Una reflexión sobre el país que fuimos y el que somos
Angustias

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Crónica de una sociedad que dejó de mirarse al espejo.
Argentina es un país contrahecho. Si bien esta frase tiene el peso de una sentencia facilista en una charla de café, afirmar que estamos contrahechos no es decir que estamos rotos. Pero parecido. Es admitir que fuimos armados a contramano, con las piezas que sobraron de un naufragio o, peor aún, es como sostener que fuimos proyectados desde un plano que alguien leyó al revés mientras nos prometía el primer mundo.
Somos una estructura que se empeña en caminar torcido. Tenemos el PBI de un país rico atrapado en las mañas de una pulpería de mala muerte y de una clase dirigente que, en lugar de enderezar la columna vertebral de la nación, le pone un almohadón al bulto para que no se note tanto la deformidad. La sensación es que, cada vez que intentamos dar un paso hacia la modernidad, la propia fisonomía de nuestras instituciones, viciadas, vacías, y deformadas por décadas de anomia, nos hace trastabillar.
Somos el país que tiene todo para ser derecho, pero que se siente extrañamente cómodo en su propia asimetría, celebrando la imperfección como si fuera un rasgo de identidad y no el síntoma de una enfermedad que nos impide, finalmente, ponernos de pie.
En esta columna, donde humildemente intentamos darle valor a los recuerdos, desbarrancar al olvido y mostrar algunos detalles del pasado que forjaron esto que somos, se suceden luchas constantes entre el homenaje a la memoria y la inevitable comparación de ese pasado romántico con lo que llegamos a ser. Más de una vez, mientras tipeo sobre el pasado, estoy al borde del precipicio que termina en el reconocimiento de un presente esquivo, complicado.
Así, cada 15 días estamos vos y yo dándole valor al colectivo 34, a la delantera de Independiente de los 80, a la amistad en el secundario, a los amores que nos rechazaron y marcaron para siempre, al barrio, a la juventud y a aquellos que ya no están de este lado del cielo, pero que siguen caminando a nuestro lado. Sin embargo, en la épica que supone vencer al olvido, vuelvo al presente de este instante y veo un país que nada tiene que ver con eso que soñamos. Nada.
Hubo un tiempo en el que fuimos felices porque éramos todo proyecto, todo futuro, pero hoy parece narrado por un cronista de la antigua Grecia, donde la palabra moral se usa para llenar discursos y no para fortalecer los cimientos de la casa. El país de mis viejos se sostenía sobre tres o cuatro pilares que hoy son casi ciencia ficción: el respeto al guardapolvo blanco, el valor de la palabra y la vergüenza de que te señalen por haber hecho algo que no correspondía. En aquel entonces, si alguien se mandaba una macana, no lo veías en la tele ni lo leías en los diarios explicando lo evidente con frases dictadas por un coach; se escondía en el fondo de su casa porque el juicio social pesaba más que un código penal. Hoy, ese edificio sólido se nos vino abajo y estamos viviendo entre sus escombros, tratando de convencernos de que el polvo en los pulmones es parte del paisaje.
Miremos la política, el gran teatro de sombras donde la grieta se ha convertido en el negocio más rentable de la historia nacional. De un lado, te venden la épica de la justicia social mientras gestionan la pobreza con un cinismo que asusta; del otro, te prometen la libertad absoluta mientras se olvidan que la libertad, sin un plato de comida en la mesa, es apenas el derecho a elegir cómo morir de hambre. Ambos bandos se retroalimentan como un matrimonio tóxico. Se necesitan para existir, se insultan frente a las cámaras y después, cuando las luces se apagan, comparten el mismo catering que fue pagado con la nuestra. La moral política de hoy es una plastilina que se moldea según la encuesta del día. Si los datos dicen que hay que ser conservador, se vuelven monjes; si dicen que hay que ser rebeldes, se ponen la remera del Che. No hay convicciones, hay focus groups.
El pasado que juntos evocamos desde hace un tiempo en estas líneas es un pasado que enamora, pero que no es terminante. Es un pasado que nos devuelve una luz envuelta en esperanzas que, a fuerza de sentimiento, lo teñimos de armonía y nos regala una sonrisa mientras recordamos a la maestra de primer grado. Es un tiempo que nos ilumina desde lo romántico, pero que destila angustia. El tema es que si te metés en lo profundo, si evocamos algunas historias de barrio y recordás cómo era la gente y su contexto en ese tiempo, reconocés de verdad lo que perdimos. Descubrís que no hay palabra, que no hay educación y que no hay país. Recordar demasiado, a veces, puede ser letal.
No intentan estas líneas ser una oda al pesimismo. La vida nos regala hijos, amores, unos padres que nos aman, amigos que se la juegan y hermanos capaces de dar la vida por nosotros. Eso estuvo, está y estará. El tema es otro. Es el país. Su gente, sus angustias. La debacle de casi un siglo.
