La sintonía de la felicidad

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Un viaje a la televisión de los 80, las risas compartidas y esa felicidad que todavía vive en la memoria.
Hay cosas que aparecen en nuestra mente sin ninguna razón. Es un mecanismo misterioso, una suerte de duplicador clandestino de la memoria, que decide en qué segundo exacto va a soltar una imagen en el medio de la nada. No hay llamado previo ni lógica aparente; simplemente la mente abre un cajón viejo y te tira encima un olor a café del pasado, el brillo metálico de un juguete perdido o una idea repentina que parece traída por el viento. A veces creemos que controlamos lo que pensamos, pero la verdad es que los recuerdos y las ocurrencias tienen su propio horario. Flotan en una marea invisible hasta que un detalle mínimo, como la luz oblicua a media tarde o el crujido del parquet, activa ese resorte escondido. Y hace aparecer de la nada algún destello del pasado o la chispa de una idea que no pide permiso, pero se queda a vivir un rato en la cabeza.
Quién sabe si fue eso o el destino; lo cierto es que el andar me llevó a las tardecitas en las que esperábamos la cena con papá, mirando la tele en la casa de la calle Cortina. Recuerdo el sonido sordo y húmedo de la puerta de la heladera. Era la constatación irrefutable de las manos de mamá cocinando. Hoy, ese recuerdo me lleva a los manjares de mi vieja, y a la caricia más amorosa que eran los ravioles amasados sobre la mesa de fórmica de la cocina. Pero esa es otra historia.
Papá regresaba exhausto del trabajo y ese recreo fue siempre para mí el punto de inflexión desde el cual nuestra relación crecía. Sentarnos durante esas pocas horas a ver El Chavo o La Pantera Rosa fue el primer abrazo de papá que aparece en mi memoria. Nunca me detuve a pensar si en realidad estaba mirando la tele o descansando del mostrador de su bar de Lavalle y Libertad. Tampoco importaba. Estaba ahí, conmigo. Estaba ahí, y ahora no está.
Antes de que el control remoto existiera, la televisión nos obligaba a levantarnos de la silla para ser partícipes del milagro del entretenimiento. Solo teníamos cuatro emisoras en la tele. Cuatro alternativas mágicas (nunca podremos decir que el Canal 2 de La Plata fuera una posibilidad) que se elegían girando una perilla plástica, pesada y ruidosa que hacía un clac seco en cada estación. Por suerte eran solo cuatro; no necesitábamos más. En mi memoria, la imagen de mi viejo aparece intacta en ese instante exacto: lo veo ahí, sentado en su silla de siempre, frunciendo el ceño con un enojo contundente y nada sutil cuando, consecuencia de la impaciencia propia de mis años, me disponía a cambiar de canal a la velocidad de un rayo sin dar tiempo a que los canales lleguen a sintonizar.
Mis viejos ya no están, pero cada vez que recuerdo ese chasquido metálico y el reto por maltratar esa perilla, vuelven a sentarse a mi lado. En esa secuencia que supone levantarse a cambiar de canal había una presencia, un orden familiar y una cercanía que hoy, con infinitos canales al alcance de un botón, no volvimos a encontrar. Y jamás volveremos a sentir.
Como todos sabemos, hay un perfume en la memoria que no pertenece a ningún frasco, sino al plástico caliente de un televisor de tubo después de estar más de tres horas encendido. Es como ese olor a chapa quemándose en la estufa que nos ayudaba a pasar el invierno. O como el espiral para los mosquitos en las noches de verano o el café con leche con pan, manteca y una leve lluvia de azúcar que tomábamos por la mañana. En los años ochenta, la televisión argentina no se miraba en pantallas personales y tampoco era on demand. La televisión era un ritual colectivo, una misa profana que ocurría de lunes a domingos y que tenía un objetivo supremo y tan simple como revolucionario: dibujarnos una sonrisa.
Aquella década de los 80, bisagra entre la oscuridad de la dictadura y la luz democrática, construyó una geografía del humor tan diversa que resulta imposible definirla con una sola etiqueta. Había una risa para cada hora, para cada edad y para cada rincón de la casa.
