Espacios que reinventan el trabajo
Lo que sucede entre escritorios: del home office al coworking

Estudiante de Periodismo
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Los espacios compartidos se consolidan como una nueva modalidad laboral
El 3 de marzo de 2020 se confirmó en Argentina el primer caso de COVID-19 y, con él, comenzó una transformación profunda en el mundo laboral. La irrupción de la pandemia obligó a empresas, trabajadores y profesionales independientes a modificar de manera abrupta sus rutinas. La presencialidad se redujo al mínimo, el teletrabajo se consolidó como modalidad principal y la forma de interactuar, producir y colaborar entre colegas cambió de manera definitiva. Lo que en un principio fue una solución de emergencia terminó por acelerar procesos que ya se venían gestando en el ámbito laboral global.
Sin embargo, la idea de trabajar de manera flexible y colaborativa no nació con la pandemia. Años antes, en 2005, el programador estadounidense Brad Neuberg inauguró en San Francisco el primer espacio de coworking moderno. Su propuesta buscaba ofrecer a profesionales independientes, emprendedores y freelancers un lugar compartido donde trabajar sin perder autonomía. El objetivo era romper con la soledad del trabajo remoto, fomentar la creatividad colectiva y generar nuevas oportunidades laborales a través del encuentro y la comunidad. Así, el coworking se presentó como una alternativa híbrida entre la oficina tradicional y el trabajo desde el hogar.
Con el paso del tiempo, este modelo comenzó a expandirse en distintas ciudades del mundo. En Argentina, la tendencia llegó en 2011 con la apertura de “Céspedes Coworking” en el barrio porteño de Colegiales, uno de los primeros espacios en ofrecer esta modalidad en el país. A partir de entonces, la propuesta se multiplicó en la Ciudad de Buenos Aires y en otros centros urbanos. Más tarde, la red internacional WeWork estableció su sede en Torre Bellini, en el barrio de Retiro, consolidando la presencia del coworking en el mercado local y reforzando su posicionamiento como una opción viable para empresas, startups y trabajadores independientes.
El crecimiento del coworking en el país también se refleja en los hábitos profesionales. Diversos informes del sector indican que el 78% de los trabajadores argentinos prefiere actualmente modelos de trabajo híbridos. En grandes cadenas como WeWork, el 56% de los usuarios pertenece al segmento de pymes o trabajadores autónomos, mientras que el 44% corresponde a empleados de corporaciones.
La expansión de estos espacios se observa principalmente en la Ciudad de Buenos Aires, que concentra la mayor oferta, aunque ciudades como Córdoba, Rosario, Mendoza, Salta y Neuquén muestran un crecimiento sostenido. Dentro del área metropolitana, la mayor concentración se ubica en la zona norte de la ciudad y el corredor norte del Gran Buenos Aires. Barrios como Palermo, Belgrano, Núñez y el Microcentro reúnen la mayor cantidad de propuestas. Esta distribución responde a la cercanía con centros corporativos, universidades y nodos de transporte.
En la Ciudad de Buenos Aires, los precios de los espacios de coworking varían según la ubicación y los servicios incluidos. De acuerdo con guías actualizadas del sector, un puesto flexible puede costar desde alrededor de 15 dólares por día, mientras que las membresías mensuales en escritorios compartidos u oficinas privadas presentan valores más elevados según el nivel de comodidad y prestaciones. Esta diversidad de tarifas permite que freelances, emprendedores y empresas accedan a modalidades adaptables sin asumir los costos de una oficina tradicional.
Además, la pandemia dejó una marca profunda en el mercado de oficinas tradicionales. Durante los meses de aislamiento y ante la consolidación del teletrabajo, muchas empresas redujeron costos fijos o cerraron o achicaron sus sedes físicas. Al retomarse progresivamente la normalidad en Argentina, el modelo de oficina permanente dejó de ser prioridad para numerosos equipos de trabajo. En ese contexto, los espacios de coworking comenzaron a ganar protagonismo como una solución flexible y adaptable a las nuevas dinámicas laborales. Para muchos profesionales, estos lugares no solo representan una alternativa económica, sino también la posibilidad de recuperar el contacto cara a cara y la interacción cotidiana que se perdió durante la virtualidad. Así, el coworking se posiciona como un punto intermedio entre la comodidad del trabajo remoto y la necesidad de socialización en el ámbito laboral.
La pandemia de COVID-19, lejos de frenar esta tendencia, la potenció. Mientras el teletrabajo se volvía obligatorio para gran parte de la población, muchos profesionales comenzaron a experimentar el aislamiento y la dificultad de separar la vida personal de la laboral. En ese contexto, los espacios de coworking se consolidaron como una alternativa intermedia: permiten trabajar fuera del hogar sin regresar a una oficina corporativa tradicional. De este modo, el coworking y el teletrabajo comenzaron a convivir como protagonistas de un nuevo escenario laboral que busca combinar productividad, flexibilidad y sentido de comunidad.
Hoy, los espacios de coworking cumplen un rol estratégico en el mundo del trabajo contemporáneo. No solo fomentan la creación de redes profesionales y el intercambio de ideas, sino que también facilitan el networking y la generación de nuevos proyectos. Además, ofrecen mayor flexibilidad que una oficina tradicional, con contratos adaptables a distintas necesidades y servicios integrales que incluyen conectividad, salas de reuniones y áreas comunes. Para muchos trabajadores independientes y emprendedores, estos espacios representan una forma de optimizar costos y acceder a entornos profesionales equipados sin asumir los gastos de una oficina propia. Al mismo tiempo, el componente social del coworking se vuelve relevante en términos de bienestar y salud mental, al reducir la sensación de aislamiento asociada al trabajo remoto prolongado.
No obstante, el coworking no está exento de críticas y generan un debate creciente en el mundo laboral. Compartir espacio con múltiples profesionales puede implicar distracciones, ruido y dificultades para mantener la privacidad en reuniones o llamadas sensibles. Asimismo, aunque resultan ideales para freelances y startups, el costo de ciertos espacios premium puede ser elevado, lo que limita su accesibilidad para algunos sectores. En el caso de empresas más grandes, depender de espacios externos puede afectar la cultura organizacional y la identidad del equipo, dificultando la construcción de un sentido de pertenencia sólido.
El debate actual se centra en si los coworking representan un modelo sostenible para el futuro del trabajo flexible o si continúan siendo una solución más adecuada para perfiles profesionales específicos. En un contexto donde las modalidades híbridas se consolidan y las fronteras entre lo presencial y lo remoto se vuelven cada vez más difusas, la pregunta permanece abierta: ¿Cómo equilibrar productividad, comunidad y estructura organizacional en el mundo laboral después de la pandemia?
