Sistema previsional
No fue magia: fue política… y ahora la jubilación no alcanza

Ingeniero de Software y escritor
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Un recorrido por las decisiones políticas y sociales que llevaron al deterioro del sistema previsional argentino.
Hay una pregunta que aparece siempre, como el impuesto inflacionario o el discurso de campaña reciclado: ¿por qué los jubilados en Argentina cobran tan poco? Y la respuesta, aunque incómoda, tiene menos misterio que un truco de magia explicado paso a paso. Lo curioso no es el resultado. Lo verdaderamente fascinante es la cantidad de gente sorprendida por él.
Porque el sistema jubilatorio argentino no colapsó de un día para el otro. No fue un accidente. Fue una obra colectiva. Una especie de “trabajo en equipo” entre políticos creativos y ciudadanos entusiastas que aplaudieron cada decisión… hasta que llegó el recibo.
Empecemos por una escena clásica.
Si un jubilado hoy te dice que no llega a fin de mes, probá con una pregunta incómoda:
—¿Usted disfrutó del fútbol gratis?
Si responde que sí, podés darle la noticia: no era gratis. Nunca lo fue. Lo está pagando ahora. En cuotas. Con intereses. Y sin posibilidad de refinanciación.
Pero eso es apenas la superficie.
El verdadero golpe estructural vino en 2008, cuando el Estado decidió que los fondos de las AFJP —es decir, los ahorros previsionales privados de millones de personas— eran demasiado tentadores como para dejarlos en manos ajenas. Entonces hizo lo que cualquier gobierno con vocación de corto plazo haría: los absorbió. Más de 30.000 millones de dólares pasaron mágicamente a la órbita estatal con la promesa de un sistema más justo, más solidario, más… bueno, más todo.
El problema es que ese “todo” incluía también gastar.
Porque ese dinero, lejos de ser preservado como un fondo previsional, empezó a financiar de todo: déficit fiscal, programas políticos, parches económicos y, por supuesto, la ilusión de que la fiesta podía durar para siempre.
Ahora bien, hagamos un ejercicio incómodo.
Si esos fondos hubieran permanecido invertidos, con un rendimiento moderado —digamos un 4% o 5% anual en dólares, algo bastante conservador a largo plazo— hoy el capital acumulado sería sustancialmente mayor. Traducido a ingresos: un jubilado promedio podría estar cobrando fácilmente entre 800 y 1500 dólares mensuales, dependiendo de sus aportes y del rendimiento acumulado.
Pero claro, eso implicaba algo casi revolucionario en Argentina: no tocar la caja.
Sigamos.
En 2010 apareció otra joya del realismo mágico económico: el famoso 82% móvil. Una ley que buscaba que las jubilaciones mínimas representaran el 82% del salario mínimo. Sonaba lógico. Sonaba justo. Sonaba… caro.
¿Y qué pasó?
Fue vetada el 14 de octubre de 2010 por Cristina Fernández de Kirchner, la misma que hoy, desde la comodidad de su celda lujosa y vía Twitter, se desgarra en una seguidilla de insufribles “che Milei” fingiendo una preocupación repentina por los jubilados.
Porque claro, en aquel momento la cuenta no cerraba. Pero hoy, con el diario del lunes y sin la lapicera en la mano, la sensibilidad social florece con una facilidad admirable.
Y como todo buen sistema que ya venía tambaleando, llegó el golpe final: las moratorias previsionales.
Durante años, se incorporaron millones de personas al sistema jubilatorio sin los aportes correspondientes. Se estima que más de 3 millones de jubilaciones se otorgaron bajo este esquema. Es decir, personas que no habían contribuido lo suficiente —o directamente nada— pasaron a cobrar como si lo hubieran hecho.
¿El resultado? Un sistema donde cada vez hay más beneficiarios y menos aportantes reales.
Una ecuación que ni el más optimista de los economistas podría defender sin sonrojarse.
Pero lo importante, una vez más, fue el aplauso.
Porque en el corto plazo, todo funcionaba. Más gente cobrando. Más consumo. Más sensación de inclusión. ¿El financiamiento? Un detalle técnico. Algo para discutir más adelante. Bueno… este es “más adelante”.
Hoy el sistema jubilatorio argentino es una estructura sostenida con alfileres, donde los que aportaron reciben poco, los que no aportaron reciben igual, y el Estado hace malabares para que todo no se desmorone completamente.
Y en medio de todo esto, aparece la queja.
El jubilado que no llega a fin de mes. Que tiene razón. Absolutamente.
Pero también aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de este presente fue celebrado en su momento?
Porque el problema no es solo económico. Es cultural.
Durante años, se premió la viveza, el atajo, la solución mágica. Se votaron políticas inviables, se aplaudieron medidas insostenibles y se creyó —con una fe casi religiosa— que alguien más iba a pagar la cuenta.
Spoiler: ese alguien era el futuro.
Y el futuro llegó. Con recibo.
Por eso, la situación actual no es una tragedia inesperada. Es una consecuencia lógica de decisiones acumuladas. Decisiones políticas, sí. Pero también sociales.
Y acá viene la parte más incómoda de todas.
Porque el jubilado argentino de hoy se parece, en cierto sentido, a alguien que se queja del resultado sin hacerse cargo del proceso. Se indigna por lo que cobra —con razón— pero rara vez revisa qué apoyó, qué votó o qué celebró cuando esas decisiones se tomaban.
No es una cuestión de culpas individuales. Es algo más amplio.
Pero tampoco es completamente ajeno.
Porque al final del día, el sistema no se destruyó solo.
Se aplaudió.
Se votó.
Se defendió.
Y ahora… llegó el momento de pagar.
