Jiménez Redondo: “Estas protestas no plantean ninguna solución para quien necesita una vivienda”
Periodista
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El catedrático de la Universidad CEU San Pablo también cree que hay una acción premeditada de enfrentamiento político.
MADRID (Corresponsal) — “Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”. La frase pertenece al Manifiesto que Marx y Engels publicaron en 1848. En España, el fantasma tiene otro nombre: 15-M. Desde que el Sindicato de Inquilinas e Inquilinos ocupó la Plaza del Sol, el pasado 26 de septiembre, muchos creen que ha comenzado un camino sin retorno de inestabilidad social.
Para saber si, realmente, estamos ante un nuevo 15-M o un “15 Meme” como dicen las redes sociales, Newstad entrevistó a Juan Carlos Jiménez Redondo, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales de la Universidad CEU San Pablo.
— ¿Por qué ocurrió el 15-M?
— El 15-M fue una protesta organizada por una nueva izquierda populista que vio una oportunidad de manifestarse utilizando para ello la coartada de la crisis económica, los casos de corrupción y el descrédito de la clase política. No fue un acto espontáneo, pero sí asumió un carácter transversal que conectó con buena parte de una sociedad temerosa de los efectos de la crisis y con un deseo expreso de que el sistema político cambiara de forma radical. Pero ese carácter transversal desapareció con rapidez al aflorar sus verdaderos instigadores, quienes habían leído bien el agotamiento de la izquierda socialista y la oportunidad que ese declive le daba.
—¿Cuáles son las diferencias entre 2011 y 2026 en términos sociales y políticos?
—Hay diferencias esenciales. La primera es que la actual protesta no es transversal, porque, aunque utilicen un problema general como el de la vivienda, sus componentes están claramente ubicados en la extrema izquierda populista. En segundo lugar, sus proclamas parecen desfasadas. En gran medida, en el ámbito de la vivienda son idénticas a las del 15M, pero no se puede olvidar de que esa extrema izquierda ha gobernado durante ocho años junto a un partido socialista que ha abandonado la socialdemocracia.
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—La crisis de la vivienda es solo una excusa.
—Los liderazgos del Sindicato retratan a personas que en absoluto pueden ser identificadas con muchos que sufren los problemas de la vivienda. La protesta de 2026 es concreta e inmediata (por lo menos hasta ahora), limitada a conseguir una legislación favorable a sus intereses. La duda es si obtener esa legislación favorable les hará desistir de su acto reivindicativo.
—Las protestas actuales han movilizado a muchos jóvenes, un grupo que parecía volcarse más hacia la ultraderecha. ¿Por qué también la izquierda ha sido eficaz en movilizarlos?
—No ha sido exactamente así. Hay algunas centenas de jóvenes en las protestas, pero es un dato muy lejano a ese carácter netamente estudiantil que asumió el 15 M. Este tuvo un apoyo esencialmente juvenil: el de 2026 tiene mucho más limitado su impacto en esas franjas de edad, pues hace tiempo que han experimentado un sólido viraje hacia posiciones claramente conservadoras. La razón podría estar en la idea de que el problema de la vivienda es percibido por muchos jóvenes como una cuestión de insolidaridad generacional. Es decir, los mayores disfrutan de una renta superior y de una preocupación y defensa muy superiores por parte del Estado.
—¿No algo de verdad en ello? ¿No ganan más los jubilados que un empleado junior?
—Con sus salarios actuales para los jóvenes resulta imposible comprar una casa y muy difícil alquilarla, de ahí el alargamiento de la edad de emancipación. Su preocupación no es la propia de quien es ya inquilino, sino la de quien no puede acceder de ningún modo a una vivienda. Y estas protestas no plantean ninguna solución para quien necesita una vivienda.
—En comparación con la Argentina, España parece un país mucho más tranquilo. ¿Por qué, de pronto, estalla algo que estaba debajo de la superficie?
—El problema no estaba tan en el fondo, porque España lleva algunas décadas de crecimientos muy limitados, de una crisis política casi permanente, agravada por tensiones territoriales y soberanistas que llevan muchos años atentando contra la convivencia. Cuando se afirma que la corrupción no tiene consecuencias políticas, se cae en un error. Y a esto hay que sumarle el definitivo asentamiento de una política de bloques ideológicos como instrumento de retención del poder.
