Momentos clave
Cinco hitos que cambiaron la historia argentina

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De la construcción del Estado al quiebre republicano, una lectura sin concesiones.
La historia no avanza solo por grandes procesos impersonales. A veces gira, se quiebra o se precipita por decisiones concretas, tomadas por hombres de carne y hueso, en contextos cargados de urgencia, miedo o ambición. En la Argentina, varias de esas decisiones no fueron neutras: marcaron rumbos duraderos, abrieron caminos sin retorno y también sembraron conflictos que aún hoy nos atraviesan. Esta es una selección discutible —como toda buena selección histórica— pero sólidamente fundada de aquellos hitos que nos modificaron.
1. La Revolución de Mayo de 1810: romper con la autoridad virreinal
La decisión de destituir al virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros y formar la Primera Junta fue el verdadero punto de no retorno. No se proclamó la independencia, es cierto, pero se rompió algo mucho más profundo: el principio de obediencia política. Desde ese momento, la legitimidad ya no venía de la Corona, sino de una voluntad local que se arrogaba el derecho de gobernarse, aunque en los papeles decía hacerlo en nombre del Rey.
Ese gesto inauguró una cadena de consecuencias inevitables: guerra, violencia política, fragmentación territorial y una larga búsqueda de legitimidad. Mayo no fue un acto romántico ni consensuado; fue una decisión audaz y riesgosa que empujó a la región a un conflicto prolongado. La política argentina nació allí, marcada por la tensión entre ruptura y orden. De hecho, la famosa grieta se manifestó de inmediato -morenistas vs. saavedristas-, como un componente infaltable en nuestra historia.
2. La sanción de la Constitución de 1853: elegir el modelo liberal
Tras décadas de guerras civiles, enfrentamientos entre provincias, liderazgos caudillescos y proyectos de país incompatibles, la decisión de sancionar una Constitución inspirada en el liberalismo político y económico marcó un antes y un después. No fue un acto meramente jurídico: fue una definición profunda sobre qué tipo de Nación se quería construir y bajo qué principios debía organizarse la convivencia política, económica y social. En 1853, la Argentina eligió dejar atrás la lógica de la fuerza y la arbitrariedad para comenzar a apostar por un orden basado en reglas, instituciones y previsibilidad.
La influencia de Juan Bautista Alberdi fue decisiva en este proceso. Sus ideas, plasmadas en Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina, ofrecieron una hoja de ruta clara: un Estado limitado pero eficaz, respeto irrestricto a la propiedad privada, garantías a las libertades individuales, seguridad jurídica, fomento de la inmigración y apertura al comercio mundial. Alberdi comprendió que sin normas estables y sin confianza en la ley no podía haber progreso duradero ni integración al mundo moderno.
La Constitución de 1853 no solo organizó los poderes del Estado; creó las condiciones para el desarrollo. Al garantizar derechos, atraer capitales y promover la llegada de millones de inmigrantes europeos, sentó las bases de una transformación económica y social sin precedentes. La Argentina se integró al mercado internacional, multiplicó su producción agropecuaria, expandió su infraestructura y experimentó un crecimiento que la colocó, en pocas décadas, entre los países más prósperos del planeta.
3. La federalización de Buenos Aires en 1880: cerrar la guerra, consagrar el centralismo
Convertir a Buenos Aires en capital federal fue una de las decisiones políticas más trascendentes del siglo XIX argentino. La federalización, impulsada y finalmente concretada bajo el liderazgo de Julio Argentino Roca, permitió cerrar un ciclo de guerras internas que había desgastado al país desde la independencia y dio forma definitiva al Estado nacional.
El triunfo de este proyecto aseguró algo que hasta entonces había sido esquivo: orden institucional y autoridad política efectiva. Al separar a la ciudad de Buenos Aires de la provincia homónima y convertirla en capital de todos los argentinos, se estableció un centro político indiscutido desde el cual el Estado pudo ejercer soberanía, organizar su administración y proyectar políticas de alcance nacional. Las armas callaron, la lógica de la guerra civil quedó atrás y comenzó una etapa de estabilidad que permitió planificar a largo plazo, fortalecer las instituciones y consolidar la unidad territorial.
