El vino une
El vino con soda: ¿Un clásico o un sacrilegio?

/https://newstadcdn.eleco.com.ar/media/2025/08/vino_con_soda.jpeg)
En Argentina podemos discutir de todo: fútbol, política, asado… y también si el vino con soda es una gloria eterna o un crimen de lesa enología. Entre sifones y vasos de tinto, este clásico del pueblo todavía da batalla.
Los argentinos tenemos infinidades de cosas que solemos discutir con mucha pasión: de donde o quien hace el mejor asado, si el fernet va con Coca o con Pepsi (igual acá casi no hay dudas) y, por supuesto, si está bien o mal tomar vino con soda.
Como soy un granito de arena en este mundo y es una mera opinión personal, soy de los que bancan asustar al vino. Sí señor no me vengan con que es un pecado echarle un poco de soda al vino, sobre todo en días de mucho calor o, simplemente, cuando lo queremos tomar un poco más rebajado. Prefiero mil veces esta opción a que tomarme una gaseosa. Fundamentalista abstenerse: sabemos que también existen otras alternativas al sodeado y me parece estupendo; cada uno que las comparta con quien se le de la gana.
A ver, que levante la mano si alguna vez en un bodegón te sirvieron ese sifón verde, naranja o azul de soda y al lado un vaso de vino tinto de la casa. Ese vino sodeado, con espuma que parecía champagne del barrio, era un clásico de mesas bodegoneras o protagonista de tablones bajo el árbol en reuniones familiares, asados, ravioles caseros y sobremesas eternas.
Vamos con un poquito de historia. El origen del vino con soda en Argentina se remonta a principios del siglo XX. En aquella época, el vino era algo fuerte y no siempre de la mejor calidad. Entonces, la gente lo suavizaba con chorro de soda: lo refrescaba, bajaban el alcohol y hacían rendirlo un poco más. En los bodegones porteños, esta práctica se volvió en una marca registrada. Vino y soda eran como el Diego y su zurda: únicos e inseparables. Incluso había familias donde cada comida se servía con el sifón al centro de la mesa, casi tan importante como el pan.
Estoy convencido que es una de la bebida democrática por excelencia: no importa si son obrero, oficinista o médico, todos comparten un rico vaso con vino y soda. En el interior, pedir un “tinto con soda” no es visto como algo raro, sino como parte de la identidad. Pero atentos: el chorro de soda perfecto no es cualquier cosa. Está el que tira un toque para apenas hacer pequeñas burbujas y el que abre la válvula como si estuviera cargando nafta, generando espuma para media cuadra. Tampoco exageremos.
Pero noto, que a medida que van pasando los años y las generaciones, existe la polémica. Hoy con el auge de algunos productos de alta gama y sommeliers que hablan de “pimienta blanca de Madagascar”, pareciera que mezclar vino con soda es un pecado mortal. O sino, no quiero meterme y generalizar, probá decirle a los de la generación de cristal amantes del Malbec de altura que le vas a meter un sifonazo: lo más probable es que te mire como si hubieras querido echarle ketchup a un ojo de bife dry aged. O mejor intentá decirle a un fundamentalista del vino que tenes ganas de un “tucumanazo” (80/20) como decimos con algunos amigos.
El vino con soda no es ni mejor ni peor: es otra cosa. Es tradición, nostalgia y frescura. No hay que ponerlo a competir con un reserva de 35.000 pesos. Simplemente, pertenece a otro universo: el del bodegón, el aire libre, la refrescancia, los amigos, la mesa compartida, y un montón de otras situaciones.
Quizás lo que molesta no es la soda, sino el recuerdo de un vino más sencillo, menos sofisticado, pero también más cercano a la gente.
Entonces, amigas/os les dejo la pregunta:
- ¿Sos de los que levantan el sifón sin culpa, llenan el vaso y brindan felices?
- ¿O preferís mantener la pureza del vino, sin que ni una burbuja se atreva a tocar tu Bonarda?
No hay respuesta correcta. Lo cierto es que el vino con soda fue, es y seguirá siendo parte de nuestra cultura. Puede que hoy lo llamen “sacrilegio”, pero en el fondo es un pedacito de identidad Argentina.
Y si mañana te encontrás en un bodegón con ravioles al dente, pan casero y ese sifón transpirado mirándote de costado… entonces haceme caso y probá dar un sifonazo. Capaz que el sacrilegio se transforma en un verdadero placer.
¡Chin Chin!