Vínculos en crisis
Amores

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Un recorrido íntimo que contrapone la lógica del compromiso con la cultura del descarte contemporáneo.
La puerta del subte D se abrió y devoró a los pasajeros camino a Belgrano, como cada mediodía a la salida de la radio. Ya tomado del pasamanos, y antes de meterme en la improductiva vorágine del celular, me sorprendió el beso apasionado de una pareja que no debería tener más de dos o tres años juntos. La experiencia te ayuda, entre otras cosas, a reconocer el amor, su intensidad y también a tener alguna certeza sobre el tiempo o la calidad de relación de algunos desconocidos. Es cuestión de proponérselo, de observar y de reconocer algunos detalles que cambian a medida que pasan los años. Vos sabés de qué estoy hablando.
Lo cierto es que a la altura de Callao o Facultad de Medicina, la amorosa pareja cambió el semblante y empezaron a discutir. No sé sobre qué. Tampoco importa. La cosa es que a pocos segundos de llegar a Carranza, ella se paró de un salto mientras, entre susurro y grito, lanzó un “¡Siempre lo mismo!”. ¡Estoy harta!”. Dejó el vagón apurando el paso y, quién sabe, dejó también a su pareja. No lo sé; tal vez, fue el comienzo o la triste continuidad de una forma de relación que, a poco tiempo de iniciarla, empezó a ser pasado. Andá a saber.
Mientras ella se alejaba y él sacaba su celular del bolsillo interno del saco, se me ocurrió pensar que a simple vista, el amor de hoy es muy similar a scrollear en TikTok. Si no va, lo pasás. Y si te gusta, te quedás un rato y te vas. Bien distinto al amor de quienes cumplimos más de 25 años de casados. Ni que hablar, si lo comparamos con el de nuestros viejos, una verdadera oda a la perseverancia.
Guardé mi celular y entendí que no estaría mal bucear un poco. Me preparé para bajar en Juramento y ahí, entre mi repetido insulto por la maldita escalera mecánica que nunca funciona, empecé a delinear en mi mente alguno de los párrafos que aquí intentarán comparar el amor de antes con el de nuestra parejita amiga. Un desafío complejo y profundo. Veremos.
En principio, podemos decir que existe un perfume que ya no se siente en las veredas de la ciudad. Un aroma sutil, casi invisible, mezcla de las sensaciones que teníamos en los zaguanes de los años jóvenes, en las esperas bajo la lluvia con un ramo de flores envuelto en papel celofán, o de las cartas escritas a mano donde cada palabra era un compromiso sellado con tinta, fervor y una pizca de esperanza.
Podemos sumar algo si también afirmamos que nosotros nada tenemos que ver con el amor que creció en un algoritmo. Y mucho menos nuestros padres, quienes se enamoraron con la mirada, con el mandato, con la duda atravesando el alma o hasta con el roce fortuito en un baile de club. Los de nuestros viejos eran tiempos donde el amor no era una opción de menú en una pantalla táctil, sino un proyecto de ingeniería emocional que se construía ladrillo a ladrillo, con la certeza de que la casa, una vez levantada, no se abandonaba ante la primera gotera.
Nuestros padres, y en una de ésas también nosotros, entendieron a la fuerza algo que hoy parece una lengua muerta: que el amor es, esencialmente, una forma de la voluntad. No se trataba solo de mariposas en el estómago (que seguramente las había), sino de la convicción de que el otro era el compañero de trinchera para la batalla de la vida. Se casaron jóvenes, con más sueños que ahorros, y fundaron hogares sobre la base de un aguante que hoy suena a sacrificio, pero que para ellos era simplemente la forma natural de transcurrir los días.
Ya hablamos en este foro sobre la mística del zaguán y del teléfono de Entel. Pero no viene mal traerlo a la mesa nuevamente. Al menos como para hacer notar la diferencia de esfuerzos que implicaba el amor cuando éramos chicos. En los 70 y los 80, el amor era un ejercicio de resistencia. Para ver a tu novia, había que sortear la mirada inquisidora del futuro suegro en el living, bajo la luz mortecina de una lámpara de pie. No había mensajes de WhatsApp para avisar que estabas llegando. Se llegaba. De una y sin avisar. Y si no se llegaba, el vacío se llenaba con la angustia de lo incierto, lo que le daba al encuentro posterior una intensidad casi eléctrica.
El compromiso se forjaba en la escasez. Un llamado telefónico era un evento. Había que esperar a que la línea estuviera libre, discar número por número en aquellos aparatos negros de Entel que pesaban como una conciencia, y rogar que atendiera ella y no el padre. Esa dificultad no era un obstáculo; era el abono del deseo. Deseábamos aquello que nos costaba conseguir. Y como todos sabemos, lo que cuesta conseguir, se cuida con un celo casi religioso. No sé si los chicos de hoy podrán saborear esa victoria.
Las parejas que llevamos alrededor de 25 años juntas somos observadas con una mezcla de envidia, incomprensión y asombro. Nos ven como a los sobrevivientes de un naufragio cultural. Somos, sin darnos cuenta, el eslabón perdido, el puente entre dos mundos. Porque crecimos con la disciplina de los 70 y los 80, pero nos tocó criar a nuestros hijos en la era de la inmediatez. Bastante bien estamos.
