Atentados
Atacar al poder: los intentos de magnicidio en la historia argentina

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Hechos violentos, conspiraciones fallidas y líderes que sobrevivieron a la muerte en momentos clave.
A raíz del reciente atentado sufrido por Donald Trump, volvemos la mirada hacia el pasado para reconstruir una historia inquietante: la de los ataques contra figuras políticas en nuestro país. Este recorrido no solo permite comprender la violencia que rodea al poder, sino también advertir que la Argentina no fue ajena a estos episodios desde sus orígenes mismos.
Las máximas figuras del poder político han sido, históricamente, blanco de ataques. Los casos de Abraham Lincoln o John F. Kennedy marcaron a fuego la memoria global, pero la Argentina también conoció situaciones donde la muerte estuvo peligrosamente cerca de sus líderes, incluso antes de la organización nacional.
Uno de los episodios más antiguos ocurrió en 1841 y tuvo como objetivo a Juan Manuel de Rosas, en ese entonces la figura dominante de la Confederación. Un grupo de opositores unitarios ideó un plan tan sofisticado como siniestro: enviaron desde Montevideo un artefacto conocido como la “máquina infernal”. Se trataba de una caja que simulaba contener medallas, pero que escondía pequeños cañones listos para dispararse al abrirse.
El paquete llegó a Palermo y fue manipulado por Manuelita Rosas, hija del gobernador. La tragedia estuvo a segundos de concretarse, pero el mecanismo falló. Hoy, aquel objeto se conserva como pieza histórica, recordando cuán cerca estuvo el país de un magnicidio temprano.
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Décadas más tarde, ya en plena organización nacional, Domingo Faustino Sarmiento también enfrentó un intento de asesinato. La noche del 21 de agosto de 1873, mientras se dirigía a la casa de Dalmacio Vélez Sarsfield, su carruaje quedó detenido en una esquina céntrica de Buenos Aires. Fue entonces cuando tres hombres dispararon contra él con un trabuco.
El resultado fue inesperado: el arma explotó por estar sobrecargada, hiriendo a uno de los agresores. Sarmiento, completamente sordo, ni siquiera percibió el ataque en el momento. Los responsables, los hermanos Guerri, confesaron que actuaban bajo órdenes de Ricardo López Jordán, enemigo político del presidente.
La gravedad del hecho fue subrayada por la prensa de la época, que afirmó:
"Es sabido que Sarmiento es una figura polémica (…) Desde que asumió la presidencia en 1868, viene enfrentando los violentos ataques de los partidarios del ex presidente Bartolomé Mitre. Además, ha tenido que afrontar problemas con distintas provincias. Pero hasta ahora, nadie había intentado atentar directamente contra su vida. Es más, es la primera vez que alguien buscar asesinar abiertamente a un presidente argentino".
El clima político violento no se detuvo allí. En 1876, Nicolás Avellaneda estuvo a punto de ser atacado en plena calle durante una celebración pública. Solo la intervención física de Adolfo Alsina logró evitar consecuencias mayores. El episodio reflejó la tensión latente en una sociedad atravesada por conflictos políticos intensos.
Pero quizás uno de los ataques más simbólicos fue el que sufrió Julio Argentino Roca. Mientras caminaba hacia el Congreso para inaugurar sesiones, un hombre lo agredió con una piedra en la frente. La reacción fue inmediata: Carlos Pellegrini redujo al atacante, mientras otros miembros de la comitiva lo golpeaban.
Herido pero firme, Roca continuó su camino. Ya en el recinto, con la cabeza vendada y la banda presidencial manchada de sangre, declaró:
"Un incidente imprevisto me priva de la satisfacción de poder leer el último mensaje que, como presidente, dirijo al Congreso de mi país. Hace un momento, sin duda un loco, al entrar yo al Congreso, me ha herido en la frente, ni sé con qué arma".
El agresor, Ignacio Monges, fue condenado pero luego indultado por el propio Roca, quien incluso lo ayudó a conseguir trabajo. Un gesto que revela las complejidades políticas y humanas detrás de estos episodios.
Roca no sería ajeno a nuevos ataques: en 1891, ya fuera del poder, recibió un disparo que apenas lo hirió. Años más tarde, en 1905, otro presidente, Manuel Quintana, también fue blanco de disparos que no lograron alcanzarlo.
Estos episodios, que hoy pueden parecer anecdóticos, muestran una constante histórica: el poder político siempre ha estado expuesto a la violencia. Ya sea por conspiración, fanatismo o conflictos ideológicos, los atentados contra líderes no son hechos aislados, sino expresiones de tensiones profundas.
El reciente ataque a Trump reaviva una pregunta incómoda: cuánto ha cambiado realmente la relación entre poder y violencia. La historia argentina demuestra que, incluso en contextos distintos, el riesgo ha sido una constante que atraviesa épocas, sistemas políticos y geografías.
