Memoria y verano
Las olas y el viento

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Una reflexión sobre lo que perdimos cuando empezamos a estar siempre conectados.
Doce del mediodía. Cielo azul. Sol abrasador. Jeans, camisa y los 35 grados de nuestro diciembre porteño que se empeñan en colarse por cada rincón de mi cuerpo. Salgo de la radio y, mientras camino por la avenida 9 de julio, me digo a mí mismo que es hora de cruzar; el verano se decide a carcomer mi cerebro y a dibujar en mi mente el sueño de teletransportarme hacia el aire acondicionado de la oficina. Me alejo del Obelisco hacia el norte, miro de reojo esa avenida que, casi como el Jordán, divide lo que fui de lo que seré y entiendo por fin que no queda otra. Hay que cruzar en medio del calor infame que indefectible y sostenidamente tortura a los porteños.
La avenida más ancha del mundo será un logro para la argentinidad, pero es un sufrimiento para los transeúntes de verano. Cruzar sobre el asfalto hirviendo, más allá del descanso que sugiere el Metrobús en medio de la épica, no es para aquellos que sufren las altas temperaturas. Sería más beneficioso ser la ciudad con el asfalto más frío del planeta, o con los árboles más oxigenados del hemisferio sur, o con el túnel urbano más refrigerado de la historia. Pero no. Tenemos la avenida más ancha del mundo. Y eso, cuando diciembre cumple con su promesa de sudor y cortes de energía, es más un castigo que un premio.
Cruzo. El calor aumenta y, vaya a saber por qué, nace en mi cabeza el recuerdo de los veranos de la niñez.
El verano de hoy, seamos sinceros, es un hipervínculo perpetuo. Es una foto editada en Instagram con un filtro retro que jamás podría capturar la aspereza real, la textura ineludible de nuestra felicidad analógica. El verano de los ochenta era una verdad de puño y letra. Una épica donde la máxima expresión de la tecnología era un walkman a pilas, y la máxima urgencia, que las aguavivas desaparezcan hasta marzo.
El destino era la modestia orgullosa de Santa Teresita, la punta de lanza del Partido de la Costa, un balneario popular donde la ostentación no tenía lugar y el Sol brillaba más que el lujo de Mar del Plata o Pinamar.
El neoliberalismo menemista no había llegado y la ruta era de dos manos. Una para allá y la otra para acá. Así, sin carriles. Tan triste y peligrosa como las que todavía hoy quedan en gran parte de la Argentina. El Dodge Polara surcaba los vientos al mando de mi hermano mientras parecía levantar vuelo en cada curva. Y el ruido ensordecedor de sus seis cilindros te vendía una película de velocidad que no era tal. El aire acondicionado de la época era la ventanilla baja y el ventilete apuntando al pecho y la zona baja, que te devolvían ingratamente un viento caliente con olor a campo, a goma quemada y, muchas veces, a nafta recién cargada en una YPF de Lezama.
En el asiento trasero, sin pantallas que nos hipnotizaran, la radio AM se escuchaba solo unos kilómetros y le dejaba su protagonismo a un cassette gastado de Serrat o de Camilo Sesto. Éramos una burbuja familiar encapsulada en la chapa caliente del Polara, obligados a convivir y, sobre todo, a mirar por la ventanilla el paisaje de una Argentina inmensa que crecía hasta mientras dormíamos.
Al llegar al racimo de playas que se inicia en San Clemente, un arco de cemento armado, pretencioso, finito, alto y gris, más el nombre del pueblo del que faltaba una letra o estaba torcida, te daba la bienvenida a un mes entero de aventuras, almejas, mar marrón y brisa reparadora.
Antes de eso, las vacaciones no empezaban si no parábamos en uno de los locales de ruta para desayunar, estirar las piernas y cargar nafta. Recuerdo con especial cariño uno que se llamaba La Posta, pasando Dolores. Era la prima menor de Atalaya. Y era también un páramo en medio de una Ruta 2 despojada, calurosa, polvorienta y detenida en los 60. Sus medialunas, su café con leche en taza ancha, blanca y pesada, eran un bálsamo con el que sin dudas inicié mi especial predilección por los malditos carbohidratos. El mozo llegaba a la mesa con las tazas ya ubicadas boca abajo delante tuyo, traía dos jarras de acero inoxidable en las manos sostenidas con especial talento y te preguntaba por la cantidad de café. Luego completaba con leche caliente. Hoy, época de café instantáneo y apurado y de mozos sin pasión, ese café negro, humeante y sin espuma, es una caricia nostálgica que todavía me emociona.
Cuando llegábamos a Santa Teresita, el panorama cambiaba. No había grandes torres de cristal, sino casitas bajas, aunque con jardines prolijos y pretensiosos. La ciudad te esperaba lista para la temporada. Sobresalían las calesitas recién pintadas, los escaparates con la última moda sobre maniquíes antiguos y los almacenes con las mismas galletitas que comprabas en la capital. Igual, lo primero que te recibía era el chalecito alquilado que olía a humedad guardada y donde el termotanque tardaba una eternidad en calentar.
La playa se vestía de un modo particular. La sombrilla a rayas no era un símbolo de status, sino una necesidad vital contra ese sol implacable. Funcionaba como búnker, comedor y vestidor. El olor a lona vieja se mezclaba con el aroma dulzón del bronceador Hawaian Tropic Siete Mil, que no te protegía de nada, pero te dejaba la piel brillosa como moneda nueva. Debajo, Chinchón o Generala de por medio, sonaba el hit de turno en el radiograbador portátil que resistía la arena y la sal como un gladiador. No había que chequear mensajes. Había que aburrirse. Y en ese bendito aburrimiento nacía la magia.
Al caer la tarde, con el cuerpo molido por las olas y todavía con el sabor salado en la boca, llegaba la ducha y el paseo por el centro, con peatonal y fichines incluidos. Yo era particularmente mal dotado para esos juegos del demonio como el Flipper o el Space Invaders. Prefería el metegol, donde siempre se jugaban River y Boca, dejando de lado mi amor inclaudicable por Independiente. Ahora que lo recuerdo, es por eso que no me importaba perder. Lo cierto es que el ritual era el mismo cada día: mirar vidrieras, comer un conito de dulce de leche Trassens o un helado Massera y sentir la adrenalina de Sacoa que anticipaba el otro día: más playa y peatonal. Más sonrisas y más materia prima para la fábrica de recuerdos.
Hoy, el verano es una sucesión estúpida de likes. La conexión es total, pero el contacto es nulo. Nos sentamos en la arena con un dispositivo que nos conecta al mundo, pero nos aísla de quien tenemos al lado.
Los veranos de los ochenta no eran mejores, eran simplemente reales. Estaban definidos por la limitación, que paradójicamente generaba libertad. La ausencia de la obligación de estar disponible hacía que cuando uno realmente se conectaba, fuera de verdad. Era la vida offline, sin filtros ni algoritmos, donde la única métrica del éxito era la quemadura en el hombro y el recuerdo de una tarde donde el Sol, las olas y la música bastaban para llenar el alma. En los ochenta, teníamos todo el futuro por delante. Teníamos a nuestros padres jóvenes y activos. Y a nuestros hermanos mayores marcándonos el camino. Tal vez en eso, y no en otra cosa, está el motivo por el cual éramos felices sin darnos cuenta.
Los dejo. Se me metió un granito de arena en el ojo. Ponele.
