Veranos con infancia
Carnaval

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Una memoria de veredas mojadas, infancia libre y un barrio que ya no existe, pero todavía late en febrero.
Todavía recuerdo, casi 50 años después, un mediodía de febrero caluroso y húmedo en el que salí a comprar no sé qué cosa al quiosco de la Pocha, en la calle Camarones. Nunca supe su verdadero nombre, pero para el barrio entero era la Pocha. Tenía una hermana que la ayudaba en la venta, a la que le decían la Pirucha. Y un sobrino (Ernesto, tal vez mi primer mejor amigo) que completaba el paisaje.
La Pocha y la Pirucha. Con solo pronunciar sus nombres, me invade el recuerdo de una tira que se leía en Billiken o Anteojito, Pelopincho y Cachirula. Pero esa es otra historia. Había también un Rastrojero desvencijado, pero orgulloso, que descansaba en la puerta, cuyo dueño era el esposo de la Pocha y que, a decir verdad, no tenía demasiado protagonismo.
Los quioscos, desde ya, no eran esas esquinas iluminadas y diseñadas por artistas que interrumpen nuestra caminata con sus luces y ofertas de todo tipo. El quiosco era simplemente una ventana que daba a la calle, que a su vez era parte de un ambiente extraño, tal vez una pieza que le sobraba a la casa, o un garaje que nunca llegó a ser y que se usaba para cualquier cosa, además de vender caramelos por entre las rejas. Desde afuera, veías al que compraba tocando un timbre desafinado y se abría una ventana. Eso era un quiosco. Eso eran los ochenta.
Lo cierto es que aquella tarde de febrero, calurosa y vacía, crucé Camarones hacia el quiosco y me encontré con algunos desconocidos pero amenazantes vecinos que portaban baldes llenos de agua. Tenía puestos los botines Sacachispas que me habían regalado para mi cumpleaños y que usaba hasta para dormir. Recuerdo muy bien que pedí clemencia. Alegué los botines nuevos y me propuse hacerles comprender que no estaba jugando al agua, que buscaran a alguien que sí fuera parte del juego. No sirvió. Más de veinte litros de agua (ahora recuerdo que me rodeaban cinco baldes) cayeron como catarata sobre mi cuerpo.
“Carnaval”, me dijeron justificándose. “La puta madre”, me dije en silencio a modo de desahogo. Y crucé de vuelta a casa. El timbre del quiosco que sonaba para que vengan a vender no alcanzó siquiera a ser alarma. Y no solo volví sin comprarle a la Pocha, sino que además me ligué el injusto reto de mi vieja.
Será por eso que nunca me agradó el Carnaval. O será por eso también que ahora recuerdo los retos de mi vieja y quisiera volver a escucharla, aunque sea enojada.
Hay una memoria que no se borra con el asfalto nuevo ni con el aire acondicionado. Aquellos febreros de agua se mezclan en los grises recuerdos de las veredas prestadas. Y con el de los jardines que olían a albahaca, las calles de brea caliente y ese aroma químico e inconfundible de la “nieve loca” que te raspaba la garganta y que solo compraban los que podían. Los baristas del carnaval.
Cuando éramos chicos, nuestro carnaval, el de las casas bajas y el saludo de vereda a vereda, transformaba el barrio en un territorio liberado para la alegría.
Todo empezaba temprano. No hacían falta redes sociales para autoconvocarse; bastaba con la primera bombucha o el grito de guerra de algún pibe desde una terraza. La guerra del agua era un deporte nacional en febrero, una disciplina que mezclaba la ingeniería hidráulica con la picardía criolla.
La bombucha no era el nombre de un simple globo que se llenaba de agua; era un verdadero proyectil de precisión que se complementaba con baldes y palanganas. Pasábamos horas frente a la canilla del patio, intentando nudos con los dedos ya arrugados de tanto remojo y acumulando “municiones” en viejos baldes (algunos de chapa) como si estuviéramos preparándonos para una invasión.
La leyenda urbana decía que las bombuchas blancas eran las más duras y, en consecuencia, provocaban más dolor al estrellarse con nuestras espaldas. El mito incluía que, si se las llenaba con agua y algo de tierra o arena, eran letales. Nunca lo comprobé.
