El "relato" en crisis
Espejito, espejito: cómo Cristina pasó de reina del poder a eco en X

Ingeniero de Software y escritor
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Entre ironía y desgaste, el intento de sostener relevancia en un contexto que ya cambió de protagonistas.
Hay algo fascinante —casi poético, si uno tiene estómago para ese tipo de ironías— en ver cómo ciertos liderazgos que alguna vez se autopercibieron eternos terminan reducidos a una versión doméstica de sí mismos. Como esas figuras que pasan de ocupar el centro del escenario a comentar la obra desde un costado, intentando convencerse —y convencernos— de que todavía son protagonistas.
En esta versión criolla del relato, Cristina Fernández de Kirchner parece haberse convertido en una especie de figura atrapada en su propio castillo narrativo. No uno de piedra medieval, claro, sino uno mucho más frágil: el de su propia construcción discursiva. Desde allí, cada tanto, abre la ventana —o más bien Twitter— y lanza sus ya característicos “che Milei”, como si todavía estuviera en condiciones de marcar el ritmo de una música que ya no dirige.
La escena tiene algo de tragicomedia. La ex figura central del poder argentino hoy ensaya una versión comentada de la política, como si estuviera reaccionando a un programa que ya no conduce. Opina de todo. Interpreta todo. Se adjudica todo. Incluso lo que no le pertenece.
El caso YPF es un ejemplo casi perfecto de esta gimnasia narrativa. Intentar apropiarse de un resultado que responde a decisiones actuales es como llegar tarde a una obra, subirse al escenario en el último acto y reclamar los aplausos. Una mezcla incómoda entre memoria selectiva y necesidad urgente de seguir siendo relevante.
Y es en este punto donde la imagen de la reina malvada de Blancanieves encaja con una precisión incómoda.
Porque durante años, Cristina no necesitaba preguntarle nada a ningún espejo. Era, sin discusión, la figura central del reino político. Pero cuando ese lugar empieza a desvanecerse, aparece la duda. Y con ella, la necesidad de confirmación constante.
“Espejito, espejito… ¿quién es la más poderosa del reino?”
Hoy, ese espejo ya no responde lo mismo. O peor: responde otra cosa.
Y entonces llegan los tweets. Los “che Milei” funcionan como esa pregunta repetida, insistente, casi desesperada. No para interpelar al otro, sino para reafirmarse a sí misma. Como si nombrar al nuevo protagonista pudiera devolverle el lugar perdido.
Pero el espejo no miente. Y la realidad tampoco.
Mientras tanto, la Argentina real —la que no vive en relatos ni en nostalgias— sigue avanzando, con cambios económicos bruscos, tensiones sociales y una reconfiguración política que ya no gira alrededor de las mismas figuras. Un país incómodo, en movimiento, donde el protagonismo no se declama: se ejerce. Y cuando no se ejerce, se pierde.
Pero desde el castillo, la voz insiste.
“Che Milei…”
Otra vez.
Como si el eco pudiera reemplazar al poder.
Y ahí es donde la escena deja de ser irónica y pasa a ser evidente.
Porque ya no estamos viendo a alguien ejerciendo poder, sino a alguien recordándolo en voz alta.
Y eso nunca termina bien.
Cristina no es ya la reina en el trono. Ni siquiera la villana en pleno poder. Es, en todo caso, su propio nombre escrito en la arena.
Durante años, ese nombre fue enorme. Ocupó todo. Tapó todo. Parecía imposible de borrar.
Pero ahora vienen las olas.
Primero una. Después otra. Y otra más.
Y con cada avance del agua, las letras se desdibujan un poco más. Ya no tienen la misma fuerza. Ya no se leen igual. Ya no imponen.
Hasta que en algún momento —no con estruendo, sino con la naturalidad de lo inevitable— dejan de estar.
Y lo único que queda es la arena.
