabezazo del delantero para el 2-1 terminó coronando una remontada histórica y la justificación perfecta para su ingreso.
Más allá del análisis puntual de cada sustitución, la semifinal dejó una imagen diferente del cuerpo técnico. Scaloni mostró capacidad para interpretar el desarrollo del partido, modificar a tiempo lo que el encuentro pedía y asumir riesgos cuando el contexto lo exigía. Justamente varios de esos aspectos eran los que se le venían reclamando durante el torneo.