Lo que sí pude corroborar es aquella suerte de jerarquía invisible que existía en la guerra del agua (la del carnaval, no la de Lilita), que suponía tres plataformas de lanzamiento: el ataque desde la terraza, donde el francotirador esperaba silencioso y paciente el paso de un caminante desprevenido; el baldazo a traición, que constituía el bautismo de fuego para el que se asomaba a la vereda demasiado arreglado; y el rompimiento de la tregua del mediodía, momento en que las veredas quedaban chorreando y el sol de las dos de la tarde secaba las remeras de algodón antes del próximo asalto. En esta última estaban los arriesgados. Los que no cumplían las órdenes superiores de tomar la siesta y hacían su guerra. Eran soldados sin patria. Fue en este lapso de tensa calma que me atraparon cruzando hacia el quiosco de la Pocha. Ahora lo recuerdo: iba a comprar bombitas de agua con la plata que me había dado mi inolvidable tía Elvira.
El carnaval de barrio era una democracia absoluta: mojabas tanto al colectivo que pasaba con las ventanillas bajas (el riesgo era la puteada o el bocinazo) como a la vecina que volvía de las compras. Y, por supuesto, mojabas a esa chica que te gustaba. Porque en los carnavales de los 80 no había mejor forma de decir “me gustás” que una bombita certera en la espalda. Era un lenguaje rudo, sí, pero terriblemente honesto. Mi objetivo en ese rubro se llamaba Cristina, la hermana de Maico, hijos de la familia rica del barrio.
Sin embargo, ahora recuerdo que mi logro más importante, el más recordado, fue lejos de Villa Luro, en la terraza de mis primos preferidos, en la esquina de Espinosa y Paysandú. Y no fue con Cristina. Fue mucho mejor. Más épico. Más inolvidable. Un 504 de techo corredizo recibió certeramente el contenido de un vaso grande con agua en medio de las piernas del conductor. Todavía recuerdo la cara de asombro y satisfacción de mi primo cuando acertamos a ese blanco móvil. Fue una verdadera demostración de estrategia, talento, cálculo y distancia. Y también fue un triunfo de la paciencia y del azar, que nos regaló un moderno 504 pasando por las calurosas calles de La Paternal.
El carnaval también suponía una fiesta popular de la que nunca fui amigo. Eso de ser felices de 18 a 23 nunca me gustó, menos cuando los bailes le dejaban su lugar a una música de dudoso gusto. Cuando caía el sol, los barrios cambiaban de piel. Se cortaba la calle principal y aparecían los tablones y las guirnaldas con luces de colores que parpadeaban con una precariedad espantosa.
Y aparecía la murga, con un estruendo que se sentía en el pecho antes de escucharse en los oídos. El tipo del bombo con platillo, el director con ropa de raso brillante y esos pibes que bailaban a fuerza de espasmos no eran lo mejor del carnaval. Todos sabíamos que la fiesta se escondía en un balde con agua y no mucho más.
Visto desde este 2026 que acaba de nacer, el carnaval de los 80 parece una postal en color sepia. Hoy los chicos juegan con pantallas, nadie conoce al vecino y las calles están blindadas por la desconfianza. Cuando éramos chicos, el carnaval te encontraba en la vereda, con la bombita de agua escondida en el balde y la radio del vecino sonando bajito; hoy lo buscamos en la pantalla del celular. No es que la fiesta haya muerto: simplemente se mudó del barrio al algoritmo. Pero para los que estuvimos ahí, para los que todavía sentimos el frío del agua en la espalda y el éxtasis de haber dado en el blanco con tu bombucha, el carnaval sigue siendo ese lugar donde fuimos profundamente libres.
Aquellos que llenamos bombitas y baldes con el agua tibia del tanque de verano vivimos el tiempo donde el barrio era una casa grande, sin rejas, y donde la única ley que importaba era la de pasarla bien, empapados de pies a cabeza, antes de que el final de fiesta nos devolviera a la realidad del guardapolvo. En los 80, el carnaval era anárquico y territorial. El escenario era la calle, así como estaba, sin filtros. Sin permisos. Los protagonistas eran el vecino, el amigo de la esquina y vos.
Hoy, la guerra del agua —un rito de vereda con baldosas flojas que nos empapaba hasta el alma— es casi una contravención. El carnaval está en el calendario. Pero antes, cuando éramos felices sin saberlo, el carnaval se escondía en un balde lleno de emoción.
Dejá de leer, dale. Estamos a tiempo. Hagámonos los desprevenidos. Dejémonos empapar por un balde lleno de recuerdos, volvamos por un rato a nuestra infancia y regresemos a casa mojados hasta las medias. Vas a ser feliz. Aunque mamá se enoje desde el cielo.
