Argentina-Inglaterra no es sólo un partido

Periodista.
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Los motivos para explicar por qué va más allá de lo deportivo. La camiseta, la memoria y una herida que dolerá siempre.
Y se dio, nomás. Cuando se sorteó el fixture del Mundial 2026 el cinco de diciembre del año pasado, el destino avisó que si todo salía como se suponía, Argentina e Inglaterra podrían enfrentarse en semifinales… y así será. Costó llegar, no quedó músculo por contraer, no quedó almohadón por apretar ni familiar por abrazar. Mordimos los dientes como nunca, y lo logramos. Otra vez a jugar un partido que nos atraviesa la memoria intacta.
Algunos dirán que sí, otros que no. Incluso, muchos pensarán una cosa y dirán otra. Pero lo cierto es que es inevitable preguntarse si este duelo es sólo un partido de fútbol o arrastra consigo una ligazón eterna con las islas Malvinas. ¿Se pueden separar el deporte y el recuerdo de una guerra?
Para quien escribe, la respuesta es no. No es un partido cualquiera. No es por comparar, porque en Malvinas nuestros héroes arriesgaron la vida y lo del miércoles es un juego, pero no es apenas eso.
No. No se pretende resolver en una cancha lo que la política no puede. No. No se le exige a un futbolista más que a un diplomático. No. No se quiere desvirtuar la semifinal de un Mundial. No. No se quiere promover la violencia. Pero Argentina-Inglaterra no es sólo un partido.
Sí. Quizá volcamos al deporte las expectativas que no podemos poner en otros ámbitos. Sí. Este encuentro sirve para recordar, sirve para reafirmar. Sí. Se aprovecha esta oportunidad para agradecerle a los que volvieron y para homenajear a quienes arriesgaron todo.
Este partido representa algo infinitamente más denso. La camiseta celeste y blanca se transforma en un lienzo de memoria colectiva, con Malvinas en el centro de la escena. Nadie busca una guerra. Nunca nadie quiso una guerra, pero pasó. Ahora nos queda esa herida y un recuerdo que nos obliga a querer siempre volver a la épica nacional que nos infla el pecho y nos hermana como país. Sin grieta.
El fútbol, con su capacidad poética e insensata de canalizar lo que nos pasa en la vida, sirve como vehículo para el desahogo. Para buscar una reparación simbólica. Para corporizar la “revancha social”. Como nadie quiere otra guerra, esta es la manera en que una “reivindicación” se puede conseguir. Robarle a un ladrón. Como Diego en el ‘86. Una caricia al orgullo dolido de un país entero.
Un Argentina-Inglaterra no es odio. No es belicismo. Es respeto y recuerdo. Por eso cada jugada tiene un peso diferente. Especialmente para quienes llevamos el apellido de un héroe que quedó custodiando nuestras Malvinas.
Ganarles no borra la pérdida. Eliminarlos no nos devuelve las islas. Pero en la cancha la pelota se transforma en una antorcha que nos recuerda quiénes somos, de dónde venimos y a quiénes no debemos olvidar jamás.
Por eso, el miércoles no habrá sólo táctica y estrategia. Aunque de la boca para afuera haya que calmar las aguas y bajar las tensiones (algo totalmente entendible), en las tribunas y en la cancha todos estaremos impulsados por un motor invisible: el latido inquebrantable de la memoria.
Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo.
