Casting ideológico
Helena del Congo

Ingeniero de Software y escritor
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Sobre cómo la corrección política impacta en la forma de contar historias tradicionales.
Dicen que Nolan está preparando su próxima película épica. Algunos aseguran que se trata de una reinterpretación de la Odisea, que incluye una mirada sobre el mito de Helena de Troya. Y como todo rumor de Hollywood nace entre humo de vape, traumas de infancia y una reunión de diversidad en Zoom, la noticia bomba no tardó en salir: Helena será interpretada por una actriz negra.
Sí, leyeron bien: Helena. De. Troya. Negra.
La mujer por la que ardió una ciudad entera, cuya belleza era considerada “la del rostro que lanzó mil barcos”, ahora vendría directamente de… el Congo. Y no, no se trata de una adaptación futurista, ni de una producción africana que reversiona el mito con un enfoque distinto. Es Hollywood, el de siempre, el que un día despierta con culpa de ser blanco y decide resolverlo cambiándole el color de piel a personajes clásicos. Porque es más fácil eso que escribir un buen guion.
La idea de una Helena afrodescendiente no es un caso aislado. En realidad, es parte de una epidemia creativa donde, cuando faltan ideas, se reemplaza el ingenio con cuotas forzadas de inclusión racial.
Recordemos a Blanca Nieves, o mejor dicho: Marron Nieves. Disney decidió que su protagonista ya no necesitaba tener “la piel blanca como la nieve”, como dice literalmente el cuento. No, ahora basta con que tenga una sonrisa grande, carisma, y que represente “la nueva visión del mundo”. Ah, y que no quiera ser salvada por un príncipe porque eso también está mal. Lo curioso es que siguen llamándola Blanca Nieves. No Nieves. No Rosa Nieves. Blanca. Como la nieve. Pero con tono oliva caribeño.
Y si eso les parecía confuso, HBO fue más allá con su futura serie de Harry Potter, donde trascendió que el nuevo Severus Snape podría ser interpretado por un actor negro. ¿Detalles menores como que J.K. Rowling lo describió como un hombre blanco, de piel extremadamente pálida y apariencia vampírica? Bah, tecnicismos. Total, ¿quién necesita fidelidad a las fuentes cuando tenemos likes en Twitter y notas en BuzzFeed alabando la “valentía del casting”?
Esto no es inclusión. Es tokenismo perezoso.
Porque si se trata de diversidad real, ¿por qué no escribir historias nuevas con protagonistas negros, asiáticos, latinos, o lo que sea? ¿Por qué tomar personajes consagrados, que tienen un contexto, una descripción, una estética, y pintarlos de otro color como si eso fuera hacer justicia histórica?
Imaginen si mañana anuncian que Brad Pitt interpretará a Shaka Zulu.
Con rastas, claro. Pero con esos ojazos celestes.
¿Ofensivo? Totalmente. ¿Inaceptable? Por supuesto. ¿Una burla? Obvio.
Y sin embargo, eso es exactamente lo que está haciendo Hollywood… solo que al revés.
El argumento suele ser que “los tiempos cambian”, que “necesitamos más representación”. De acuerdo. Pero eso no justifica mutilar historias clásicas para encajar con una agenda. Porque si la única forma de representar minorías es borrando el color original de personajes preexistentes, estamos frente a un fracaso doble: ni se crean nuevos íconos ni se respeta lo ya construido.
Y ahí es donde vale traer a colación un ejemplo perfecto: Coco.
Una película hermosa, entrañable, celebrada mundialmente. Todos los personajes son mexicanos. Hablan como mexicanos. Piensan como mexicanos. Se visten, cantan, y viven como mexicanos. ¿Hay algún blanco nórdico colado en el medio para cumplir con alguna cuota? No. Y ¿alguien se quejó? Nadie.
Porque cuando una historia está bien contada, no necesita correcciones de color.
Lo que ofende no es ver actores negros en pantalla. Lo que ofende es ver cómo la corrección política mata la creatividad. Ver que un casting ya no se hace por talento, sino por cuántos casilleros de diversidad se marcan. Ver que los guiones se reescriben para evitar “ofender sensibilidades” antes de pensar si la historia tiene alma.
El público no es idiota. Y aunque una parte hace ruido en redes, la mayoría ve estas decisiones por lo que son: intentos desesperados por gustar a todos, que al final no le gustan a nadie.
Entonces, ¿qué aprendemos de Helena del Congo?
Dos cosas.
Primero: Cuando una marca, un estudio o una producción decide dar lecciones de cómo vivir en vez de contar una buena historia, pierde.
La gente no va al cine para que le aleccionen. Va a emocionarse, a distraerse, a conectar. Si querés enseñar algo, hacelo con sutileza y talento, no con el mazo de lo políticamente correcto.
Y segundo: el público woke parece gigante en internet, pero en términos de consumo es una minoría sin poder real de compra.
La inclusión forzada no fideliza audiencias. Al contrario, espanta a quienes buscan coherencia y autenticidad.
Crear personajes negros no es el problema. El problema es no crear nada nuevo, y arruinar lo que ya existía solo para que una minoría ruidosa aplauda 10 segundos… antes de pasar al próximo escándalo.
Y así, Helena de Troya, la mujer por la que ardieron mil barcos, termina ardiendo una vez más. Pero no por su belleza, sino por una guerra moderna: la del algoritmo contra la coherencia.
