Efemérides del vino
17 de Abril: día internacional del Malbec

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Más que una variedad es una forma de sentir el vino en Argentina: cercana, noble y siempre lista.
Si hay algo que realmente vale la pena celebrar, es cuando hacemos bien las cosas. Parece una obviedad, algo simple, casi automático. Pero no lo es. En el trajín del día a día, muchas veces terminamos naturalizando esos pequeños (o grandes) logros y no les damos el lugar que merecen. Pasa en todos los ámbitos de la vida. Y en el vino, claro, también pasa.
La historia del vino argentino tiene varios momentos de quiebre, hitos que marcaron un antes y un después. Pero hay una protagonista que, sin discusión, se lleva todos los laureles. Una variedad que logró algo que no es tan común: adaptarse, transformarse y, en ese proceso, conquistar y enamorar. Primero a nosotros, los argentinos, y después al mundo.
Hablamos, claro, de la Malbec.
Una cepa que, aunque no nació en estas tierras, encontró en Argentina un hogar. Y no cualquier hogar: uno donde pudo desplegar todo su potencial. Con el tiempo, dejamos de verla como una invitada y empezamos a sentirla propia. Hoy es nuestra carta de presentación, nuestra puerta de entrada al mundo del vino.
Hay algo casi mágico en ese encuentro entre la uva y el lugar. El famoso terroir, esa combinación de suelo, clima, altura y mano humana, hizo su trabajo. Y lo hizo muy bien. Se dio esa sinergia que uno siempre espera, pero que no siempre sucede. Como un primer amor: uno puede intentar explicarlo, ponerle palabras, entenderlo… pero en el fondo prefiere quedarse con la emoción de ese flechazo inicial. Un suceso romántico.
Obviamente, no fue casualidad. Hubo adaptación, prueba y error, aprendizaje constante. Y también hubo personas. Enólogos, agrónomos, bodegueros. Gente que entendió el potencial que había ahí y decidió apostar. Con conocimiento, con oficio y con esa intuición que no se enseña, fueron moldeando el camino. Gracias a ellos, la Malbec no solo creció: evolucionó. Y con creces.
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Pero hoy no quiero hablarte ni del origen, ni de la técnica, ni de sus aromas a frutas rojas y negras o su textura en boca. De eso ya se habló mucho. Hoy prefiero ir por otro lado. Por lo que genera. Por lo que significa.
Porque el Malbec, en Argentina, es más que un vino: Es identidad pura.
Y muy por el contrario al pensamiento de Schopenhauer sobre sentir refugio de algo y tomarlo como propio, pienso que hay casos que sí nos despiertan ese “sentido de pertenencia”.
Es ese punto de encuentro que aparece en una mesa con amigos, en un asadito, en una cita o en cualquier brindis. Es el vino que siempre está, el que copa todas las mesas de nuestras casas, cuando hay algo para celebrar, pero también cuando simplemente hay ganas de compartir.
Es, de alguna manera, una excusa para sentirnos parte.
Parte de una cultura, de una forma de vivir, de un orgullo que a veces no decimos en voz alta, pero que está. Porque sí, aunque sepamos que no nació acá, lo sentimos nuestro.
También tiene algo de contradicción. Hay quienes dicen que ya se cansaron de tomarlo. Que buscan otras cosas, otras variedades, otros estilos. Y está perfecto. Pero incluso esos mismos, cuando hablan de vino argentino, vuelven al Malbec. Lo nombran. Lo usan como referencia. Lo reconocen. Porque, no tengo dudas, que alguna vez se han emocionado con una rica copa.
Porque hay cosas que, por más que cambien las modas, quedan. Y la Malbec es una de ellas.
Tiene mil caras. Puede ser simple o complejo, joven o con guarda, fresco o estructurado. Puede nacer al pie de la cordillera o en zonas más cercanas al mar. Puede crecer en altura, entre vientos fríos, o en regiones más cálidas. Se adapta. Se transforma. Y siempre devuelve algo.
Es una cepa generosa. Una que responde al cuidado. Que refleja el lugar. Que habla, incluso cuando nadie le pide que diga nada.
Recuerdo cuando le preguntaron a un referente local si existía algo más allá del Malbec. Sonriente y sin titubear, respondió: “Más Malbec”.
Por eso, más allá de todo, hay algo que no cambia: la emoción. Esa sensación difícil de explicar que aparece cuando levantamos una copa y, sin mucha vuelta, sentimos que estamos frente a algo nuestro.
https://www.winesofargentina.org/es
Algo que hicimos bien. Y que, esta vez, sí vale la pena reconocer.
Me gustaría terminar con un gran referente para el mundo del vino argentino, y obvio para quien les escribe: "El Ángel del vino".
Malbec es la uva del vino noble que hizo grande a la Argentina de nuestros abuelos y será el símbolo distinguido de las próximas generaciones de bodegueros, Don Ángel Mendoza, el Ángel del vino.
¡Larga vida al Malbec!
¡Chin Chin!
