Historia argentina
Peronismo: la ideología del fracaso

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Un recorrido histórico y económico por un modelo que dejó inflación, estancamiento y pobreza persistente.
La Argentina no es un sin recursos, sin talento ni sin historia productiva. Sin embargo, desde hace décadas vive atrapada en un círculo de crisis recurrentes que parecen no terminar nunca. Algo no funciona, y la historia —cuando se la mira con calma— ayuda a entender por qué.
Uno de los rasgos más persistentes del último siglo argentino es el impacto negativo que los gobiernos peronistas han tenido sobre la estabilidad económica. No se trata de opiniones ni de consignas: los números, observados a largo plazo, cuentan una historia clara.
Crecer poco durante demasiado tiempo
Un dato resume buena parte del problema. Si se observa el ingreso promedio por habitante, ajustado por inflación, la Argentina prácticamente no avanzó en medio siglo. En 1974, cada argentino producía el equivalente a poco más de 10.000 dólares anuales. En 2024, esa cifra ronda los 12.700 dólares.
Es decir: en cincuenta años, el país creció apenas un 26% por persona. Medio siglo para un avance mínimo. Mientras tanto, otros países que estaban muy por detrás lograron multiplicar su nivel de vida.
Más aún: el punto más alto se alcanzó alrededor de 2011. Desde entonces, lejos de mejorar, el ingreso promedio retrocedió. Años después, los argentinos somos, en términos reales, más pobres que entonces.
Esto no es un accidente ni una casualidad: es el resultado de políticas que se repiten.
Inflación: el impuesto invisible que destruye todo
Si hay una marca registrada del peronismo en el poder, esa es la inflación. No una inflación moderada, sino procesos inflacionarios que se descontrolan.
En 1975, durante el gobierno de Isabel Perón, la inflación anual llegó al 335%, tras el llamado Rodrigazo. Fue una explosión de precios que pulverizó salarios, ahorros y estabilidad social.
Casi cincuenta años después, en 2023, bajo el accionar de un gobierno peronista, la Argentina volvió a vivir un episodio extremo: 211% de inflación anual. Una cifra que ubica al país entre los peores del mundo.
La inflación no es un problema técnico: es una forma de empobrecimiento masivo. Castiga especialmente a quienes viven de un salario, a los jubilados y a quienes no pueden protegerse comprando dólares o activos.
Controles, cepos y una economía partida en dos
Como una especie de marca registrada, cada vez que el desorden se vuelve evidente, el peronismo suele responder del mismo modo: controles. Controles de precios, controles al comercio, controles al dólar.
El ejemplo más claro fue el cepo cambiario, instaurado en 2011. Desde entonces, la Argentina aprendió a vivir con múltiples tipos de cambio, mercados paralelos y reglas cambiantes. El resultado fue una economía distorsionada, donde invertir, ahorrar o planificar se volvió una apuesta riesgosa.
Decisiones que espantan inversión
A lo largo de los años, los gobiernos peronistas también tomaron decisiones que dañaron seriamente la credibilidad del país. Estatizaciones abruptas, cambios de reglas y avances del Estado sobre sectores clave enviaron siempre la misma señal: en la Argentina, las reglas no son estables.
El caso de YPF es ilustrativo. La expropiación de 2012 no solo generó incertidumbre, sino que terminó en juicios internacionales que hoy cuestan miles de millones de dólares. Dinero que podría haberse usado para infraestructura, educación o salud.
El resultado: pobreza estructural
La consecuencia de este modelo repetido durante décadas se percibe hoy en la vida diaria y tiene nombre: pobreza estructural. No se trata solo de personas que cayeron en la pobreza en una crisis puntual, sino de un país que perdió durante décadas su capacidad de generar bienestar.
Así, la miseria dejó de ser periférica y se convirtió en un rasgo del sistema. Además, muchas de las personas sin recursos fueron coaptadas por el peronismo a través de sistemas de planes y dádivas estatales, de las que comenzaron a depender para subsistir. Todo un ciclo perfecto que alimentaba el sistema corrupto y mediocre del que los argentinos fuimos rehenes durante años.
Cada generación comenzó un poco más atrás que la anterior, con menos ahorro, menos oportunidades, menos educación -porque también destruyeron el sistema educativo con complicidad del radicalismo- y menos horizonte. El esfuerzo individual dejó de alcanzar para progresar porque el entorno económico castigaba al que trabajaba y premiaba al que lograba vivir del Estado. El daño cultural es verdaderamente enorme.
Un final abierto
El peronismo no fracasó por accidente: fracasó porque gobernó creyendo que la economía obedece consignas y que al mercado se lo engaña con idioteces. Cada vez que tuvo poder real, repitió el mismo libreto: gastar sin respaldo, negar los límites, controlar para disimular y culpar a otros -llámese De la Rúa, Macri o Milei- cuando todo estalla.
Nunca dejó un país más justo. Dejó un país inflacionado, empobrecido y desconfiado de su propia moneda. No generó estabilidad: la dinamitó. No construyó previsibilidad: la convirtió en una rareza.
El peronismo no es serio, es una payasada con ínfulas y tintes fascistas.
Su verdadera herencia no tiene épica: es una sociedad acostumbrada a vivir en crisis, donde ahorrar y planificar fue siempre imposible; dónde sobrevivir al Estado se convirtió en la meta de la clase media.
La pregunta ya no es histórica. Es política y es urgente:
¿cuántas veces más hay que repetir el mismo modelo para admitir que no funciona?
Porque la doctrina de Juan Domingo no está muerta y muchos aún no entienden que insistir en lo que empobrece no es justicia social. Es negarse a aprender.