Por un lado, estaba la comedia popular, callejera y nocturna que lideraban Alberto Olmedo y Jorge Porcel. Olmedo era la anarquía pura, el genio del quiebre de la cuarta pared que miraba a la cámara, le hablaba al camarógrafo, destruía la escenografía y garantizaba la carcajada. Su humor se nutría de la improvisación, del guiño complaciente y de una picardía porteña que rozaba el límite sin perder nunca el encanto del tipo de barrio. Porcel, su contrapunto perfecto, le aportaba la precisión del sainete clásico, el remate preciso y esa rotundidad escénica que lo hacía inolvidable. Juntos eran la representación de la mesa de café, de la noche y del barrio. Hoy estarían cancelados, lo sé. Pero también sé que gran parte de nuestras risas fueron hijas de su humor. Y eso no debe olvidarse.
Pero la televisión también sabía mostrarnos una ternura infinita. Carlitos Balá no necesitaba la picaresca para dominar el aire; le bastaba con un chupetómetro, un perro invisible, un flequillo inconfundible y un lenguaje propio que inventó para ser parte de varias generaciones. Balá no solo hacía reír a los chicos; atrapaba a los adultos. Construyó un universo de inocencia pura donde las preguntas absurdas («¿Qué gusto tiene la sal?») y los gestos frenéticos (con «Sumbudrule» incluido) unían a todos frente al televisor. Era la garantía de un mundo seguro, donde el mal no tenía lugar y la infancia parecía un territorio eterno.
En las antípodas de la inocencia, pero con una maestría formal exquisita, los uruguayos de Híperhumor (Ricardo Espalter, Enrique Almada, Eduardo D'Angelo, Julio Frade y Berugo Carámbula) trajeron a la pantalla argentina la mirada rioplatense de la risa. Su humor era seco, inteligente, basado en la observación fina y en el absurdo cotidiano. Dominaban la pausa, el silencio y el gesto mínimo. No necesitaban gritar ni acelerar la cámara; manejaban la sincronía cómica con la precisión de una orquesta filarmónica.
Y al mismo tiempo, Juan Carlos Calabró inventaba arquetipos que eran radiografías de la sociedad argentina. Con «El Contra», encarnó la terquedad, la interrupción molesta y la frustración convertida en comedia, mientras que con «Johnny Tolengo» logró que todos cantaran música disco con una guitarra de plástico. Calabró tenía la virtud de los grandes observadores: transformaba los defectos nacionales en motivos de celebración y cariño.
Había más, muchísimos más. La lista se expande en un interminable catálogo de nostalgia: la sátira política y refinada de Tato Bores, la frescura de los sketches de Operación Ja-Já y la comedia familiar que inundaba los almuerzos y los fines de semana, entre los que siempre me maravilló Darío Vittori, un arquitecto del grotesco cotidiano que transformó el enredo sainetero en el arte nacional del remate impecable. Cada uno de ellos representaba un matiz diferente de la risa.
Y estaba también Polémica en Bar, una mítica mesa de madera que sigue tendida en la memoria colectiva, con su café humeante y ese aire picado de discusión de boliche que solo la visión de Gerardo Sofovich podría orquestar con la precisión de relojero. No era simplemente un programa de televisión; era el espejo de un país traducido en la voz popular de Minguito, la ironía y el razonamiento de Javier Portales o la picardía del chanta argentino encarnada por Fidel Pintos, más el liderazgo del Gordo Porcel, que marcaba el ritmo con la serenidad de quien conoce de memoria las pasiones argentinas. Se sumaron más tarde Julio de Grazia, Rolo Puente, Adolfo García Grau y algunos más. En esa mesa se arreglaba el mundo entre gritos, risas y apasionadas diferencias que terminaban a las piñas, recordándonos una época donde la política, el fútbol y la vida cotidiana se debatían apasionadamente, pero con el aroma inconfundible del café porteño como marco entrañable de una Argentina distinta.
Apaguemos ahora la tele y el recuerdo. Si miramos el mapa del humor actual, el contraste es inevitable. Hoy la risa es rápida, fragmentada y, muchas veces, solitaria. Se consume en videos de quince segundos que pueden sostenerse en la palma de la mano. Nos reímos del meme instantáneo, del sarcasmo irónico, de la desgracia ajena registrada por una cámara de seguridad o del remate veloz de un stand-up en el que el comediante suele analizar por demás sus propias neurosis.