¿Y cómo hicimos para llegar hasta acá? La respuesta es corta y contundente: no tiramos la toalla cuando la toalla se manchó. Somos parejas de plata que comprendimos que el amor de 25 años es un sentimiento que se arruga, que a veces se nubla, que atravesó el tamiz de las crisis económicas, de las enfermedades, de la duda, de la crianza agotadora, del envejecimiento, del cuerpo que cambia, de las mañas que se acentúan y, sobre todo, del tedio. Pero también somos, orgullosamente, el exitoso resultado de todo eso.
El tedio es el gran enemigo del amor moderno. Quienes somos pareja desde hace más de un cuarto de siglo supimos domesticar la rutina. Entendimos que el silencio en el desayuno no es falta de interés, sino la comodidad de saber que el otro está ahí, que el amor no es a los gritos ni crece a fuerza de charlas intrascendentes. Tuvimos la capacidad de perdonarnos las miserias cotidianas y de soslayar las pequeñas decepciones. Nuestro compromiso, más que un contrato firmado ante un juez, es un pacto silencioso que se renueva cada mañana en el simple acto de seguir eligiendo a la misma persona, a pesar de conocerle todos los trucos.
Crucemos ahora de vereda para encontrarnos con el presente. El panorama es, cuanto menos, desolador para los nostálgicos del compromiso. Vivimos en la era de la obsolescencia programada y, lamentablemente, hemos aplicado ese ruinoso concepto a las relaciones humanas. Hoy, el amor es una mercancía más en el mercado de la gratificación instantánea.
Las parejas actuales han sido educadas en la cultura del descarte. Si el celular se vuelve lento, lo cambiamos. Si la aplicación se tilda, la borramos. Si el plasma pasó dos mundiales, a la calle. Y si la pareja presenta un conflicto, soltamos. Se ha confundido la salud mental con la incapacidad de tolerar el mínimo malestar. El compromiso se percibe como una cárcel; y la libertad, como una sucesión infinita de opciones que nunca devienen en algo profundo.
El macheo de las aplicaciones ha despojado al encuentro de su mística. Se elige por catálogo, basándose en una estética filtrada por Instagram. El otro ya no es un misterio a descubrir, sino un objeto de consumo. Y como todo objeto de mercado, genera una satisfacción efímera que exige una renovación constante. ¿Para qué esforzarse en reparar una relación que tiene una falla si puedo deslizar el dedo hacia arriba y encontrar un repuesto nuevo en pocos minutos?
La falta de compromiso en la mayoría de las parejas jóvenes es el síntoma de una sociedad que le teme al dolor. Amar en serio duele. Exige ceder, negociar, postergar el ego propio en función del concepto de nosotros. El problema es que ese nosotros es hoy una entidad muy frágil, casi transparente. El individualismo feroz nos ha convencido de que cualquier sacrificio personal en pos de la pareja es una pérdida de autonomía.
Vemos parejas que conviven meses y se separan por una discusión que para nuestros viejos o para nosotros no merece siquiera una mirada. Vemos vínculos que se rompen por mensaje de texto porque uno de los dos está aburrido o confundido. Les falta ese espesor emocional que tienen los amores que nacen dudosos, se hacen fuertes y llegan por fin a tener la piel curtida para aguantar las tormentas. El amor, definitivamente, ha cambiado la profundidad del océano por la comodidad de una Pelopincho: es más segura, sí. Pero no tiene horizonte.
El amor moderno es un amor con miedo. Miedo a perderse algo mejor, miedo a ser vulnerable, miedo a que el otro vea nuestras cicatrices, miedo a las dudas y miedo al engaño. Por eso se mantiene en la superficie, en lo lúdico. Sin comprender que en la superficie no están las raíces que lo sostienen.
¿Es mejor el pasado que el presente? No necesariamente. Había en los 70 silencios que ocultaban dolores que hoy, por suerte, se hablan. Había también parejas con amores dolorosos y angustiantes que no debieron consumarse. Sí, es cierto. Había individualidades que caminaban disfrazadas de pareja que no debieron unirse. Parejas que con solo verlas cruzar la calle reconocíamos que algo había fallado y que simplemente no se atrevían a desviar sus caminos. Es verdad. Pero en esa búsqueda de la transparencia, en ese temor a que no nos quieran y al fracaso, hemos perdido la solidez que da el amor que se entrena. El amor con errores. Con perdón. El amor que reconoce a la persona de la que nos enamoramos y que, cambiada, con la piel arrugada y con algunas heridas a la vista u ocultas, vuelve a aparecer en esa sonrisa que se le dibuja cuando nos ve llegar.
Lo peor de todo es que se terminan los renglones y no encuentro las respuestas. No sé qué ha pasado con el amor. No sé si hoy es superficial y antes era forzado. No lo sé. Quizás el secreto esté en mirarlo no como un sentimiento que se tiene, sino como algo que se hace. Con paciencia, con perdón y, fundamentalmente, con la idea de que las cosas valiosas son las únicas que merecen ser reparadas.
Mientras tanto, en las pantallas de los celulares, la danza de rostros continúa. Nuestro pulgar se desliza y nos muestra miles de opciones para corazones que, irónicamente, se sienten más solos que nunca. En una de esas falta la valentía necesaria para quedarse cuando todo nos invita a escapar. Porque al final del día, el amor no se trata de encontrar a alguien perfecto, sino de construir una historia con alguien que, al igual que nosotros, está dispuesto a no soltarnos la mano cuando el camino se pone empinado.
Ahí está el verdadero amor. En el que no se baja del subte.
