Fiscalización electoral
Los fiscales voluntarios: guardianes invisibles del voto

Referente en políticas públicas y desarrollo local
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Entre mates y planillas, los fiscales voluntarios sostienen la transparencia de cada elección.
En este Especial de Newstad hablamos de sistemas electorales, de nuestra historia y de cómo somos como votantes. Pero faltaba sumar un elemento transversal que no puede escindirse de la palabra elección: la fiscalización.
Llevo muchos años fiscalizando. Seguramente muchos lectores se sientan identificados: cuando comienza un año impar, ya sabemos que es año electoral y que vuelve la tarea de organizarnos. Algunos, ansiosos, ya en marzo empiezan a preguntar a dónde hay que ir a fiscalizar o cuándo comienzan las capacitaciones. Según la jurisdicción y el tipo de elección (si es legislativa o ejecutiva), algunos años se suele fiscalizar en dos oportunidades, y otros, hasta en seis (PASO, elecciones generales y ballotage, que se repiten si las elecciones están desdobladas entre el calendario nacional y el provincial).
Fiscalizar es parte de la agenda del año, pero también es parte de un compromiso con la democracia y los valores de la República. Muchas veces subestimada, incluso por los propios políticos, una buena fiscalización ha llegado a dar vuelta elecciones muy peleadas. Y, otras veces, la ausencia de fiscalización fue la responsable de grandes robos, consagrando como ganadores a quienes no habían recibido la bendición de la voluntad popular.
La fiscalización no tiene mucha ciencia: es cuestión de método, datos, capacitación, compromiso y un poco de viveza para que el que está al lado tuyo no se pase de piola.
La gesta de la fiscalización tomó otro color a partir de 2019, cuando Guillo Dietrich, ex ministro de Transporte, asumió la coordinación de voluntarios en todo el país. Su sello fue claro: compromiso ciudadano, cuidado de la democracia y de los valores republicanos, poniendo así en alerta a quienes tradicionalmente se creyeron dueños de las urnas y de las escuelas. Liderando un gran equipo, y con el rol clave de G25 en varias provincias, las elecciones de la primera vuelta de 2019, las de 2021 y el ballotage de 2023 fueron una demostración de cuán importante es contar con este ejército de voluntarios, capacitados y organizados.
Una voz autorizada para hablar de fiscalización es Carola Wilde, directora ejecutiva de G25, una fundación creada hace 18 años por Esteban Bullrich y Guillo Dietrich para promover en los ciudadanos la vocación por el servicio público.
Eugenia Wehbe: Caro, para empezar esta charla y estar todos en línea con este tema ¿qué es la fiscalización?
Carola Wilde: La fiscalización es un proceso por el cual los ciudadanos controlan y supervisan que todo el proceso electoral se desarrolle de acuerdo a la ley. Los partidos políticos pueden designar un fiscal de mesa y un fiscal general por lugar de votación, para vigilar la votación, asegurarse de que se respeten las normas y cuidar los votos de su partido. Cuando la acción de fiscalizar se realiza de manera proba, defendiendo el voto sin hacer trampa, se cuidan los votos de cada partido y a la vez se garantiza transparencia para todos.
Eugenia Wehbe: ¿Qué es para vos la fiscalización? ¿Qué te motiva a hacerlo?
Carola Wilde: La fiscalización, como la ejercemos desde G25 de manera voluntaria, es un compromiso con la democracia y el respeto de la ley. Es un pequeño esfuerzo que hacemos cada dos años para garantizar elecciones limpias.
A mí me encanta fiscalizar y ayudar a la coordinación de todo el proceso. Para mí la fiscalización es un ejercicio de la argentinidad. En el acto de votar nos encontramos todos los argentinos, sin distinción de edades, clases sociales o ideologías.
En el caso de G25, en que tratamos de ir siempre a los lugares donde históricamente se ha hecho más trampa, tenemos la posibilidad de conocer barrios a los que no vamos usualmente, y durante todo el día tener la oportunidad de conversar y compartir un mate con personas que no piensan como nosotros, pero que seguramente quieren lo mismo que todos los padres para sus hijos.
La fiscalización voluntaria es una oportunidad para el encuentro con el otro, para bajar los prejuicios además de cuidar el voto.
En los años impares, esa red de ciudadanos comprometidos sigue en contacto, atenta a la coyuntura y participa de la cosa pública cada uno desde el lugar que ocupa en la sociedad civil. A veces participando de distintas ONG o redes políticas, compartiendo su opinión en redes, apoyando lo que creemos que está bien y siendo críticamente duros con lo que consideramos que no se ajusta a los valores democráticos.
Eugenia Wehbe: ¿Cómo se organiza la fiscalización? ¿Cuánto tiempo antes empezás?