Es un humor hiperreflexivo, que responde a un mundo acelerado y defensivo. Un humor que, a menudo, necesita señalar al otro o ponerse a resguardo bajo capas de cinismo. Nos cuesta más entregarnos a la risa abierta, a la inocencia de un chiste absurdo o a la comedia de enredos que requería veinte minutos de desarrollo paciente para llegar a un remate impecable.
Al comparar ambas épocas, surge una sensación casi inequívoca al caminar por la calle: la idea de que hoy todo es un poco más gris, más tenso, más triste. La gente camina apurada, con la mirada fija en el suelo o en el teléfono, con los auriculares puestos como un escudo contra el entorno. Parece haber una pesadez flotando en el aire, un cansancio colectivo que antes, al menos por momentos, parecía disolverse cuando daban las ocho de la noche.
Ante esta percepción, hay una pregunta inevitable que nos interpela: ¿Por qué la calle se siente hoy más triste?
La primera respuesta, la más tentadora, es culpar al cambio cultural. Es fácil pensar que el humor de antes era más humano, más integrador y menos egoísta. Decir que antes nos reíamos con el otro y hoy nos reímos del otro es otra tentación. Pensar que perdimos la capacidad de asombro y que el exceso de información nos volvió apáticos es una tercera posibilidad.
Sin embargo, hay una hipótesis, más íntima y punzante, que deberíamos atrevernos a examinar. Tal vez la calle no sea objetivamente más triste; tal vez los que cambiamos fuimos nosotros.
En los años ochenta no solo mirábamos a Olmedo, a Balá o a los uruguayos: en los ochenta éramos jóvenes. Teníamos a nuestros padres esperándonos con la cena servida. Teníamos a la tía Elvira, que nos daba un billete a escondidas y nos regalaba la amistad indestructible de los primos. Teníamos amigos con los que nos juntábamos en la vereda a hablar de nada durante horas, sin la urgencia del reloj ni las deudas por pagar. Teníamos las promesas de amor eterno. La vida era un territorio abierto, lleno de deseos por cumplir.
La nostalgia es un mecanismo tramposo, hay que aceptarlo. No extrañamos a los programas de televisión, ni siquiera a los actores que ya no están. Nos extrañamos a nosotros mismos en esa época. Extrañamos la ligereza con la que caminábamos, la falta de dolores en la espalda, la sensación de enamorarse a primera vista, la ilusión intacta de que el futuro siempre sería mejor. El humor de los ochenta no solo nos hacía reír por la calidad de sus guiones o el talento de sus intérpretes. Nos hacía reír porque caía sobre el suelo fértil de nuestra propia juventud.
Quizás la verdad se encuentre en un punto medio. Es cierto que el mundo se volvió un lugar más complejo y acelerado, pero también es cierto que el tiempo hace su trabajo e inevitablemente nos vuelve más severos y nostálgicos.
Pero hay algo que el paso de los años no puede quitarle a la memoria. Aquellas noches frente al televisor no fueron una ilusión. Las carcajadas compartidas en la mesa familiar existieron. Las mesas de los domingos en familia no fueron un sueño. La sensación de abrazo colectivo cuando sonaba la cortina musical de aquel programa tan querido fue real.
Volver a pensar en las caras de Calabró, en la picardía de Olmedo, en la ternura de Balá, en el sainete inocente de Darío Vittori o en la elegancia de los uruguayos no debe ser un ejercicio de melancolía estéril. No se trata de decretar que todo tiempo pasado fue mejor, ni de lamentarnos por lo que el tiempo se llevó. Se trata de usar el recuerdo como un refugio.
Nos reímos mucho. Y en esa risa que compartimos con nuestros viejos, con nuestros hermanos y con nuestros primos, encontramos una prueba irrefutable que habla de nuestra historia: fuimos profundamente felices.
Tal vez la calle se vuelva un poco menos triste cuando, en lugar de mirar el presente con añoranza, caminemos recordando que llevamos esa risa adentro. La pantalla de tubo se apagó para siempre y muchos de esos gigantes ya no están, pero la chispa que encendieron en nosotros sigue ahí, intacta, esperando que nos atrevamos a sonreír de nuevo. Con la carcajada silenciosa y los ojos llorosos de papá del otro lado de la mesa.
