¿Crisis global?
El polvorín de Ormuz y el dilema de la Vaca: ¿Bendición o condena para la Argentina?

Politóloga. Periodista.
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El aumento del barril y la posibilidad de riesgo del superávit fiscal. El factor Trump y Vaca Muerta.
El Estrecho de Ormuz es un problema del mundo, no de Donald Trump ni de Irán. El paso de navegación más crítico del planeta, por donde circuló diariamente el 20% del petróleo mundial, ingresó en una fase de parálisis que disparó el precio internacional del barril de crudo por encima de las previsiones más pesimistas de Wall Street. El fenómeno dejó de ser un conflicto geopolítico ajeno a la realidad sudamericana para convertirse en una encrucijada de doble filo que afectó a la Argentina de manera directa y simultánea, tanto en los balances fiscales del Palacio de Hacienda como en los tableros de control de Vaca Muerta.
El impacto inmediato mostró dos caras absolutamente contrapuestas para los planes económicos de la administración de Javier Milei. Por un lado, el desborde del precio internacional del petróleo y el Gas Natural Licuado (GNL) representó una pésima noticia para la macroeconomía de corto plazo. A pesar del crecimiento de la producción local, el país todavía arrastró la necesidad de importar barcos de GNL para cubrir los picos de consumo durante los meses invernales. Con los precios de los buques metaneros por las nubes debido al desvío forzado de rutas, el costo de mantener encendido el sistema de transporte local amenazó con devorarse una porción sustancial del superávit fiscal y comercial que el oficialismo exhibió como su principal bandera de gestión. Win win para los jeques árabes, pero un dolor de cabeza logístico para el secretario de Energía, Eduardo Rodríguez Chirillo.
La zanahoria de Vaca Muerta y el imán del RIGI
Sin embargo, el caos en Medio Oriente abrió en paralelo una ventana de oportunidad única para los intereses argentinos de mediano plazo. Las corporaciones multinacionales y las grandes potencias occidentales aceleraron la búsqueda desesperada de proveedores energéticos occidentales, democráticos y, fundamentalmente, alejados de las zonas de conflicto bélico. En ese nuevo ordenamiento geopolítico, el subsuelo argentino cotizó en alza. Las cuencas operadas por gigantes como YPF, Vista y las principales multinacionales ganaron tracción como un refugio seguro para los capitales que huyeron de las zonas calientes de Asia.
El buen vínculo del gobierno nacional con el círculo rojo corporativo internacional no pasó desapercibido en esta transición. El oficialismo utilizó el caos de Ormuz para vender la estabilidad del Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) en los foros financieros de Nueva York y Houston. Los técnicos del sector energético estimaron que, si la infraestructura local de transporte (como el Oleoducto Vaca Muerta Sur y las plantas de licuefacción proyectadas) logra madurar antes de que amaine la tormenta global, la Argentina acelerará su conversión hacia un perfil netamente exportador de hidrocarburos, compitiendo de igual a igual en el mercado atlántico.
El éxito de la estrategia dependerá estrictamente de la velocidad para enterrar caños. Las perspectivas para el territorio se perfilaron con optimismo solo si el sector privado financia las obras de infraestructura de transporte que el Estado nacional dejó de presupuestar. La lección que dejó el tablero internacional fue contundente: el mundo demandó energía a cualquier precio, pero castigó la parálisis burocrática. Si la Argentina no logra destrabar los cuellos de botella para sacar el gas y el crudo de la Patagonia profunda, la crisis del Estrecho de Ormuz operará únicamente como una condena inflacionaria en el sur del mundo, dejando la promesa exportadora atrapada en una paradoja de riqueza inútil.