Carola Wilde: En G25, como venimos haciendo esto hace años, cada vez nos demanda menos la organización, porque esta red es verdadera, no transaccional: se ha construido en el tiempo sobre la base del conocimiento, la confianza y el trabajo juntos. Por lo cual, a veces solo es necesario un mensaje de WhatsApp para “poner los motores en marcha”.
Eugenia Wehbe: ¿Con qué te encontraste cuando empezaste a trabajar en la fiscalización?
Carola Wilde: Yo me acerqué al mundo político a través de la fiscalización. Quería ayudar desde mi lugar, pero no sentía hasta ese entonces pertenencia con ningún espacio político. En el G25 me encontré, desde el espíritu con el que lo fundaron Esteban y Guillo, con un montón de gente con la que compartía valores, con compromiso por hacer las cosas bien y enaltecer lo público, que convocaban con su ejemplo a miles de personas que participan de manera totalmente voluntaria, solo por convicción y pasión por la Argentina.
A menudo ponen plata de su bolsillo, para organizar las capacitaciones, distribuir las boletas (antes de la boleta única), llevar fiscales, preparar viandas, etc.
Estoy segura de que los resultados electorales que tuvimos desde 2015, sobre todo en la Provincia de Buenos Aires, hubieran sido muy distintos sin el aporte de nuestros fiscales voluntarios.
Así como hablé con Carola, son miles y miles los voluntarios que comparten este espíritu y que podrían hacer eco de sus palabras.
La camaradería que se genera pasando un día entero en la escuela, llena de anécdotas los días siguientes: las mañanas invernales gélidas en los patios descubiertos, el correo que llega tarde, la autoridad de mesa que no se presenta, el primer elector al que se le arruina el día obligándolo a quedarse en reemplazo del presidente ausente, el repaso de las 8:30 para chequear que todas las mesas estén abiertas y la elección en marcha, el fiscal que descubre en su padrón a algún famoso, la escuela sin techo ni puertas en los baños, las “zonas calientes” con patotas armadas, los votos en cadena, los micros que traen gente a votar, los gendarmes siempre buena onda ayudando a mantener el orden, la directora de la escuela, las cocinas “tomadas” por familias locales que no permiten ni calentar agua para el mate, y otras donde todos se copan y terminamos cocinando fideos para todos los fiscales. Los sánguches de milanesa de dudosa procedencia, la desesperación de los que están abajo en el boca de urna y empiezan con el robo de boletas, los preparativos antes del cierre del comicio y la campana que marca las 18, dando paso al estresante conteo de votos. Cientos de momentos que condensan una jornada que supera ampliamente las 12 horas de trabajo.
La política ha subestimado sistemáticamente al proceso de fiscalización, pero también ha sido la responsable de que necesitemos un ejército de 100.000 personas (en un mundo ideal, para llegar a cubrir las casi 105.000 mesas en todo el país) sacrificando un domingo para cuidar nuestro voto. Porque sabemos que, lamentablemente, no vale lo mismo en todo el país. Allí donde no hay fiscales, donde las flaquezas del sistema electoral cobran fuerza y la política malintencionada domina, algunos votos valen muy poco.
En la Argentina existen zonas donde las urnas no llegan, mesas en las que se declara que votó el 100% del padrón (algo prácticamente imposible) y casos en los que lo estadísticamente improbable ocurre: el 100% de los votos para un mismo candidato.
Los políticos hacen plata con la fiscalización. Por eso, muchos se han negado a contar con el apoyo de gente como Carola, G25 y miles de voluntarios. A menudo, los referentes territoriales o punteros políticos no quieren que los fiscales sean voluntarios, porque eso blanquea un sistema corrupto que se queda con el dinero destinado a viandas, materiales o viáticos.
En un país sano, con políticos íntegros y sistemas no quebrantables, los fiscales no serían necesarios. Ojalá llegue el día en que la Argentina sea un país con fiscales voluntarios, pero que no los necesitemos: que no haya que estar agazapados en una mesa para evitar el fraude, que no voten los muertos, que no exista el voto en cadena ni las patotas amenazando gente.
La implementación de la Boleta Única de Papel ya es un gran paso para eliminar las malas mañas de quienes roban elecciones. Pero aún queda un largo camino por recorrer, con más compromiso y responsabilidad institucional por parte de los gobiernos y de los propios ciudadanos, que no podemos ser ajenos ni mirar desde afuera. Porque cada vez que un voluntario se sienta en una escuela a cuidar el voto, no solo protege una urna: sostiene la confianza en la democracia y en la República. Y esa tarea silenciosa, muchas veces invisible, es la que garantiza que el poder siga estando donde debe estar: en la voluntad popular.