Historias del vino
La primera borrachera de la historia: sí, y está en la Biblia

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La historia de Noé muestra una de las relaciones más viejas y más reales entre el hombre y el vino.
Así de cortito como escucharon.
Vamos a decirlo sin vueltas: la primera borrachera registrada de la historia no fue en un asado con amigos ni en una degustación cool. Fue en la Biblia. Sí, posta.
El protagonista: Noé. El mismo del arca, el que salvó a los animales y el que se bancó el diluvio universal. Un tipo que venía de vivir una situación bastante heavy: lluvia eterna, convivencia con bichos de todo tipo y, básicamente, volver a arrancar el mundo desde cero. Tranquilo el panorama.
¿Y qué hizo cuando todo terminó? Lo más lógico: plantó una viña. Hasta ahí, todo bien. Trabajó la tierra proyectando al futuro. Pero claro… también hizo vino, como pudo.
Y como buen curioso (o ansioso), no se quedó solo en su elaboración. Lo probó. Y se ve que le gustó. Bastante. Porque según el Génesis (9:20-21), Noé tomó, tomó… y se pasó de rosca. Primera borrachera documentada. Sin filtro, sin tanta técnica, sin “lo dejo respirar un rato”. Directo al grano. Al buche.
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¿El resultado? Terminó completamente en bolas en su carpa. Sí, así de crudo y algo vergonzoso,. ¿Primera escena incómoda de la historia del vino? No lo creo. Hubo mucho peores.
Lo más interesante es que la Biblia no lo esconde ni lo intenta tapar. Lo cuenta como es. Porque, en el fondo, es algo bastante humano. El tipo venía de salvar al mundo y, en un momento, se le fue la mano con el vino. ¿Quién no tuvo un “me pasé” alguna vez? Bueno… él quedó en la historia.
Y ahí aparece otra versículo de la historia: sus hijos. Uno entra, lo ve y medio que expone la situación. Los otros, en cambio, lo tapan para no dejarlo en evidencia. O sea, básicamente lo que pasa hoy: siempre hay uno que te quema y otro que te cuida. ¿O no?
El vino ya desde ese momento aparece como lo que es: algo que acompaña, que relaja, que suma… pero que también, si te descuidás, te deja pagando. No hay mucha vuelta.
Imaginémoslo así: Noé fue el primer tipo en hacer vino, pero también el primero en comprobar que hay un límite. No tuvo sommelier, no tuvo etiqueta que diga graduación alcohólica, no tuvo a nadie que le diga “che, bajá un cambio”. Fue prueba y error. Y bueno… podía salir mal.
Lo genial de todo esto es que pasaron miles de años, cambió todo, las botellas, las técnicas, el marketing, los discursos, pero en esencia seguimos en la misma. Nos juntamos, abrimos una botella, disfrutamos… y a veces nos pasamos un poquito. No es lo que recomendamos pero sería de muy caradura no admitirlo. Por suerte, estamos más conscientes que antes y, como solemos decir, bebemos con más moderación.
Por eso, cada vez que levantás una copa, hay algo de esa historia dando vueltas.
En fin. la moraleja de esta gran historia es: el vino es espectacular, pero hay que saber beberlo. Porque si no, terminamos como Noé… siendo protagonista de la anécdota más vieja y, capaz ridícula, del mundo.
Gracias, somos: https://curdadenoe.com.ar/
¡Chin Chin! Y beber con moderación y criterio, por favor.
