Debate público
Cruces, agravios y política: el nuevo round entre Lilia Lemoine y Ofelia Fernández

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Una discusión que reaviva el debate sobre los límites del discurso en la política argentina.
La política argentina volvió a ofrecer un episodio de alto voltaje verbal. Esta vez, el cruce fue entre la diputada nacional Lilia Lemoine y la ex legisladora porteña Ofelia Fernández, en un intercambio que giró en torno a declaraciones pasadas, acusaciones de agravios y una discusión que terminó centrada —una vez más— en el cuerpo del adversario.
El nuevo capítulo comenzó cuando Fernández recordó públicamente que Lemoine había brindado años atrás un taller en el que se refería a ella con la expresión “tanque australiano de medialunas”. En un video que volvió a circular, la actual diputada explicaba en ese entonces estrategias para “trollear” adversarios en redes sociales, y afirmaba: “¿Está mal llamar a Ofelia Fernández tanque australiano de medialunas? Está bien llamarla así. Porque es un clásico. Es un clásico. Los clásicos son clásicos”.
Ante la repercusión del material, Lemoine salió a responder en redes sociales y matizó su postura. “No te dije gorda (que en todo caso ser gordo no es un insulto, fluctuar el peso nos pasa a casi todos). Yo estaba hablando de que no debemos usar ad hominem para atacar a nuestros adversarios, que decirte ‘tanque australiano de medialunas’ al final no era correcto, que debíamos atacar tu ideología... pero sos mentirosa y te estás acordando ahora de llorar cuando en ese momento te reíste, mientras te burlás de mi apellido y me insultás. Encima no decís nada de tu colega Carignano, cuando me gritó ‘gato’ en medio de una sesión”, expresó.
En el mismo descargo, la legisladora libertaria agregó: “No importa cómo te veas... tu problema, como el de todo progrebobo, es moral. Conseguite un trauma honesto”.
Fernández, por su parte, había señalado días antes: “Esas pelotudas no van a volver a ser diputadas”, en referencia a dirigentes del espacio oficialista. Así, el intercambio quedó teñido por descalificaciones cruzadas que exceden largamente la discusión de ideas.
Más allá de quién tenga razón en la reconstrucción de los hechos o de las intenciones originales, el episodio vuelve a poner sobre la mesa una cuestión de fondo: la degradación del debate público cuando el eje se desplaza de las propuestas al cuerpo, la apariencia o la vida privada del adversario.
En su descargo, Lemoine invoca explícitamente la noción de “ad hominem”, es decir, el recurso argumentativo que ataca a la persona en lugar de refutar sus ideas. Es un concepto clásico en teoría de la argumentación y uno de los vicios más señalados en la discusión política contemporánea. Sin embargo, el propio intercambio muestra lo fácil que es caer en esa lógica cuando el tono escala y la discusión se personaliza.
La política democrática se sostiene en el conflicto, pero también en ciertas reglas. El desacuerdo ideológico es legítimo, necesario e incluso saludable; la descalificación corporal o moralizante empobrece la conversación y desplaza el foco del interés público. Cuando el centro del debate pasa a ser si alguien es “gorda”, “gato”, “progrebobo” o cualquier otro calificativo, lo que se pierde es la posibilidad de confrontar modelos de país, proyectos legislativos o visiones económicas y sociales.
En un contexto de redes sociales hiperactivas, donde la frase punzante se viraliza más rápido que el argumento elaborado, la tentación del golpe bajo es permanente. El insulto genera impacto inmediato; la discusión de fondo requiere tiempo, datos y complejidad. Pero si la política se reduce a una competencia de agravios, el costo lo paga la calidad institucional.
La Argentina atraviesa debates profundos sobre economía, inflación, reformas estructurales y el rol del Estado. En ese escenario, centrar la discusión en el cuerpo del adversario no solo es un desvío, sino también una señal de empobrecimiento del intercambio democrático. La confrontación de ideas puede ser dura, incluso áspera. Lo que no debería perderse es el foco en lo sustantivo.
El cruce entre Lemoine y Fernández, con frases que hoy vuelven a circular y respuestas cargadas de ironía y enojo, deja una enseñanza evidente: el tono elegido condiciona el contenido. Y cuando el tono se instala en el terreno del agravio físico o personal, el contenido queda relegado.
La política necesita debate firme, pero también necesita altura. Sin ella, las palabras se vuelven ruido, y el ruido termina tapando aquello que realmente importa discutir.
