Memoria selectiva
Inflación, relato y amnesia: manual rápido de la discusión eterna

Ingeniero de Software y escritor
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Entre números, excusas y relatos, el pasado desaparece y todo vuelve a empezar.
Yo soy un hombre sencillo. Prendo la televisión y escucho a los kirchneristas decir que Milei está arruinando el país. Y ahí me agarra la duda existencial: ¿cómo se puede arruinar algo que ya estaba arruinado cuando se fue Alberto Fernández?
Porque yo recuerdo —tengo memoria frágil pero no tanto— que cuando terminó el gobierno anterior había inflación de tres dígitos, reservas en terapia intensiva y el dólar haciendo crossfit. Entonces me pregunto: si el país estaba roto… ¿lo están rompiendo o lo están barriendo?
Ante semejante confusión, salgo corriendo a ver a un economista serio. Me recibe —pongamos— Carlos Melconian, que tiene cara de haber visto más balances que yo facturas de luz.
—Decime una cosa —le digo—, ¿el país estaba arruinado o lo están arruinando ahora?
Me mira, suspira, acomoda los anteojos y me dice:
—Estaba arruinado. Ahora están intentando ordenarlo, pero fíjate que en mi ejemplo de los fideos con tuco…
—Ah… —lo interrumpo—. O sea que estaba en llamas y ahora están discutiendo si el balde es rojo o azul.
Lo dejo rezongando solo y como soy inquieto, me voy al Congreso. Encuentro a mi queridísimo amigo Juan Grabois plantando perejil en el piso de su nueva banca. Agricultura parlamentaria.
—Tato, dejamos un país maravilloso.
—¿Maravilloso?
—Popular, inclusivo, solidario. Solo falta la reforma agraria, y me señala el perejil que aún
no nació.
—Pero eso son ideas viejas que no funcionaron, de la U.R.S.S. de 1917.
—¡No te voy a permitir Tato! ¡Esto es totalmente distinto! -me grita mientras sacude la cabeza y el olor a repasador húmedo nos invade-.
Miro alrededor: asesores que no asesoran, diputados que votan sin leer, micrófonos que no funcionan.
Si eso es maravilloso, Disney es una unidad básica.
Salgo corriendo del congreso y en la calle me cruzo con un gordo que lo transportaban en un camastro cual rey egipcio, era Mayans, que llevándose una uva a la boca me grita:
—Están vendiendo la patria —me grita.
Yo pienso: hace décadas que la patria está en liquidación, en 24 cuotas y sin interés.
Salgo despavorido ante semejante imagen de realeza egipcia, y me voy a San José 1111. Me recibe la señora con la tobillera titilando como faro institucional de la década ganada.
—El país quedó muy bien —me dice.
—Pero la inflación…
—No creas todo lo que leés.
—Pero usted era vicepresidenta…
—Yo estaba, pero no estaba. Estaba espiritualmente.
Me explica que la inflación la inventó Milei en una servilleta el primer día de gobierno y que antes los precios subían por amor.
Confundido, intento ir a los archivos de Clarín a chequear cuánto era la inflación durante su gobierno, pero en la puerta me dicen que hoy no atienden memorias selectivas. Así que salgo con más dudas que certezas.
Paso por Constitución y un empresario histórico me susurra:
—Tato, antes todo era más simple. Le vendíamos al Estado al doble y todos contentos. Ahora compiten precios… ¡Esto no respeta las tradiciones!
Y se pierde entre bocinazos mientras 3 travestis en una esquina le ofrecen servicios.
Desesperanzado, me voy a Puerto Madero a ver a mi amigo Alberto. Me recibe cantando la chacarera de las tragedias globales.
—¡Primera! Pandemia, guerra, sequía…
Si aparecía un meteorito también lo anotaba en el Excel.
—Pero la gente estaba mejor conmigo Tato —me asegura mientras le da un golpe a un gato que intentaba tomarle el güisqui.
Claro. Tanto mejor que votó cambio por demolición -le digo- Y siento que los ojos se me dan vuelta como tragamonedas sin premio.
Me marcho, mientras el grita: ¡Segunda! Y trata de meter el meteorito que extinguió a los dinosaurios en su mandato…
Sigo hasta la Villa 31.
—Este es el mejor país del mundo —me dice un vecino—. El plan aumentó 500%.
—¿Y la inflación acumulada?
—200%, es alta, pero nosotros resistimos con aguante.
—Pero aumentaron mucho los servicios -le digo- ¿Y la luz?
—La pagan los giles formales Tato, nosotros en la villa tenemos los servicios subsidiados.
Ahí entendí el nuevo pacto social: unos producen, otros resisten.
Ya con la lengua por las rodillas me voy a Casa Rosada. Karina no me atiende porque está ocupada con cuestiones doméstico-estratégicas, estaba consolando a Adorni que lloraba porque se fue de viaje con la mujer. Entonces, buscando un poco de datos, me cruzo a hablar con Caputo.
—¿Estaba arruinado o lo están arruinando?
— Pero Tato, —me dice Caputo— mirá los números: superávit fiscal después de años de déficit crónico, inflación mensual bajando desde el pico heredado, brecha cambiaria reducida, riesgo país retrocediendo desde máximos, exportaciones energéticas creciendo, la economía creció 4,4%…
Me tira tantos datos que salgo con vértigo estadístico.
Ya huyendo paso por el Congreso y veo a Nancy Pazos encadenada a un ñoqui de la municipalidad de Quilmes. Gritando por los derechos laborales, tratando de no pisarse una goma. Y a otra periodista con un apellido parecido a Catedral gritándole desde la esquina que la obligo a facturar, y la despidió sin indemnización. La revolución es freelance.
Salgo de la vorágine de capital y viajo a La Plata donde me recibe Axel tomando mate bajo la sombra de un perejil que plantó Grabois.
—¿Sabés qué pasa? —me dice el gobernador—. Me quieren reemplazar, a mí que soy el mejor gobernador de la historia de la provincia de Buenos Aires, a mí que nunca en mi vida agarré
un libro.
—Pero la provincia debe miles de millones por decisiones pasadas…
—Difamación neoliberal —responde, mientras firma papeles con épica académica.
Es maravilloso: la deuda es un invento óptico.
Decido volver a Capital porque razonar con el gobernador no se “pudio”. Y en una esquina me cruzo al gordo D’Elía quien a los gritos me explica que todo es culpa del sionismo interplanetario. Ya no pregunto nada. Asiento por reflejo defensivo, y lo dejo gritando que Irán es la mejor democracia de la galaxia.
Por último, entro a una cueva de la city a ver a mi amigo José Beto “La Posta”, que mientras me sirve un vermut me dice:
— Cada argentino tira para su quintita. Este país es un manicomio a cielo abierto, dirigido por sus propios internos.
Y ahí me cae la ficha.
Si estaba arruinado, nadie fue.
Si lo están arruinando ahora, tampoco nadie fue.
Si la inflación empezó ayer, entonces los precios subían por entusiasmo patriótico.
En la Argentina el pasado no existe, el presente es culpa del otro y el futuro es un PowerPoint.
Yo no entiendo nada.
Pero algo sí sé: en este país todos son oposición… incluso cuando gobiernan.
Vermut con papas fritas.
Y good show.
Homenaje al eterno Tato Bores.
