Silencios selectivos
Predican igualdad, ignoran dictaduras: el doble estándar de la izquierda al desnudo

Ingeniero de Software y escritor
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Un recorrido incómodo por las contradicciones ideológicas que marcan el debate global actual.
En algún punto entre la indignación selectiva y el teatro ideológico, la izquierda decidió que no solo tenía razón, sino que además tenía altura moral. Así nació ese artefacto invisible, inmaterial pero sorprendentemente concurrido: el famoso “atril moral”. Una estructura imaginaria desde la cual se reparte superioridad ética con la misma liviandad con la que se ignora la historia.
Porque subirse ahí es gratis. Lo que sale caro —carísimo— es lo que hay debajo.
Y debajo hay números. Números incómodos. Números que no entran bien en pancartas.
Stalin, por ejemplo, no fue un malentendido histórico ni un líder “complejo”. Fue responsable, según múltiples historiadores, de entre 6 y 20 millones de muertes: purgas políticas, ejecuciones, gulags y hambrunas provocadas por decisiones deliberadas. Mao Zedong, en una escala aún más grotesca, acumuló entre 30 y 45 millones de muertos, principalmente durante el Gran Salto Adelante, una política tan desastrosa que convirtió el hambre en política pública sistemática.
Pero desde el atril moral, esto se archiva como si fueran notas al pie. Detalles. Imperfecciones del experimento. Como si estuviéramos evaluando un software con bugs y no regímenes que trituraron vidas humanas a escala industrial.
Y si el pasado incomoda, el presente directamente molesta.
Corea del Norte no es un país: es una prisión con bandera. Un lugar donde la libertad no es un derecho, sino una idea peligrosa. Donde tres generaciones pueden ser castigadas por el “delito” de pensar distinto. Donde el hambre no es consecuencia, sino herramienta.
Venezuela, mientras tanto, pasó de potencia regional a caso de estudio del colapso: inflación descontrolada, pobreza estructural, presos políticos y millones de personas huyendo. Pero desde el atril, todavía hay quienes hablan de “bloqueos” con la misma convicción con la que ignoran la devastación interna.
Cuba completa el cuadro con su museo viviente de la revolución: autos de los años 50, discursos de los años 60 y libertades del siglo XIX. Disentir sigue teniendo costo. Pensar distinto, también.
Pero nada de esto parece afectar demasiado la estabilidad del atril moral. Porque no está hecho de hechos. Está hecho de relato.
Y cuando el relato empieza a hacer agua, aparece el giro más grotesco de todos: la defensa —explícita, implícita o vergonzosamente tibia— de regímenes como el de Irán.
Sí, Irán. Donde, curiosamente, muchos de los que gritan “patriarcado” en Occidente hacen un silencio digno de biblioteca cuando miran hacia Teherán.
Hoy, sectores de la izquierda son capaces de justificar o relativizar ese régimen sin que se les mueva un músculo, como si la opresión dependiera del código postal.
Porque en Irán, las mujeres no solo enfrentan desigualdad. Enfrentan un sistema diseñado para limitar cada aspecto de su vida. Por ejemplo:
• No pueden elegir libremente su vestimenta: el uso del hiyab es obligatorio, y mostrar el cabello puede implicar multas, detenciones o agresiones por parte de la “policía de la moral”.
• No pueden circular con total libertad: pueden ser detenidas en la vía pública por cómo están vestidas o por comportamientos considerados “inapropiados”.
• No tienen igualdad en tribunales: en muchos casos, el testimonio de una mujer vale la mitad que el de un hombre.
• No pueden divorciarse en igualdad de condiciones: los hombres tienen muchas más facilidades legales para hacerlo.
• Pueden perder la custodia de sus hijos automáticamente bajo ciertas circunstancias legales.
• Necesitan autorización del esposo para obtener un pasaporte o viajar al exterior.
• Tienen restricciones para acceder a ciertos trabajos o cargos públicos.
• No pueden asistir libremente a eventos deportivos en estadios en igualdad de condiciones.
• Están sujetas a castigos por “delitos morales”, que pueden incluir desde multas hasta penas más severas.
• Su autonomía personal está condicionada por un entramado legal que las considera, en muchos aspectos, ciudadanas de segunda.
Y aun así, desde el atril moral, hay quienes encuentran la manera de explicar, contextualizar o directamente mirar para otro lado. Porque al parecer, la opresión no es un problema universal: es un recurso narrativo.
Ese es el truco. Ese es el corazón del asunto.
El atril moral no está construido sobre principios. Está construido sobre conveniencia. Sobre a quién criticar y a quién perdonar. Sobre qué víctimas importan y cuáles son incómodas.
No es una cuestión de ignorancia. Es una elección activa.
Y por eso el atril moral de la izquierda no solo es invisible. Es inexistente. Es una ficción sostenida por doble vara, por omisiones deliberadas y por una necesidad casi desesperada de sentirse moralmente superior mientras se pisa un suelo lleno de contradicciones.
Pero lo más interesante —lo verdaderamente irónico— es que cuanto más alto creen estar, más evidente se vuelve que no hay nada debajo.
Ni atril.
Ni altura.
Ni moral.
Solo gente hablando desde el aire… y esperando que nadie mire hacia abajo.
