El espectáculo de la opinión
El peligro de confundir celebridad con conocimiento

Ingeniero de Software y escritor
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La izquierda de champagne explica la vida real desde suites cinco estrellas.
La escena resulta casi teatral: un actor millonario, cuya labor consiste en simular crisis existenciales durante dos horas, se presenta como experto en la vida real. Habla con la seguridad de quien apenas ha leído un titular o visto un documental entre rodajes. Su experiencia con la escasez se limita a esperar la aprobación de su próximo contrato millonario en Netflix. Sin embargo, su diagnóstico sobre la economía suena categórico, como si hubiera crecido entre comités de planificación y no en sets de filmación repletos de catering.
Este ritual se repite con la puntualidad de una telenovela: en cada entrega de premios, la cámara enfoca, el actor sonríe y, entre sorbos de champán, ofrece el consejo woke del momento. El socialismo, hábilmente empaquetado en frases emotivas y hashtags pegadizos, se vende mejor que cualquier perfume de diseñador. Critican el capitalismo desde yates, mansiones y cuentas bancarias que harían sonrojar a cualquier ministro de economía.
Predicar la redistribución desde la suite presidencial de un festival de cine tiene una teatralidad innegable: se exige a los demás que renuncien a privilegios que el propio predicador no está dispuesto a abandonar. Leonardo Di Caprio, por ejemplo, produjo un documental sobre el cambio climático y señaló con el dedo a la sociedad por su impacto ambiental. Sin embargo, la huella de carbono que genera en un solo año con sus vuelos en jets privados supera con creces la que una persona promedio acumula en toda su vida.
Para entender mejor las diferencias ideológicas, conviene distinguir entre los distintos grupos profesionales. Estudios realizados por la Universidad de Cambridge y encuestas como ANES, Pew y Eurobarómetro revelan que artistas, académicos y trabajadores creativos suelen inclinarse hacia posiciones de izquierda, mientras que empresarios, ingenieros y trabajadores de producción tienden a identificarse más con la derecha.
Según el psicólogo clínico y profesor universitario Jordan Peterson, existe una relación causal entre la ocupación y la orientación ideológica. Peterson sostiene que, al no poder medir de manera tangible su producción, los artistas y creativos sienten la necesidad de protección estatal. Por el contrario, quienes trabajan en sectores donde los resultados son cuantificables —como empresarios, ingenieros y trabajadores de producción— confían en su capacidad para generar valor sin depender de ayudas externas.
Por otra parte, como señala Diego Recalde, los artistas suelen padecer una especie de “enfermedad de importancia”: se habitúan tanto a ser el centro de atención que terminan creyendo que cualquier cosa que expresen, por trivial que sea, es una verdad digna de ser escuchada.
No debemos confundir el cinismo con la ignorancia revestida de buenas intenciones. Muchos de estos discursos surgen de una combinación genuina de empatía y desconocimiento técnico. Si bien la empatía es valiosa, la ignorancia se vuelve peligrosa cuando se presenta como autoridad. Recomendar políticas complejas desde la comodidad de un camerino equivale a sugerir una cirugía mayor tras haber visto 3 capítulos de Dr. House: puede sonar persuasivo, pero expone al paciente a riesgos reales. La economía no es un relato emotivo, sino una red de incentivos, costos y consecuencias que no desaparecen por más que Pablo Echarri lo explique con voz grave y buena iluminación.
La retórica suele apoyarse en dos trucos sencillos: simbolismo y teatralidad. Un cartel, una foto en blanco y negro, una frase lapidaria en Instagram: todo eso sustituye al trabajo duro de entender cómo funcionan los mercados, las instituciones y las limitaciones presupuestarias. El público aplaude la coherencia moral, no la coherencia técnica. Y así, la opinión se convierte en espectáculo y el espectáculo en política.
La hipocresía logística merece un capítulo aparte. No es raro ver a quienes abogan por la abolición de la riqueza privada disfrutando de exenciones fiscales, y contratos millonarios. Prefieren financiar causas desde la comodidad de su estatus en lugar de someterse a las reglas que proponen para los demás. Un ejemplo elocuente es Mark Ruffalo, quien, desde su mansión valuada en cinco millones de dólares, y con una fortuna de cuarenta millones, nos exhorta a combatir el capitalismo. De modo similar, Pablo Echarry y Nancy Dupla promueven el consumo nacional, y vivir con lo nuestro, desde sus IPhones vacacionando en Miami o Brasil. No es necesariamente un crimen; es una contradicción que debería ser, al menos, entretenida de observar. Predicar austeridad desde una mansión es el equivalente moral de dar clases de humildad con un megáfono de oro.
También está la falacia del testimonio: creer que la buena intención equivale a conocimiento. Vivir en un país con controles, escasez y burocracia no se aprende en un foro benéfico ni en un documental de dos horas. Es una experiencia que moldea expectativas, hábitos y respuestas ante la adversidad. Por eso estos cínicos caraduras le hablan de las bondades del socialismo, y el derecho internacional a los venezolanos, que hace 26 años 11meses y 17 días que soportan abusos, violaciones a los derechos humanos, y conviven con el hambre del socialismo del siglo XXI.
Artistas que trabajan poco, y cobran mucho, explican cómo debe vivir la gente que trabaja mucho, y cobra poco. Es un intercambio desigual de autoridad: la fama compra micrófonos, y los micrófonos compran credibilidad. La pregunta incómoda que nadie en la alfombra roja parece formular es simple: ¿por qué la voz de quien no comparte las consecuencias prácticas debería pesar más que la de quien sí las sufre?
Por eso no olvide: obedecer al artista de turno, cuando reparte recetas de moral y economía desde su palco de privilegio. Es la forma más rápida, y elegante, de convertir un país en un decorado ruinoso; es el plan perfecto: buena intención, cero experiencia, y un micrófono que convierte la ignorancia en dogma. Dejando al país como un set de filmación abandonado: luces apagadas, extras sin cobrar, y el director huyendo con el catering.
