La era del fraude
Fraude, pólvora y urnas: las elecciones más sangrientas de la Argentina

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Ganaba siempre quien manejaba mejor la violencia y el engaño.
Hubo un tiempo en que en Argentina las elecciones eran más un campo de batalla que una fiesta cívica. El fraude no era la excepción: era la norma. Durante décadas, los comicios se parecían más a verdaderos enfrentamientos armados que a ejercicios democráticos. Y, como en toda guerra, ganaba siempre quien desplegaba más violencia.
Ya en 1863 existía una ley nacional que regulaba las elecciones, pero nadie la respetaba. Era letra muerta. Y así, entre disparos, amenazas y urnas amañadas, se construyó buena parte de la política argentina del siglo XIX.
Mitre, Avellaneda y la pluma demoledora de Sarmiento
Bartolomé Mitre, como los primeros presidentes argentinos, había llegado al poder en medio de este clima de fraude y manipulación. Sin embargo, no dudó en acusar a su sucesor, Nicolás Avellaneda, de lo mismo. El enojo lo llevó a levantarse en armas.
La respuesta más feroz no vino de un fusil, sino de una pluma. Sarmiento lo fulminó con una carta publicada en La Tribuna, donde lo ridiculizó sin piedad. Allí lo trató de tibio por no haber escrito nunca nada como Facundo, se burló de su carrera militar diciendo que tras Caseros lo ascendieron a coronel solo porque “ascendieron a todos”, y lo acusó de haber traído de Chile —donde ambos estuvieron exiliados— la costumbre de falsificar votos.
Con ironía cortante, lo denunció por haber organizado “la multiplicación de los votos, como los siete panes y los cinco pescados, cuyos cestos guardó para elecciones futuras”, lo llamó “gato escaldado en Cepeda” y despachó su movimiento revolucionario con un ninguneo absoluto. Era Sarmiento en estado puro: un látigo que lastimaba más que cualquier sable.
Balas y urnas en las parroquias
Durante años, los templos fueron escenarios de estas farsas electorales. En los atrios se votaba, mientras militantes armados con rifles esperaban sobre los techos para eliminar oponentes. La policía, lejos de custodiar, obligaba a los ciudadanos —a punta de amenaza— a votar por el candidato oficial.
Todo esto se vivía con naturalidad. La sociedad lo aceptaba resignada y hasta la prensa lo describía sin sorpresa. La célebre revista Caras y Caretas lo retrató en 1900 con una mezcla de ironía y desencanto:
“Insulsas, desanimadas, soñolientas y aburridas resultaron las elecciones del domingo (…) Los atrios no olían a pólvora, sino a fastidio (…) A pesar de ello, el fraude fue superior al de años anteriores. Es un progreso que debe tenerse en cuenta: 16.618 votantes figuraron e hicieron triunfar a los candidatos del acuerdo. La gente echaba de menos melancólicamente los buenos tiempos en que se andaba a balazos, y el que más y el que menos sentíase con vocación de sangrador en los atrios”.
El fraude estaba tan arraigado que la frase que recorría los cafés y redacciones era lapidaria: “el oficialismo sostiene al fraude y el fraude sostiene al oficialismo”.
El arsenal del fraude
El fraude no se limitaba a la violencia en los atrios: existía todo un repertorio de maniobras que iban desde lo burdo hasta lo sofisticado. Era común la suplantación de votantes, incluso de personas fallecidas, así como la compra directa de voluntades con dinero, comida o favores. También se recurría a la coacción y el acarreo, donde grupos enteros eran llevados a los comicios para sufragar bajo presión. Cuando no alcanzaba, se aplicaban otros métodos: urnas “embarazadas” con boletas previamente marcadas, actas adulteradas a mano, o la sustracción de ánforas antes de que fueran contabilizadas. En ocasiones más drásticas, se optaba por la quema de urnas, anulando elecciones completas. La manipulación podía alcanzar también a los sistemas de conteo, con caídas “misteriosas” de los cómputos que luego reaparecían con resultados alterados, y se completaba con la complicidad de funcionarios que garantizaban la impunidad. A esto se sumaba el uso abusivo de los recursos estatales, la presión de la fuerza pública, y el control de los medios de comunicación para presentar el fraude como si fuera la expresión legítima del pueblo. Todo configuraba una maquinaria que combinaba violencia, engaño y propaganda en dosis variables según las circunstancias.
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Inglaterra, el espejo lejano
Mientras en Argentina las elecciones eran sinónimo de violencia y corrupción, en Inglaterra sucedía lo contrario. Allí la política era un duelo de programas y candidatos, no de fusiles ni “matufias”. La misma Caras y Caretas lo señalaba en 1906, casi con envidia:
“…oportunas enseñanzas nos brinda el espectáculo de las elecciones que acaban de efectuarse en el Reino Unido. Allí no se habla de fraude. No se menciona la compra de libretas como un medio de propaganda ni la corrupción como una garantía de éxito. Allí el partido en el poder no acude a la fuerza armada para conservarlo ni piensa en otras clases de ‘matufia’, menos sangrientas, para impedir la libre emisión del libre voto. El único medio de que disponen los bandos rivales para conseguir el triunfo consiste primero en la elaboración de un programa definido, amplio y leal. Esta es la base. Después, como recursos de táctica, se buscan candidatos populares o por lo menos simpáticos…”.
Valorar lo conquistado
Pasarían muchos años antes de que Argentina lograra un sistema electoral transparente, capaz de garantizar —con sus imperfecciones— el respeto al ciudadano. Mirar hacia atrás, a esa época en la que las urnas olían a pólvora y los atrios a sangre, es una invitación a valorar el presente. Porque lo que hoy damos por sentado, costó demasiado.