Experiencia
Alamesa: un restorán de excelencia con clima familiar y atención superior

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Una opción para fanáticos del buen comer y el servicio profesional. Menú moderno, servicio insuperable.
Alamesa no es un restorán normal, es de esos que entras y saludas como si fueras parte, como si te estuvieran esperando. Como afuera muy seguido por mi profesión y porque me encanta, no es fácil que te atiendan con la precisión y calidad de este lugar. Nadie se distrae, se labura a contrarreloj con ritmo que no estresa ni se relaja. Todo funciona perfecto, todos hacen lo que tienen que hacer cuando corresponde.
Alejandra Ferrari es directora de Asuntos Institucionales del lugar y nos recibió junto con Eugenia Wehbe y Javier Rodriguez del Ente de Turismo porteño. Lamento reconocer que me fui con un sabor amargo, tuve desde ese momento la sensación de haber vivido algo único, como un primer beso, de los que no se repiten y quedan grabados, indelebles, en algún diván. Ahora ya los conozco, sé que ahí son superiores y que esa atención no la voy a encontrar fácilmente. Es objetiva y honestamene así.
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Fuimos para compartir un momento y nunca me fijé de qué se trataba, estacioné rápido y llegué apurado, pues periodista, hablando por teléfono y sin pensar qué hacía. Paré, miré la entrada y entendí a dónde había llegado. Apagué el teléfono y me dediqué a buscar rarezas, errores, posibles mejoras. Fue un proceso de quince minutos que tengo siempre que voy a un lugar por primera vez, casi una tradición familiar, tal vez porque mis abuelos tuvieron restorán en Tandil y en la genética hay algo de eso. No lo logré, todo estaba impecable, limpio, ordenado, el menú era claro, los precios coherentes y los mozos me hicieron sentar y esperé menos tiempo que el promedio.
Algo que me sorprendió: nadie pulula por el salón, todos están haciendo exactamente lo que tienen que hacer. Se resuelve y se avanza. Como emprendedor, pocas cosas me entusiasman e inspiran más que chocarme con persona que saben hacer su trabajo y lo hacen con una sonrisa, algo poco frecuente hoy día. Idoneidad y sonrisa se ha tornado un oxímoron, pero Eric nos confirmó que tiene mil dientes por lo menos.
La ansiedad me obliga a sentir que los plazos son interminables, soy de los que en silencio se escapa de restoranes si no me atienden en menos de diez minutos. Me voy sin decir nada, sé que soy yo, pero necesito que me atiendan para evitar la delirante situación de que me cobren por esperar. No me dieron tiempo , me sentaron apenas llegué. Ansiedad desactivada.
Cuando llegó el momento de elegir el plato, mi prejuicio me hizo pensar que tal vez el experimento era lo valioso, pero que la comida en sí no tenía por qué dejarme sorprendido, acostumbrado a probar el menú de Mercado de Liniers de Dante Liporace y otras excelencias porteñas. Hacía poco me había ido de Roldán porque no me atendían, pero no me dieron tiempo. Todo es impecable, pero todo. Todo es absolutamente todo y en cada detalle.
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La bondiola con ceviche de mango me dejó sin palabras. El gusto perfecto, el punto sin que se seque con proporcional cantidad de salsa, la medida de cada ingrediente para un fanático de la comida me hizo entender que estaba en un restorán de calidad y atendido por personas infalibles que no erraron un solo concepto ni pedido en dos horas de experiencia. Todo fue brillante. Pero necesitaba entender más, pedí pasar a la cocina.
Etiquetas, tuppers, envases al vacío, nomenclaturas perfectamente divididas por colores, secciones, tiempos, relojes. Más relojes, timers, deadlines, estaba en el cielo. Todo en perfecto funcionamiento. No lo pude creer, mi prejuicio una vez más había sido derrotado y para peor los tiempos del postre se habían achicado y estábamos terminando. Apuré un cortado y me fui.
No vayas por caridad, anda únicamente si queres comer algo rico, especial, en un clima familiar, profesional y con un servicio de mesa superior al de los lugares exclusivos de Buenos Aires.
