El ritual que vuelve cada cuatro años
Figuritas

:format(webp):quality(40)/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2026/05/figuritas.jpeg)
El Mundial 2026 reaviva una pasión que cruza generaciones: abrir sobres, cambiar repetidas y perseguir la más difícil.
Desde hace unos pocos días somos testigos del renacimiento del furor por las figuritas del mundial. Como ocurre cada cuatro años, seremos testigos de cómo el comercio y la pasión estarán unidos por el deseo de tener pegadas en el álbum la imagen del lateral derecho de Uzbekistán o del arquero suplente de Cabo Verde. Una vez más, el fútbol (que, como todos sabemos, de las cosas menos importantes es la que más nos importa) será la excusa para llenar nuestros bolsillos de rectángulos con fotos y nombres desconocidos para que nuestros hijos, sobrinos y (¿por qué no?) nosotros, lleguemos a completar los 48 equipos que jugarán desde junio el Mundial 2026.
Quienes hemos pasado los 50, tenemos el gran privilegio de haber visto a la Argentina campeón del mundo tres veces y, en consecuencia, tenemos los mejores recuerdos de las tres estrellas. Eso, además de convertirnos indefectiblemente en viejos, nos hace también personas con la experiencia suficiente como para recordar y entender lo que significaba abrir un paquete de figuritas y sonreír silenciosamente cuando veías emerger del sobrecito la inigualable figura de Mario Kempes o Daniel Bertoni.
Recuerdo mi pequeñez y el sol de la tarde pegando de costado en las veredas de Villa Luro, recortando sombras largas sobre esas baldosas arenosas estilo vainilla. No era un sol cualquiera; era el reflejo de un escenario donde se dirimía el prestigio, la fortuna y el honor de la infancia. En el bolsillo del pantalón corto, o inclusive en la mano, el pilón de "repes" atado con una bandita elástica funcionaba como el pasaporte a un mundo de transacciones febriles. El Merval, la Bolsa de New York o los mercados de Tokio eran nada al lado del comercio que se generaba en recreos, esquinas y quioscos.
Hoy, cuando veo esos sobres metalizados, brillantes como fuselajes de naves espaciales, no puedo evitar sentir que algo se rompió en el camino. No es solo el paso del tiempo, que actúa como un viejo cartero que siempre golpea dos veces. Es la textura de la emoción que cambió y que nos trajo hasta aquí.
Abrir un paquete de figuritas en los años 80 era vivir la liturgia del sobre y el aroma del misterio. Era un ejercicio de misticismo laico. El sobre era de un papel humilde, algo rugoso, que se resistía un poco al tirón de los dedos. Al rasgar el borde, lo primero que nos asaltaba era un aroma particular, una mezcla de tinta fresca y ese pegamento seco que hoy parece haber desaparecido de la faz de la tierra. Allí nacía un microsegundo de suspenso absoluto. Entre las manos sucias de vereda y casa chorizo, podía aparecer el rostro heroico de un arquero con buzo de lana o, con suerte, la difícil, esa figurita que por alguna alquimia del destino y de la imprenta, se negaba a aparecer en los quioscos del barrio pero que, según juraban en la escuela, un primo de un amigo de un vecino había conseguido en una excursión lejana a Mataderos, Liniers o Ciudadela.
Hoy, la tecnología ha domesticado la sorpresa. Los álbumes modernos son maravillas del diseño gráfico, con efectos holográficos, realidades aumentadas y códigos QR. Pero, paradójicamente, esa perfección les quita el alma. El niño de hoy abre el sobre con la velocidad del que consume un contenido de TikTok: rápido, eficiente, descartable. La expectativa se ha vuelto industrial. Ya no hay lugar para la leyenda urbana de la figurita imposible porque el mercado, en su afán de permitir que todos intentemos llenar el álbum sin tropiezos evidentes, ha eliminado el misterio para darle lugar a la efímera alegría que supone una página completa y que pasa al recuerdo en un instante, justo cuando el desafío de la siguiente página incompleta se hace protagonista.
Juntar fichus era para nosotros en los 80 solo la mitad del asunto. La verdadera épica se escribía cuerpo a tierra. Porque la verdadera razón por la que todos nos desvivíamos por tener figuritas era el juego. No el que aparece en los celulares, promocionado como casinos digitales y que puede enfermar a nuestros hijos para siempre. No. No era ese. Jugar a las figuritas, como todos sabemos, era una disciplina deportiva que requería técnica, psicología y una resistencia física envidiable para nuestras rodillas hoy maltrechas.
Los más destacados, dignos de formar parte de los Juegos Olímpicos, eran tres. La Tapadita o El Chupi, que sucedía al instante de un golpe seco con la palma de la mano, buscando el vacío, el efecto succión que diera vuelta el cartón ajeno. El Punto, un juego pensado para los más rústicos, donde la puntería y la distancia lo eran todo. Y El Espejito, último de la trilogía perfecta, que era una verdadera danza de reflejos y astucia que por lo general se jugaba cuando las repes eran muchas y el peligro de quedarse pelado (que era quedarse sin figuritas, y no sufrir de calvicie) era lejano.
