Relatos y poder
Periodistas o guionistas: quién escribe la realidad en Argentina

Ingeniero de Software y escritor
:format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/04/franco_1.jpeg)
Casos emblemáticos muestran cómo la urgencia por opinar muchas veces reemplaza a la necesidad de verificar.
En Argentina, el periodismo tiene una relación peculiar con la realidad. No es que la ignore —sería simplificar demasiado—, más bien la reinterpreta. La edita. La versiona. A veces incluso la adelanta, como quien spoilea una película… pero con un final que después resulta ser otro.
El caso más emblemático sigue siendo el de 2015. Seis de la tarde, urnas recién cerradas, y Roberto Navarro anunciando con una seguridad admirable —envidiable, incluso— que Daniel Scioli era el nuevo presidente. Sin matices. Sin dudas. Sin red. Horas después, la realidad hizo su entrada triunfal: el ganador era Mauricio Macri. Pero bueno, en ciertos sectores del periodismo la realidad no es un dato: es una sugerencia.
Después está la economía, ese terreno donde algunos comunicadores logran hazañas conceptuales difíciles de igualar. Como aquella periodista de Crónica TV que explicó, con total convicción, que imprimir billetes en el exterior evitaba generar inflación. Una teoría fascinante: no importa cuánto emitas, lo importante es la dirección del envío. Inflación no, logística monetaria internacional. Un Nobel esperando ser entregado.
El patrón se repite. Víctor Hugo Morales, por ejemplo, ha construido durante años editoriales donde la emisión no genera inflación y donde cualquier problema económico es, en última instancia, culpa de factores externos, conspiraciones varias o simplemente “los mercados”. La economía como relato épico, donde los números son secundarios y la épica es obligatoria.
El “dólar futuro” también tuvo su momento de gloria mediática. En su momento, fue presentado por algunos como una herramienta casi técnica, inofensiva. Tiempo después, el tema escaló a niveles judiciales y dejó de ser tan simpático. Pero para entonces, el daño narrativo ya estaba hecho.
La muerte de Nisman, por su parte, fue el festival del apuro. En cuestión de horas, algunos periodistas ya habían decidido qué había pasado, cómo y por qué. La investigación podía esperar; la opinión no. Total, después si hay que corregir, se corrige… o no.
Durante la pandemia, la precisión tampoco fue una prioridad. Se afirmaron certezas donde había dudas globales, se pontificó sobre vacunas, contagios y escenarios como si fueran verdades absolutas. El “no sabemos” nunca fue una opción atractiva frente a la necesidad de llenar horas de aire.
Y si hablamos de economía en televisión, el nivel de confusión a veces roza lo experimental. Inflación mensual mezclada con anual, reservas brutas confundidas con netas, análisis que parecen más un ejercicio de improvisación que un intento serio de informar. Pero se dice con seguridad, que es lo importante.
Ahora bien, el caso más interesante —y más actual— es otro. El de Manuel Adorni.
En las últimas semanas, buena parte del periodismo decidió convertir su vida personal en una especie de reality show: que reformó el baño, que pidió una hipoteca, que se compró un departamento, que desayuna tostadas. Un seguimiento casi obsesivo de detalles irrelevantes, presentado como si estuviéramos frente a una investigación de alto impacto.
Pero en ese intento por construir sospecha donde hay rutina, se escapa un detalle incómodo: si Adorni estuviera realmente robando del Estado, como tantas veces vimos en la política argentina, probablemente no estaría pidiendo una hipoteca para comprarse una propiedad.
Ese pequeño dato —casi insignificante en medio del show— destruye toda la narrativa.
Pero claro, eso no genera rating.
Porque el problema no es el error. El problema es la intención de instalar una idea, aunque la realidad vaya en sentido contrario. Es la construcción sistemática de relatos donde los hechos son maleables y la coherencia, opcional.
Y así llegamos a un punto donde el periodismo ya no solo informa mal: informa en función de lo que necesita que sea cierto.
El resultado es una especie de ficción colectiva, donde el dato importa menos que el encuadre, y la verdad es apenas una variable más dentro del guion.
Y en ese contexto, la desconfianza crece.
No por casualidad.
No por campaña.
Por acumulación.
Porque cuando los errores siempre apuntan para el mismo lado, dejan de ser errores.
Y pasan a ser otra cosa.
Algo más estructural. Más intencional. Más difícil de ignorar.
Por eso, quizás, cada vez más gente empieza a mirar al periodismo con una mezcla de escepticismo y cansancio.
Y en ese clima, empieza a resonar una frase incómoda, provocadora, exagerada si se quiere… pero cada vez menos ajena:
Como dice el presidente Milei, no odiamos lo suficiente a los periodistas.