Fue, en su contexto histórico, una solución pragmática a un conflicto estructural que impedía la organización nacional. Buenos Aires, por su peso demográfico, económico y simbólico, se convirtió en la sede natural del poder político, administrativo y diplomático, facilitando la integración del país al comercio internacional y la construcción de un Estado moderno.
4. La Ley Sáenz Peña de 1912: democratizar el voto
La sanción de la Ley Sáenz Peña fue una decisión revolucionaria en términos institucionales. El voto secreto, universal y obligatorio cambió las reglas del juego y abrió el sistema político a las mayorías. Gracias a esa ley, figuras como Hipólito Yrigoyen llegaron al poder por la vía electoral, rompiendo con el viejo régimen oligárquico.
Sin embargo, la democratización del voto no vino acompañada de una democratización cultural del poder. El sistema incorporó a las masas, pero no logró integrar plenamente la lógica republicana, el respeto institucional ni los límites al liderazgo personal. La Ley Sáenz Peña fue un avance enorme, pero también dejó al descubierto una fragilidad: la democracia podía existir sin que todos aceptaran sus reglas profundas.
5. La irrupción del peronismo en 1945: el quiebre estructural
La aparición del peronismo en 1945 no fue una evolución natural del sistema democrático argentino, sino una ruptura profunda -dado el carácter totalitario de su líder- con la tradición republicana, institucional y liberal que el país había construido con enormes esfuerzos desde el siglo XIX.
Bajo la dirección de Juan Domingo Perón, el Estado dejó de ser un árbitro regido por la ley para convertirse en un instrumento de poder personal, sostenido por la movilización permanente, la propaganda y la subordinación de las instituciones a la voluntad del líder.
El peronismo alteró de raíz la relación entre política y sociedad. Allí donde la Argentina había avanzado —con dificultad, pero con claridad— hacia un sistema basado en ciudadanos iguales ante la ley, el peronismo introdujo una lógica distinta: la del favor estatal, la dependencia y la lealtad política como condición de pertenencia.
El Estado pasó a ocupar todos los espacios, no para fortalecer instituciones, sino para colonizarlas. La Justicia, la prensa, la educación y los sindicatos dejaron de ser ámbitos autónomos y se transformaron en engranajes de un proyecto que confundió deliberadamente Nación, movimiento y liderazgo.
Desde 1945, la política argentina quedó atrapada en una dinámica de confrontación permanente. El peronismo no buscó integrar ni consensuar: organizó la vida pública en torno a una división tajante entre “amigos” y “enemigos”, deslegitimando a todo aquel que no se alineara con su relato. Esa grieta, lejos de ser un accidente, fue constitutiva del movimiento. La disidencia dejó de ser una opinión legítima para convertirse en traición, y el debate político fue reemplazado por la descalificación moral.
El daño más duradero del peronismo no fue económico —aunque también lo fue— sino cultural e institucional. Instaló la idea de que el poder está por encima de la ley, que el líder interpreta directamente la voluntad del pueblo y que las reglas pueden torcerse en nombre de una causa superior. Desde entonces, la Argentina arrastra una debilidad crónica: la dificultad para sostener un orden republicano estable, previsible y respetuoso de los límites del poder.
La historia argentina no fue escrita por una fuerza invisible ni por un destino inevitable, sino por decisiones concretas, tomadas en momentos críticos y con consecuencias que se proyectaron durante generaciones. Algunas consolidaron instituciones, ordenaron el poder y permitieron pensar un país posible; otras alteraron de manera profunda la cultura política y dejaron marcas difíciles de revertir. Revisar estos puntos de inflexión no es un ejercicio de nostalgia ni de provocación ideológica, sino un acto de responsabilidad: comprender cuándo y por qué se torció el rumbo es el primer paso para recuperar una Argentina fundada en la ley, la previsibilidad y el respeto por las instituciones.