Enfrentarse al enemigo circunstancial del grado era poner en juego el patrimonio. Perder una figurita brillante del escudo de nuestro club amado dolía más que una mala nota en matemáticas. Y salir derrotado de ese encuentro representaba una pérdida de prestigio sólo comparable con aquellos que esgrimían figuritas limpias y relucientes, que dejaban entrever que eran hijas más del dinero de los tíos del centro que de las batallas en el campo del honor. Porque las figuritas con las que jugabas se gastaban, se les redondeaban las puntas de tanto trajín, se curtían en la batalla del piso áspero del colegio. Y esa pátina de uso era la marca de un verdadero veterano de guerra.
Hoy, el juego parece haber migrado a la pantalla. Los chicos intercambian cromos digitales en aplicaciones o juegan partidas en consolas donde los jugadores son polígonos perfectos. El tacto ha sido reemplazado por el clic. Se gana y se pierde en un vacío aséptico, sin el olor a tierra, sin la fricción del cartón contra la piel, sin la mirada fija en los ojos del rival para adivinar su próximo movimiento. La milagrosa llegada las figuritas del Mundial vino, en parte, a destruir pacíficamente un mundo de algoritmos donde, a fuerza de desengaños digitales, perdimos la inocencia que nos daba la frenética búsqueda del volante tapón de Chaco For Ever. Dios quiera que nuestros hijos o nietos jueguen y vivan este álbum 2026 con el entusiasmo que lo vivimos nosotros. Y que reconozcan para siempre aquellas reglas no escritas, verdaderos códigos de honor que se transmitían de generación en generación en los patios del colegio o en el umbral de nuestras casas.
Acumular para completar el álbum era el equivalente infantil a terminar una carrera universitaria. Y pegar cada figurita, además de experimentar como nunca la sensación del deber cumplido, era un acto de precisión quirúrgica en la que jamás nos hubiéramos imaginado que en estos tiempos podría resolverse con figuritas autoadhesivas. Usábamos plasticola o, en los casos más rústicos, un rollito desprolijo de cinta Scotch. El álbum iba engordando, cobrando vida propia, convirtiéndose en un objeto de consulta permanente.
En aquellos días, la industria de las figuritas también contemplaba asociaciones. Juntar con alguien y ser socios en el llenado de las páginas, era la respuesta del mercado a la falta de recursos. Por lo general, algunos compraban un álbum sabiendo de antemano que no iban a contar con suficientes figuritas. Ahí nacía la idea de compartir los gastos, generar ganancias en tándem y ahorrar dinero. Se unían y trabajaban por el objetivo. El problema era resolver quién se quedaba con todo una vez que se llenaba el ejemplar. ¿Se sorteaba? ¿Se lo llevaba uno cada semana? ¿Se lo quedaba el que más aportó a la causa? ¿Lo definían a los golpes? Nunca lo supe. Lo cierto es que tal vez en esas rencillas de primaria estábamos descubriendo sin querer las injusticias del mercado y hasta la convivencia de clases.
Pero volvamos a las figuritas, la verdadera esencia de nuestra vida de primaria, previa a los amores esquivos que llegarían después. Mirar las caras impresas en el cartón de los jugadores en los 80 era asomarse a la estética de la resistencia: bigotes espesos, melenas al viento sin el rigor del gel, camisetas de piqué empapadas de sudor y botines invariablemente negros. Eran hombres que parecían más grandes de lo que eran, estrellas de un fútbol que todavía olía a barrio y a domingo de radio. Ídolos cercanos que se parecían a lo que soñabamos ser.
Hoy, el álbum es un producto de marketing global. Los futbolistas pegados en sus hojas delgadas son modelos de pasarela con cortes de pelo milimétricos, barbas dibujadas y tatuajes que parecen diseñados por computadora. Ya no hay espacio para el error, para la figurita descentrada o el color desfasado por errores de imprenta. La nostalgia nos dice, sin dudas, que preferimos aquella imperfección humana sobre este impecable presente digital.
¿Por qué nos sigue doliendo el recuerdo de aquel sobrecito de figuritas? Quizás porque en ese trozo de cartón estaba contenida toda nuestra capacidad de asombro. Éramos dueños de un imperio que cabía en una caja de zapatos. No necesitábamos algoritmos para ser felices; nos bastaba con un "late-nola" gritado con los nervios que nos da la incertidumbre. El coleccionista de hoy, muchas veces un adulto que intenta recuperar el tiempo perdido comprando cajas cerradas por internet, busca en el brillo del cromo un reflejo de su propia infancia. Pero la magia no se puede comprar al por mayor. La magia de nuestros días residía en la escasez, en el deseo postergado, en la caminata hasta el quiosco rogando que hayan llegado los paquetes y que no me toque otra vez el Conejo Tarantini.
Hoy, cuando el mundo nos exige ser productivos, eficientes, prolijos y estar siempre conectados, el recuerdo de las figuritas aparece como un refugio. Nos lleva a ese momento en el que lo más importante en la vida era conseguir la cara del puntero derecho de Platense. Y aunque el álbum de nuestra vida ya pasó por varias hojas la mitad, nos queda al menos la nostalgia teñida de ese aroma a tinta y cartón que todavía flota en algún rincón de la memoria.
Por más que el juego haya cambiado, aquel niño que fuimos todavía sigue ahí, esperando que el próximo sobre contenga, por fin, la figurita más difícil de todas. Esa que, a fuerza de deseo, se resume simplemente en la imagen de nuestros viejos abrazándonos para siempre.