Por dar un par de ejemplos, sencillos, livianos y sin mucha rigurosidad periodística, podríamos hablar del Vascolet o de las galletitas en cajas de lata. Esas que tenían un vidrio redondo en una de sus caras. Eso sería romántico y serviría para evocar los años felices. Pero si caemos en la cuenta de que Argentina produce alimentos para 400 millones de personas y tiene a casi la mitad de su población bajo la línea de pobreza, la nostalgia de la merienda en Villa Luro se hace bronca. Porque tenemos suelos bendecidos que exportan granos a todo el planeta, mientras en el conurbano o en el norte profundo un pibe no llega al vaso de leche. La asimetría entre la riqueza potencial y la incapacidad distributiva que deriva en la indigencia es tal vez nuestra contradicción más obscena.
Supimos tener la tasa de alfabetización más alta de la región y cinco premios Nobel. Buenos Aires se autopercibe como la París de Sudamérica, llena de librerías y teatros, pero hoy convivimos con una realidad donde 7 de cada 10 chicos de zonas vulnerables no comprenden un texto básico al terminar la primaria, si es que la terminan. Es la distancia entre el brillo del Colón y la oscuridad de una escuela que se cae a pedazos.
Nuestra Constitución dice que somos un país federal, pero su corazón late (y gasta) en el Puerto. Todo pasa por Buenos Aires: los subsidios, el poder político, la rosca, las oportunidades. Es la asimetría de un país macrocefálico, donde el interior produce la energía, el gas y los granos, pero tiene que mendigar en los despachos de la Capital para que le devuelvan un porcentaje de lo propio.
Somos el único país del mundo que no añora lo que va a venir, sino lo que fue. Nuestra época dorada siempre está en el pasado (el 1900, los años 40, los 60, los 90, según quién te cuente la historia). Vivimos caminando hacia adelante, pero mirando por el espejo retrovisor, una contradicción que nos impide construir un proyecto a largo plazo porque estamos demasiado ocupados discutiendo quién tuvo la culpa de que se nos rompiera el juguete hace un siglo.
Tenemos leyes de avanzada para casi todo. Desde derechos civiles para hombres y mujeres hasta protección ambiental. Pero nuestra cultura del "viva la pepa" hace que la norma sea algo que se negocia. Es la asimetría entre una institucionalidad de papel que se parece a Suiza y una práctica cotidiana que, por momentos, se parece a una republiqueta. O a la AFA.
Pero el dolor más agudo, el que te quema el pecho cuando pasás por la puerta de cualquier colegio, es la crisis de la educación. La escuela supo ser el gran igualador, el lugar donde el hijo del doctor y el hijo del canillita compartían el mismo banco y el mismo sueño de ascenso. La educación pública es hoy un campo de batalla de ideologías baratas y edificios que se caen a pedazos, con docentes en silencio y paredes manchadas de grafitis vetustos, imposibles o irrelevantes.
Perdimos el respeto por el maestro, un prócer de barrio que antes era una autoridad indiscutida. Ahora, si el pibe se saca un 1, los padres van al colegio no a preguntar qué fue lo que no entendió su hije, sino a prepotear al docente. Convertimos el aula en una guardería de lujo o de miseria, según el código postal, donde el mérito es una mala palabra y el esfuerzo se percibe como una opresión. Estamos fabricando analfabetos con título secundario mientras hasta hace pocos meses los políticos discutían si la solución es el lenguaje inclusivo o el voucher, cuando lo que en realidad falta es tiza, presupuesto y, sobre todo, la decencia de entender que sin educación no hay futuro, sino un triste y eterno presente de planes sociales y frustración comunitaria.
Nos hemos vuelto una sociedad de jueces implacables para algunos y abogados caros para otros, sin que la verdad sea el fin último. Vivimos en una Argentina donde progresar significaba romperse el lomo y no enganchar un curro. Antes, el valor estaba en la construcción; hoy está en ser más vivos. Perdimos la capacidad de enojarnos por lo que está mal, y solo nos indignamos si el que se equivoca es de la ideología contraria. Si el nuestro roba, es por una necesidad política; si el otro roba, es el fin de la República. Esa hipocresía es el ácido que terminó de corroer los cables de nuestra ética colectiva.
Vivimos en la era de la post verdad, que no es otra cosa que una forma elegante de decir que somos unos mentirosos incurables. El principio de autoridad se esfumó para siempre en el momento en que el alumno le pega a la maestra, el conductor le tira el auto al peatón y el funcionario nos toma por idiotas desde una pantalla de 50 pulgadas. Nos acostumbramos a que la honestidad, el trabajo o el estudio, sea visto casi como una debilidad.
Nos falta ese espejo en el que solíamos reflejarnos, y que nos devolvía una imagen de gente digna, aunque de zapatos gastados. El espejo se rompió y cada uno se quedó con un pedacito de vidrio, creyendo que su pequeña verdad es el universo entero.
Al final, la grieta no es entre derecha o izquierda, es entre la decencia y la desfachatez. Y me temo que, por ahora, la desfachatez viene ganando por goleada. Con la tribuna aplaudiendo un gol que fue en offside, mientras al VAR lo opera un ciego de saco y corbata al que le dicen Aguarrás. Porque, de lejos, parece solvente.
Así estamos.
Pero volvamos a la columna quincenal en la que descubrimos la nostalgia y le damos un poco de brillo al pasado. Mi idea era escribir sobre el deseo. El de nuestros padres y nuestros deseos. Sobre cómo eran aquellas miradas hacia el futuro y cómo son ahora nuestras maneras de ver el porvenir.
Mejor lo dejo para otro día, ¿no?
